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El acuerdo de Laos no puede ser una alternativa al Protocolo de Kioto

Danilov Danilian
Redacción
lunes, 8 de agosto de 2005, 03:43 h (CET)
No vale calificar de inesperado el Acuerdo sobre reducción de emisiones contaminantes alcanzado en Laos por seis países: EE UU, Australia, Japón, la India, China y Corea del Sur.

Los expertos habían estado esperando cuándo por fin George W. Bush avanzaría alguna iniciativa sobre la prevención del cambio climático. El jefe de la Casa Blanca había prometido que EE UU propondría una variante propia de la solución de ese problema en respuesta a las fuertes críticas lanzadas contra EE UU por haber decidido abandonar el Protocolo de Kioto. Por cierto, no le sienta bien a la mayor potencia económica del mundo mantenerse al margen del proceso que ha englobado la mayor parte de la comunidad internacional.

Hay acuerdos que son fáciles de alcanzar, y también los hay que no lo son. Los primeros no imponen ningunos compromisos, como es el caso del documento suscrito en Laos. Son acuerdos que valen poco y, como resultado, también aportan poco. Los documentos del segundo tipo, difíciles de aprobar, imponen obligaciones cuyo cumplimiento surte el efecto necesario. A título de ejemplo se podría citar el Protocolo de Kioto, que con tanto trabajo se ha ganado el derecho a la existencia.
Sería incorrecto confrontar el Acuerdo de Laos y el de Kioto, pues tienen muchas diferencias cualitativas. La Sociedad Asia-Pacífico sobre Desarrollo No Contaminante y Clima, que es el nombre completo del primer acuerdo, representa un documento regional que concierne a las tecnologías y su proliferación. En modo alguno puede ser una alternativa al Protocolo de Kioto y, menos aún, lo puede sustituir. Se trata de una medida de ámbito local, y la región ha sido elegida en cierto grado a despecho del Protocolo de Kioto.
Se trata de que Australia es otro país importante, aparte de EE UU, que ha abandonado el Protocolo de Kioto. Los demás países, aunque participan en ese acuerdo, no tienen asumidos ningunos compromisos o persiguen intereses especiales. Japón, por ejemplo, es un afanoso participante en el proceso de Kioto, pero al haber suscrito el Acuerdo de Laos no infringe en absoluto sus compromisos frente al Protocolo de Kioto.
Los acuerdos de Kioto y de Laos se difieren, además, por el campo en que actúan. El de Kioto actúa en un campo estrictamente económico y aprovecha el sistema de mercado para combatir el efecto invernadero, una de las causas que origina el calentamiento global y el cambio climático. Ese documento ha sabido interesar el mercado en reducir la influencia antropogénica sobre la atmósfera. El Protocolo de Kioto es una nueva forma de internacionalización (con ese término se define la inclusión de nuevos factores en el sistema de intereses del mercado). La reducción de emisiones contaminantes recibe indirectamente una evaluación comercial y empieza a incidir en los precios. De allí, la compraventa de cuotas de contaminación, el mecanismo de ejecución conjunta y el mecanismo de desarrollo limpio (cuando un país industrializado adopta en un país en desarrollo medidas que provocan emisiones de gases con efecto invernadero, pero la reducción de las emisiones contaminantes la incluye en su haber).

En el Acuerdo de Laos se habla principalmente de nuevas tecnologías. Si éstas prueban ser eficaces en el mercado - independientemente de la internacionalización y otros factores - será un hecho maravilloso. Pero si no, esas tecnologías aprovecharán sin falta los mecanismos refrendados en el Protocolo de Kioto.

Para Estados Unidos, la firma del Acuerdo de Laos es ante todo un paso político. Pero si es un paso real, y no palabrería, se necesitarán notables inversiones financieras. Desde luego, EE UU encontrará el dinero necesario y con su ayuda transferirá las tecnologías de bajo consumo de carbono a los demás participantes en el Acuerdo. En este caso será una medida real encaminada a reducir las emisiones contaminantes, y tales pasos sólo merecen alabanza.

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Danilov Danilian es miembro correspondiente de la Academia de Ciencias de Rusia (ACR), director del Instituto de Problemas Hídricos de la ACR, para RIA "Novosti".

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