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Opinión
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Sangre caliente

Anado Uni
Redacción
sábado, 6 de agosto de 2005, 22:34 h (CET)
Los hombres tienen la sangre caliente, son capaces de casi cualquier cosa en un arrebato. Juan Martínez Galdeano tenía, casi con toda seguridad, muy mal pronto. Pero parece que decidió poner una denuncia por un incidente de tráfico en el propio cuartel de la Guardia Civil, que parece una forma razonable de proceder. Lo que ocurrió dentro, su presunta negativa a cualquier prueba de alcoholemia que le quisieran hacer ha terminado con 8 agentes suspendidos, y con el propio Juan Martínez cadáver y embolsado para entierro.

Parece que el hombre intentó salir corriendo muy nervioso, parece que se le echaron encima los guardias civiles, convertidos en perros de presa, para intentar reconducirlo, no repararon en medios, patadas y puñetazos a la vez que descargas desde antirreglamentarias porras eléctricas. Lo arrastraron por el suelo para que las cámaras no capturaran imágenes comprometidas. Por lo que parece recibió una paliza tremenda, tan larga e intensa que cuando llegó la ambulancia una hora después, los facultativos ni se molestaron en intentar recuperarlo. El hombre, con todo lo que puede, aún no logró dar vida a un muerto.

Cuentan que alguno de los guardias se llevaba las manos a la cabeza, lo que tenían tirado en el patio no era poca cosa. Las cosas se complican a veces y ya se sabe que cualquiera puede sufrir un calentón. Ciertamente resulta preocupante que los asesinos sean los que deben protegernos, preocupa que ninguno intentara detener al resto, que ninguno tuviera palabras sensatas que paralizaran la acción. Que nadie supiera dar con una clave salvadora que no entienda de rangos ni de órdenes jerárquicos. Que nadie peleará por salvar al sujeto olvidando su condición de subalterno, que nadie apelara a la prudencia, que nadie hiciera un disparo de cordura al aire, agitando los brazos. Rechinan los dientes del que patalea, se incendian sus axilas, dispuesto a demostrar ante los otros toda su dureza. Una patada de cada uno son ocho patadas, demasiadas para un mismo destino.

Hoy la justicia tiene otra cuenta pendiente, otro retrato donde mostrarse ante un público al que ya nada le asombra. Los noticiarios se han convertido en una crónica de sucesos. Exportamos calamidades a cambio de las de fuera. Nuevas víctimas y verdugos esperan entrada como actores de un teatro. Los días D y las horas H se suceden a cada momento. Cambian los protagonistas pero las historias se repiten sin remedio. Yo pido ser consciente para que nunca me deje llevar por los demonios de lo irracional. Tener siempre dos segundos de calma antes de cada respuesta, la lentitud de una meditación breve para alejar reacciones desproporcionadas.

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