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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Ese triste peregrino

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
lunes, 1 de agosto de 2005, 22:27 h (CET)
Cuando el calor aprieta, o la depresión me alcanza, suelo huir a las soledades de los clásicos en busca de aire, a respirar sus sílabas; y, después de pasarme un tiempo arropado por el silencio de la belleza, retorno a este ruedo de salvajes con más poesía en el alma, dispuesto a combatir con la metáfora, (siempre con ella para romper frialdades), poniéndome del lado de aquellos humanos que la sociedad no los considera productivos, ni con derecho a una digna calidad de vida. Para andar conmigo necesito andar con ellos, y si debo sacrificar alguna ración del bienestar propio me importa más bien poco, en contra de esa otra mayoría que propone reducir el número de comensales en la mesa de la humanidad, no se vaya a racionar el derroche de gozos que, egoístamente, se llevan a los labios cada día. Pienso que sería lo racional de ese hombre, bautizado por Lope de Vega como “ese triste peregrino”, la de compartir y fraternizar.

Volviendo el sueño apacible a la lectura sugestiva de Lope de Vega, encadenado el paladar a este terceto, donde “el alma y cuerpo son las diferencias; / el cuerpo tierra, el alma cielo alcanza, / y las virtudes son las diligencias”; uno llega a la común raíz existencial de combatir la locura del que nada tolera por su torpe ceguera fanática. El amor contra el odio, la verdad contra la mentira, es innato en “ese triste peregrino”. Es un tronco común del bien contra el mal, que no puede troncharse. Si tuviésemos más cercana la virtud de la prudencia y del consenso, dejaríamos de levantar muros en espacios comunes. A uno le cuesta entender, por bajar al tormento de la noticia, que la prioridad para algunos de nuestros políticos sea la de parcelar España como nación y propugne la estupidez de una soberanía mezquina, cuando todavía hay muchos ciudadanos carentes de lo básico, debido a un desamparo total en política social y económica, cuestión que no cuadra en un marco equitativo de estabilidad económica de una patria común.

La ética debe estar inspirada en el encuentro compartido y no en una serie de indicaciones o sueños irrealizables. Se trata de un ensamblarse de amor, “ese triste peregrino” ahogado en un mundo material, refugiado en callejones sin salida. Para calmar esa sed de infinito que hoy poseemos, se precisa renovar lo humano e innovar el saber con el abecedario del universo, siempre vivo y siempre cultivado. Si uno se encuentra en este centro poético, pétalo de vida, la alegría se lleva consigo. Vemos, con frecuencia, que para desarrollar un trabajo no es suficiente la profesionalidad, las muchas titulaciones conseguidas, sino más bien el que pone alma en lo que hace. Es necesario el amor por hacer bien las cosas. Esto tiene una dimensión profundamente mística. Capacidad y mérito, pues, no es suficiente para desarrollarnos como personas, precisamos establecer un intercambio de bienes. Por desgracia, esta sociedad nos pone el cebo del consumo como guinda a llevar a la boca. Confusión grande el que así saborea la vida, puesto que la satisfacción resurge de la solidaridad, de la cooperación entre todos y de la interdependencia de todos.

Es en el verano cuando “ese triste peregrino” suele viajar más. Ahí está esa nube de coches y personas. Algeciras recibe el mayor aluvión. Si nos alegra que el buen funcionamiento y coordinación de todos los dispositivos evita que se colapse el puerto algecireño, no menos gozo percibimos cuando el encuentro genera un clima de buen entendimiento y armonía. Esto nos enriquece a todos para una mejor convivencia en el mundo. Sin duda, es una ocasión propicia para la solidaridad. Nos hace ver otras culturas y otros cultivos, tomar conciencia de la responsabilidad que todos tenemos con respecto a diversas formas de vida y a las situaciones de miseria y explotación que sufren tantas personas en numerosos países del mundo.

Ahora, “ese triste peregrino” tendrá un anzuelo menos. Otro gozo más que me bebo para regocijo del espíritu. La Unión Europea espera (y servidor lo desea) que la directiva comunitaria que prohíbe la publicidad del tabaco, ya entrada en vigor, haga disminuir el apego a ser chimenea de humo y acreciente el afecto por ser cauce de verso. Lo mismo habría que hacer con la pornografía y la continua exaltación a la violencia en televisiones y otros medios. En la misma línea; resulta bochornoso, a estas alturas de siglo, la información suministrada por ciertos comunicadores y determinadas empresas insensibles a norma ética alguna. Olvidan, (quiero pensar que no es adrede), que la sociedad tiene el derecho a la información basada en la veracidad, desde una libertad que no lastime el bien de la generalidad.

La poesía me vuelve a dar el norte al artículo. Bajo el torno del ingenioso y singular Lope de Vega, que en la poesía vive para esta tierra de sombras y luces, apunta libre cuando dice: “creer sospechas y negar verdades/ es lo que llaman en el mundo ausencia, / fuego en el alma y en la vida infierno”. A lo que servidor, repunta: érase una vez “ese triste peregrino” que pensando llegar antes a un destino, a la ciudad donde saciar el cuerpo, olvidó el alma y se armó la baile de la dependencia al hocico de labio grueso. De tanto consumir el tiempo viciadamente, se volvió ciego. Una curva la tomó recta y se topó con la hora suprema. Por no escuchar la conciencia prefirió quedarse también sordo. Igualmente perdió el tacto y el gusto por hacer contacto sin gesto humano alguno. Regresó muerto de pena, porque le faltó corazón para seguir viviendo. De este modo, malgastó su tiempo libre y la vida no volvió atrás.

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