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La crisis del pollo

Pascual Falces de Binéfar
Pascual Falces
jueves, 11 de agosto de 2005, 00:09 h (CET)
Para cualquier lector que no resida en este país, sería conveniente haber entrecomillado el total, o cualquiera de las palabras que componen este titular. Lo que fue el sueño de un glotón como Carpanta, y el extraordinario de comidas de festividad en hogares con escasos posibles, llegó a popularizarse con la industrialización y resultar de lo más socorrido para la inmensa mayoría de la población. Un fracaso de las medidas de higiene en su manipulación, previa a la distribución, ha provocado la crisis en este verano, y como consecuencia, gastroenterecolitis infecciosa en dos mil personas, y la muerte un anciano (de metabolismo más inestable que el resto de los afectados). El asequible “pollastre” no se sabe que hubiera sido responsable de estas diarreas estivales que se dan, en cambio, con tanta frecuencia entre los consumidores de marisco en festejos navideños. Sea el estado en que se encuentra, o el alto porcentaje de conservantes necesarios para cuando “todo el mundo” quiere comerlo en diciembre, provocan que tal dispepsia hace años que no sorprenda en esas fechas.

Más, el pollo no se había asociado con la salmonelosis; los huevos sí, como consecuencia de su propio origen: la cloaca fecal de las gallinas, donde se desarrollan y de donde pueden salir contaminados. La “crisis” ha interrumpido las vacaciones de la cincuentona señora responsable de la Sanidad, aunque poco ha añadido con su comparecencia en los medios: el Gobierno “todo lo ha hecho correctamente, de modo transparente, rápido y eficaz”. ¡Como tiene que ser!... claro, que, mientras ella veraneaba. Lo que viene a evidenciar que son niveles de inferior escala los que funcionan, y pone en solfa si es necesario o no, la presencia de tal ministra en su oficina.

El buen pollo y su involuntariamente desencadenada tragedia, ha disputado actualidad en los medios con la “necesidad” de dar asueto a un político ladrón y convicto, al que ni siquiera cabe el adjetivo de “guante blanco”, porque no necesitó precauciones para echar mano de la caja del Presupuesto. La razón esgrimida es que tenía depresión. La sorpresa ante esta circunstancia, deja chica la crisis producida por el animalito. ¿Cómo vencerían su depresión los galeotes amarrados al duro banco?

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