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El rescate del batiscafo AS-28 es toda una revolución ética en la armada rusa

Víctor Litovkin
Redacción
miércoles, 10 de agosto de 2005, 00:05 h (CET)
Todos los tripulantes del batiscafo ruso AS-28, que había quedado atrapado en la bahía Berezovaya, en el sur de la península de Kamchatka, fueron salvados gracias a una operación internacional de rescate sin precedentes. Todos están sanos y salvos.

El ministro de Defensa ruso Sergey Ivanov, quien presenció la fase final de las labores de rescate, ha declarado ya que todos los miembros de la tripulación, así como los marineros británicos cuya intervención resultó decisiva para recuperar el batiscafo ruso, serán condecorados con medallas.

El robot sumergible británico "Super Scorpio 45", que había sido trasladado justo a tiempo desde la base Renfrew, en Escocia, al aeródromo de Elizovo, en Kamchatka, consiguió cortar seis cables que mantenían el AS-28 inmovilizado a una profundidad de 200 metros y así salvó la vida a los marineros rusos. La gratitud de Rusia a los militares de Su Majestad la Reina es inmensa.

Deberíamos rendir tributo también a la valentía, resistencia y autocontrol manifestados por los tripulantes del batiscafo, quienes permanecieron en el fondo de la bahía Berezovaya a lo largo de casi cuatro días, 76 horas para ser exactos, sin tener una idea de lo que podría pasar. Pudieron sobrevivir en una temperatura de cuatro grados sobre cero, preservaron la salud mental y encima se las ingeniaron para administrar con sumo cuidado las escasas reservas de placas regeneradoras que absorben dióxido de carbono y generan oxígeno, gracias a lo cual consiguieron mantener plena conciencia y capacidad física durante un tiempo prácticamente dos veces superior al límite calculado de 48 horas. La historia de los sumergibles conoce muy pocos casos de este tipo.

En 1957, un submarino soviético M-351 (modelo Quebec, según la clasificación de la OTAN) se hundió en las inmediaciones de la base naval de Balaklava, en el Mar Negro. El accidente se produjo cuando el sumergible estaba realizando la maniobra de inmersión urgente, debido a un fallo en el sistema del suministro del aire a las turbinas diésel. Los tripulantes intentaron hacer algo con los depósitos del lastre, en plan de emergencia, pero todo fue en vano, de modo que la nave quedó inmovilizada a una profundidad de 84 metros, en un fondo fangoso. Para colmo había tormenta en aquel momento. Cuatro días después, varios buques de rescate lograron finalmente acercarse al lugar del accidente, sujetaron un cable al submarino y pudieron elevarlo a la superficie. Aunque los 33 tripulantes sobrevivieron, fueron dados de baja más tarde por minusválidos: habían pasado por un estrés horrible al quedar prácticamente sepultados en vida, así que los trastornos psíquicos fueron irreversibles.

Los tripulantes del AS-28, como todo el mundo ha podido ver en el reportaje televisivo sobre su llegada a Petropavlovsk-Kamhatsky, tienen mente lúcida. El breve intercambio de réplicas con los periodistas reunidos en el puerto demuestra que la reacción de los marineros es absolutamente adecuada. Y es la prueba más elocuente de que en aquella situación crítica no han perdido el espíritu ni la voluntad de luchar por la vida, superando las circunstancias adversas. Los marineros de la Flota del Pacífico han actuado en todo momento de forma muy profesional e inteligente, racionando el gasto de la poca electricidad, aire y agua que les quedaba, y de los alimentos que, por cierto, terminaron un día antes de que llegara la salvación.

Tampoco podemos pasar por alto la valentía de los altos mandos de la Armada rusa. El almirante Vladímir Masorin, quien estos días sustituye al frente de las Fuerzas Navales de Rusia al almirante Vladímir Kuroedov, internado en un hospital, es la persona que al decir del ministro de Defensa ruso Sergey Ivanov ha autorizado la participación de técnicos británicos y norteamericanos en la operación de rescate realizada en la bahía más secreta de Kamchatka, sin reparar en que allí se encuentran sonares hidroacústicos destinados para la detección de sumergibles enemigos y hasta submarinistas espías a gran distancia. Otro de los almirantes rusos, Eduard Baltin, ex jefe de la Flota del Mar Negro y de la flotilla de submarinos nucleares de Kamchatka, ha calificado esta decisión como "inadmisible", porque desvela en realidad un secreto militar y de Estado y es capaz de perjudicar en grado considerable la seguridad nacional. Las razones del secretismo le impidieron a Rusia solicitar la urgente ayuda extranjera durante los accidentes de submarino nucleares K-278 "Komsomolets", en 1989, y K-141 "Kursk", en 2000. El hecho de que los mandos de la Marina rusa ponen hoy la vida humana por encima de cualquier secreto es toda una revolución ética, podemos afirmarlo sin pecar de exagerados. Pienso que a raíz del 7 de agosto de 2005 la actitud hacia los oficiales de la Marina rusa será distinta, tanto en el propio cuerpo militar como en la sociedad.

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Víctor Litovkin es comentarista en temas militares de RIA "Novosti".

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