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Playas

Nieves Fernández
Nieves Fernández
sábado, 6 de agosto de 2005, 22:34 h (CET)
Las playas, indiscutiblemente, ya no son lo que eran, idílicos lugares para el baño, antesala en granitos de arena de lejanos horizontes de agua. Algunas son tan singulares y peligrosas para los veraneantes que te traes de ellas algo más que el recuerdo de una ola gigante que te azota el trasero a retaguardia y te hace caer a tierra, digo a arena, lavándote después, para más inri, con su espuma salada pero sin sal ni gracia.

Lo normal de una playa es que pueda resurgir el mar en cada ola como resurgimos nosotros en ella cada verano cual animal playero de temporada, pero en estos lugares frescos en su lado azul y ardientes en su línea amarilla pueden suceder cosas tan anómalas que nada tienen que ver con el ocio y pueden estropearlo tan negativamente como la peor de las medusas, y cito a las medusas porque es de lo más cruel en este mar benigno, ellas nos aterrorizan, se convierten en pequeños monstruos marinos o pirañas hambrientas de la piel bronceada.

Una playa puede ser la paz misma o ser escenario de amenazas terroristas de bomba, con bomba o sin bomba, como las que tuve la desgracia de vivir hace unas temporadas. Para algún ser minúsculo en ideas sería motivo de satisfacción como en pleno agosto, la playa se quedó desierta, tan desierta como la arena común de los desiertos y poblada, eso sí, por uniformes, armas y perros que olfateaban la cresta de una ola, pero que luego tardarían tres días en oler la zona. Fue la playa más extraña que yo haya visto nunca, playa donde se prohibió el baño y su algarabía por culpa del miedo.

La playa también se hace peligrosa si se levanta viento. Desde la lejanía se divisan sombrillas que giran a una velocidad que para sí la quisieran los molinos manchegos; girando a todo girar, presenciamos como una de ellas, después de voltear a su gusto en todas las posiciones que una sombrilla es capaz, recuerden las posibilidades de un paraguas en jornada ventosa, dicha sombrilla fue a clavarse cual lanza sin astillero en la pierna de una tranquila bañista apenas bronceada; pero como no hay ley de sombrillas ni de vientos playeros no podrá reclamar, ni exigir un hipotético carné de manipulador e instalador de sombrillas y otros bártulos de playa, necesario quizá. Ya sufrí en mi propia carne cómo un chaval se atravesó en el agua, que es como atravesarse en un campo o montaña, dándonos con la tumbona en el costado dejando maltrecho a un miembro de mi grupo de baño.

Pero lo más espectacular, si cabe, es ver a los vigilantes de playa, a esos policías fornidos perseguir a un delincuente camuflado entre ese colorido que aportan los bañistas, verle correr entre toallas, chanclas con un cuatrimotor que deberá dejar en la estacada, porque no siempre hay arena libre para que puedan maniobrar sus cuatro ruedas, todo es sitiado en una playa que no parece sino que todos la elijan como único destino de sus calores. El detenido, un inmigrante de color, en su carrera se embadurnó de arena cual croqueta, y al arrebatarle la bolsa con una presunta carga del narcotráfico incautada por la Policía del Mar llegada hasta los primeros castillitos de arena, mojándose para ello el uniforme y las rodillas, se armó un buen corro de señoras que dejaron presto las revistas del corazón y el ganchillo, recriminando al agente por si le hacía daño.

Tras estos episodios todo vuelve a la normalidad: tocamos a metro cuadrado por toalla, escuchamos desavenencias conyugales de aupa y es que a ritmo de chapoteo se mezclan mil intimidades familiares, los niños que gritan y hay que gritarles porque se meten demasiado, pequeños energúmenos que igual te salpican o te lanzan cien veces el baloncito hinchable, las colillas que pisas aunque les inventen ceniceros ecológicos de playa, el abuelo que no se moja nada ..., son playas maravillosas que idealizamos en invierno, pero que en verano se convierten en playas pegajosas que a poco que las escuches te invitan a aislarte con auriculares musicales o con un libro que te transporte de verdad a una playa idílica y desierta.

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