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Etiquetas:   Caballo de Troya   -   Sección:   Opinión

Ante la gesta del Discovery

Vicente Sancho
Redacción
lunes, 1 de agosto de 2005, 22:27 h (CET)
Pusiéronse dos habitantes de La Tierra a ejecutar sendos monólogos en torno al lanzamiento del transbordador espacial Discovery el 26 de Julio del año 2005. Uno de ellos era un pensador sensato; el otro no pasaba de ser un pobre iluso, sensible a cualquier canto de sirena. Dejemos que sea el lector quien califique de sensato y de iluso a cada uno de ellos.

El primer pensador:


El hombre posa su mirada en las estrellas. Hacia ellas encamina sus pasos. Esta misma semana el pico cónico del Discovery ha empezado a trazar sus primeras rayas sobre el espacio infinito. El ojo de la ciencia y los cien mil ojos de los gavilanes de nuestro mundo siguen la estela del pájaro de hierro. En el fondo de sus pupilas late la ambición. La ciencia tiembla ante la emoción que le producen los nuevos descubrimientos. Los militares y los políticos sueñan con hacer temblar a cuantos se les oponen, a cuantos les discuten la legitimidad de extender sus dominios y sus esferas de influencia. La conquista de las alturas espaciales es tan vital para ellos como lo fue el océano a comienzos de la Época Moderna. Cuando ya nuestra bola azul muestra exhausta el pronto fin de sus recursos naturales, el rostro blanco de la luna esgrime tentadores guiños que nos hablan de unos copiosísimos depósitos energéticos a disposición del primero que gane la carrera espacial. Todos sabemos la importancia que tiene la energía para los países industrializados. Es la sangre que les permite mover las ruedas de su progreso; es el oro líquido que les permite regar las flores de su esplendor económico y militar. Quien dispone de fuentes de energía en mayor medida que los demás es quien dicta las leyes de la Tierra y del Cielo, quien ordena el calendario de la Historia, quien percute sobre el reloj de los grandes acontecimientos y quien, en definitiva, determina con sus sonoras campanadas la vida e incluso la muerte de todo el género humano.

Pero sobre ser importante el tema energético, lo que más me ha conmocionado de esta intrépida aventura ha sido la reanudación de un viejo objetivo de la NASA: investigar si hay vida extraterrestre. El Discovery es sólo un eslabón de esa búsqueda frenética de vida. El descubrimiento de agua en Marte desbloqueó los procesos mentales que se amparaban tras el más severo escepticismo y negaban la posibilidad de que hubiera vida en nuestro entorno espacial más próximo. La existencia de microorganismos en Marte es algo más que una probabilidad. Es casi una certeza que ninguno de esos sesudos estudiosos que engolan la voz para hablar se atreverían hoy en día a cuestionar. Hay seres que palpitan bajo otras atmósferas, que se mueven sobre otros suelos, que pueden tener una organización biológica diferente a la nuestra. Son seres que también han nacido de las estrellas y que tal vez no han perdido aún la noción de su procedencia, como por desgracia nos ha sucedido a nosotros. Hacia esos seres ha apuntado su cabeza afilada el Discovery, hacia esos seres se dirige bramando por el espacio el gran monstruo que nació del fuego, del trueno y del humo. No obstante, su loca carrera concluirá dentro de muy pocos días sin que la paz de las amebas marcianas se vea alterada. Otras misiones proseguirán este camino. El Discovery no pasará de la Estación Espacial Internacional que flota entre las estrellas con dos únicos ocupantes y retornará a la Tierra si es capaz de resistir el ardiente abrazo que ésta le reserva como bienvenida.

El segundo pensador:


Esto de los alardes humanos, tendentes a tutear a los astros, moviéndose entre ellos con la desenvoltura de quien domina el lenguaje de los dioses, me fascina y en ocasiones logra henchir mi pecho con el orgullo y la prepotencia que corresponden a un miembro de la raza dominadora. ¿Qué quieren?; me hacen sentir algo menos pequeño de lo que acostumbro cuando por las noches me pongo a descifrar los misterios del cielo. Vano orgullo, lo sé, por el inexistente mérito personal que yo pueda tener en la odisea del espacio y porque en el fondo pienso que la Humanidad ya ha pasado con anterioridad por esta clase de retos. Resonancias similares debieron experimentar en el Medievo los pobres ignorantes que escuchaban los cuentos de magos y de brujas, de encantamientos y desapariciones. Para ellos esos mundos esotéricos representaban paraísos inexplorados en los que se podía sobrevivir con la bondad natural y con la afirmación de las más nobles cualidades humanas puestas al servicio de causas justas y necesarias. Deambular por esos mundos representaba tanto riesgo como poner hoy un pie sobre la lívida arena lunar. ¿ Poseeremos aún, también nosotros, la vieja inocencia de antaño para afrontar la esplendorosa aventura de corretear por el espacio y aceptar unas formas de vida con otros latidos, con otros sentimientos y con otras visiones que las nuestras?

De todos modos yo creo que ir en pos de la vida dice mucho en favor de quienes organizan estas excursiones interplanetarias. Se busca la vida, claro está, para protegerla, para preservarla, para favorecer su gradual desarrollo y gozar plena e intensamente con la contemplación de estos nuevos seres en pos de su evolutiva perfección. ¡Qué noble, generoso y ecuánime es el ser humano que entrega su vida, sus conocimientos y su fortuna por descubrir, observar y tutelar a unas diminutas amebas marcianas que ni siquiera son capaces de ensayar un gesto de agradecimiento ante sus diligentes bienhechores!

Bueno, de acuerdo en que tal vez incurra en una falta, leve, de credulidad, o si prefieren, en una fácil predisposición a sufrir engaños impropia de una persona adulta. Convengamos en que el hombre no hace sonar los tambores de los más loables ideales ni le impresionan las demandas cósmicas de ayuda o protección. Dispuesto a ello estoy y no volveré a entonar cánticos de este género. Admitamos, pues, que el único móvil que justifica la puesta en escena del Discovery presente y de todos cuantos puedan orquestarse en el futuro sea el hallazgo de energía. ¿Y qué, si es así? ¿Y qué? Es un hecho conocido que el mundo se muere porque se ha quedado exhausto, débil, sin empuje. No puede mantener el ritmo de una tecnología moderna que le demanda más medios para seguir progresando. ¿Qué hay de malo en ir a buscar fuera de esta vacía esfera aquello que nos resulta tan vital? ¿Hay alguien cabal que pueda oponerse? Cuando la energía extraterrestre pueda llegar a nuestro planeta se instaurará una época de prosperidad que abarcará a todos los países sin excepción. El reparto será equitativo y no habrá quien quede excluido ni defraudado. Se acabarán las hambrunas. Se paliarán las catástrofes. Desaparecerán las guerras porque hasta los más ilusos saben que las guerras brotan en definitiva ante la ambición de unos países por apoderarse de las fuentes de energía que poseen otros. En fin, que el vuelo del Discovery ha tenido la virtud de despertar en mí la fe en el ser humano; la confianza en la bondad natural del mismo; el anhelo de ver realizados tantos y tantos sueños aparcados en esa especie de papelera que el desengaño o el escepticismo tejen en el fondo del alma sin que te alarmen las gotas amargas que van destilando hasta que algún día alguien te las descubre en un mal gesto tuyo, o en una furibunda reacción también tuya o en una de tus miradas en forma de puñal. ¡Viva el Discovery y que la Humanidad entera sea el receptáculo en el que vuelque todos los logros de su misión!

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