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Sesenta años de estupor

Pascual Falces de Binéfar
Pascual Falces
miércoles, 10 de agosto de 2005, 00:05 h (CET)
En estos mismos días, hace sesenta años, se comprobó el efecto de la primer arma de destrucción masiva. Los documentales y testimonios que lo han recordado producen escalofríos. La pregunta de, ¿es posible?... tiene una rotunda contestación merced a las grabaciones realizadas en directo, y a los prodigios de las técnicas actuales de comunicación de la información. El grito de ¡nunca más!... tan a la ligera utilizado por el oportunismo político español, en esta ocasión es, a la vez, un sollozo universal. Y algo ha debido calar en lo profundo de la conciencia humana, porque tal atrocidad no se ha vuelto a repetir a pesar de que haya estado el poder de hacerlo en manos de gente desalmada.

Se intenta lavar su imagen, para el juicio histórico, con el argumento de que “acortó” en tiempo, y, en consecuencia, en vidas humanas, el final de la Segunda Guerra mundial. No resulta sencillo admitirlo, ni negarlo; ahí queda. Tantas personas como han llegado a tener conocimiento de lo ocurrido en Hiroshima y Nagasaki, han hecho su propio juicio, y la unanimidad se ha impuesto como rechazo total al uso del arma atómica. Bajo esta perspectiva, la guerra convencional sigue siendo la “preferida” para dirimir cuestiones irracionalmente.

En la carrera por disponer de armas “secretas”, capaces de inclinar la guerra de un lado u otro, que se traían el Eje y los Aliados, es posible que los Estados Unidos fueran los primeros en sorprenderse de los resultados sobre la humanidad de la fusión nuclear que habían descubierto y hecho posible, unos días antes, en su experimento previo en el desierto de Álamo Gordo en Nuevo México. Las ganas de terminar con aquel conflicto en el Pacífico, pudieran ser la única justificación que les condujera al asombro ante el engendro que habían llegado a manufacturar. La historia de la “guerra fría” es elocuente en cuanto a las reservas con que se mantuvo potencialmente en uso.

El rechazo a su utilización es global y unísono, y sigue siendo tema de controversia quien debe disponer de él, y quien no. Las voces sensatas no cesan de clamar por su desaparición, a sabiendas de lo utópico del deseo. Falta un gesto, lo suficientemente categórico, de que “nunca más” pueda ser utilizada. Sesenta años de inhibición atómica son muy locuaces; la humanidad llegó, en lo bélico, a un punto de “no retorno”, y otros quehaceres más útiles para el bienestar como la aproximación de las naciones, llevan ocupando el interés de los responsables.

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