Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   El espectador   -   Sección:   Opinión

Cataluñópolis

Jorge Hernández

sábado, 6 de agosto de 2005, 22:34 h (CET)
Cataluña vive en una democracia virtual: sufre una clase política empeñada no en administrar o cambiar la realidad, sino en inventársela. El resultado es la pérdida progresiva de sentido de lo real y la aparición de Cataluñópolis, ese espacio que cohabita en muchas mentes nacionalistas caracterizado por todos los grandes tópicos nacionalistas, que si la opresión española, que si Madrid, que si el catalán, que si las selecciones deportivas, que si España no nos entiende...

Es sintomático que en plena época de la información incesante y globalizada la clase política muestre tal torpeza ante las demandas inesperadas del exterior de su poderosa y hermética burbuja. Actúan como si tales demandas y mensajes o bien son perfectamente previsibles, o no deben tomarse en consideración. Con esta arraigada tendencia al solipsismo, es decir, a no querer ni saber oír otro discurso que el propio, no es de extrañar que la clase política vaya cosechando revolcones tan epectaculares y solidarios como el rechazo a la Constitución europea producido en los referendums de Francia y Holanda.

Hay otra forma democrática de manifestar la protesta ante los hechos y usos de la clase política, y es precisamente la de los intelectuales catalanes sin partido, tanto en el sentido usual de carecer de carnet como en el de sentirse huérfanos a la hora de votar. Consiste en proponer la formación de un nuevo partido político cuando se considera que ninguno de los existentes tiene en cuenta, como debería, los problemas reales de la gente. Al contrario, los partidos aparecen enredados en acciones simbólicas que sólo sirven para enmascarar problemas contrastados, dividir a la sociedad con excusas identitarias, discriminar a los disidentes e insumisos y dañar la convivencia.

Los intelectuales catalanes que abogan por la creación de un nuevo partido y los numerosos ciudadanos que les apoyan no ponen en duda, en ningún momento, las reglas del juego democrático: lo que están diciendo con su gesto y su manifiesto es que la clase política existente está desvirtuando la democracia, y en algún caso pervirtiéndola con prácticas tan ominosas como esas vergonzosas “oficinas de vigilancia lingüística” que persiguen a los incumplidores de los abusos de la normalización lingüística. El problema está en que no sólo los partidos del tripartito y la oposición nacionalista se dedican exclusivamente a sus peligrosos juegos de construcción nacional, sino en que el PP catalán también manifiesta una blanda y timorata oposición a semejante unanimidad.

La realidad ha dejado de tener importancia en Cataluñópolis. Parece ser que la ponencia del nuevo Estatut ha decidido por unanimidad –salvo el PP- definir a Cataluña como nación. Un editorial de El País razonaba hace poco que tal definición ”no es, como pretenden algunos, sinónimo de Estado, sino de aceptación de una realidad.” Pero, ¿de qué realidad? Otras encuestas, testarudas y poco citadas –otras encuestas, otras realidades-, dicen por el contrario que más del 60% de los catalanes no creen necesario definir su comunidad como nación o están en contra de hacerlo, mientras menos del 12% se sienten únicamente catalanes.

La democracia tiene un problema en Cataluñópolis, y no es otro que sufrir una clase política empeñada no en administrar o cambiar la realidad, sino sencillamente en inventársela. El resultado es la creación de una 'Cataluñópolis' marcada por la pérdida progresiva de sentido de lo real que sufren tanto la clase política como los medios de comunicación más influyentes.

Los intelectuales catalanes no atacan el sistema de partidos, sino que se han limitado a subrayar sus deficiencias y la grosera manipulación que sufre en Cataluñópolis por la virtual unanimidad nacionalista. En su día, algunos intelectuales vascos hicieron algo parecido animando los movimientos cívicos contra el tandem nacionalismo incruento-terrorismo nacionalista. Estas iniciativas acaban chocando tarde o temprano con los intereses de los partidos, pero eso no las hace menos necesarias. Significan una llamada de atención sobre la importancia de los principios que conviven o pugnan con los intereses. Y si en la clase política queda alguien preocupado por lo que sucede fuera de la burbuja que les aisla del mundo, no estaría mal que reflexionara sobre la verdadera naturaleza del malestar expresado en fenómenos de protesta como la iniciativa catalana.

Noticias relacionadas

La Querulante

Cree que el mundo entero está contra él y por lo tanto se defiende atacando con contenciosos de todo tipo

Tras una elección histórica, comienza el trabajo de verdad

El Partido Republicano aumenta su mayoría en el Senado mientras que los demócratas logran obtener el control de la Cámara de Representantes

Extraños movimientos políticos que alertan de un invierno caliente

“El verdadero valor consiste en saber sufrir” Voltaire

Uno ha de empezar por combatirse a sí mismo

Obligación de vencer ese mal autodestructivo que a veces, queriendo o sin querer, fermentamos en nuestro propio mundo interno

Ataque al museo

Hay colectivos que van a terminar comiéndose las patas, como los pulpos.
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris