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Etiquetas:   Y digo yo...   -   Sección:   Opinión

Cien días de gracia... divina

Jordi Martínez Aznar

sábado, 30 de julio de 2005, 21:06 h (CET)
Esta misma semana se han cumplido los cien primeros días de Pontificado del Papa Benedicto XVI, lo que en cualquier gobierno se conocería como los cien días de gracia, aunque hay gente que ni siquiera esperó unos pocos días para criticarle por su pasado. Y es que el hecho de que en su juventud hubiese formado parte de las juventudes hitlerianas no le hizo demasiada gracia a mucha gente.

Ya desde el primer día hubo voces discordantes sobre la elección del ex cardenal Joseph Ratzinger, ya que, entre otras razones, mucha gente le veía demasiado en la línea de su antecesor, Juan Pablo II, y en determinados temas sociales, como la homosexualidad o el uso del preservativo aunque sea en prevención de enfermedades de transmisión sexual como el SIDA, plaga que causa estragos en muchos puntos del planeta, sobre todo en África.

No tardaron demasiado en ponerle apodos, como el de Dr. No, en referencia al personaje de una de las primeras novelas del agente secreto James Bond, gracias a su negativa a muchos aspectos como al ya referido uso del preservativo. También hubo quien se inventó chistes en torno a su persona, como por ejemplo el que dice que por fin tenemos un pastor alemán.

Por otra parte, muchos de los fieles de esta religión se apresuraron a felicitar al nuevo Pontífice. Para ellos, Ratzinger representaba la persona ideal para conducir al rebaño católico en los tiempos tan difíciles que nos ha tocado vivir en la actualidad. Otros, en cambio, esperaban a alguien más conciliador y con un carácter y una forma de pensar más acorde con los tiempos actuales.

Y este es, para muchos, el principal problema de, al menos, la jerarquía de la Iglesia Católica. No son pocas personas las que piensan que los miembros de esta jerarquía, comenzando por el Sumo Pontífice, están anclados en un pasado en el que todo lo que surgía del Vaticano iba a misa, y nunca mejor dicho. Es como si no quisieran darse cuenta que el mundo ha seguido dando vueltas y la sociedad que les acoge ha evolucionado.

Ahora que el nuevo Papa lleva ya tres meses de Pontificado, parece que durante todo este tiempo han ido volviendo a la palestra determinados temas, sobre todo científicos, los cuales han sido un tema poco menos que prohibido desde hace bastante tiempo, sobre todo los que tiene que ver con aquellos avances con los que la ciencia médica quiere finalizar con el sufrimiento de millones de personas de todo el mundo.

Luego tenemos la ética y la manera de pensar, los cuales deberían ser personales e intransferibles, pero en el caso católico parece que tienen una especie de "libro de buenas maneras", cuyas normas han de seguir todos sus fieles para ser aceptados en su "comunidad".

Personalmente tengo la impresión que desde la cúpula vaticana pretenden demonizar todo aquello que puede resultar un avance para el resto de la sociedad, tales como la investigación con células madre para así al menos intentar mejorar la calidad de vida de multitud de gente con enfermedades hasta ahora incurables como puedan ser el alzheimer o el parkinson, o el uso del preservativo para frenar el avance de enfermedades como el sida, ya que el uso de cualquier sistema anticonceptivo representa la no continuación de la vida, algo inconcebible para ellos.

Obviamente, todos estos aspectos dependen del pundo de vista desde el cual se opina sobre estos temas, aunque a veces me parece que la Iglesia Católica intenta imponer su punto de vista en todas y cada una de las cuestiones vitales del resto del mundo, ya sean creyentes o no.

Esto último siempre me ha hecho bastante gracia. Por un lado, la Iglesia siempre ha defendido que la sociedad civil no podemos opinar sobre sus acciones debido a que su reino no es de este mundo. Su reino es el de los cielos, estando ubicado en otro plano de la realidad, siendo solamente ellos los únicos que pueden opinar sobre ellos mismos. Pero, en cambio, ellos siempre han podido criticar cualquier aspecto del mundo terrenal, quejándose públicamente y en voz alta de cualquier cosa que esté dentro del ámbito de la vida cotidiana del resto del mundo. Por lo visto, para estas cosas, el reino ha bajado desde los cielos para tratar temas más mundanos y terrenales.

En este sentido, podría estar de acuerdo en que pudiesen dar su opinión sobre determinados temas, pero en lo que no estoy de acuerdo es en el hecho de que puedan criticar a cualquier cosa y en cambio pretendan silenciar cualquier tipo de opinión no demasiado positiva sobre ellos, lo cual podría ser la consecuencia de siglos de acallamiento de cualquier voz discortante con sus ideas.

Aunque durante bastante tiempo, el hecho de silenciar a todos aquellos que no estuviesen de acuerdo con su forma de pensar, es también cierto que a lo largo de las últimas tres décadas, este poder ha ido disminuyendo de manera considerable. Durante todo ese tiempo, la táctica fue tan sencilla como efectiva: poner en letras bien grandes todo lo que ellos consideraban la verdad, de manera que no pudiese verse cualquier otra opinión.

Pero todo tiende a desaparecer o disminuir, y la influencia que ha tenido la Iglesia desde el Vaticano ha tendido a bajar, cosa que a la alta jerarquía vaticana no le ha gustado nada. A lo largo de todas estas semanas hemos oido decir al nuevo Papa en alguna ocasión decir que todo estado laico no tiene que olvidar a la religión. Leyendo entre lineas, cualquiera diría que lo que en realidad quería decir el máximo mandatario de la Iglesia Católica era que, al igual que antaño, la religión tenga un papel fundamental en la vida de todos nosotros, que cada uno de nosotros volvamos a ir a misa de doce todos los domingos, que crezca el número de vocaciones para que así el número de sacerdotes deje de decrecer, tal y como está ocurriendo estos últimos años.

En definitiva, que añoran cada vez más el poder que tuvieron durante tantos y tantos años, y el hecho de haber elegido a un pontífice como Ratzinger hace que, al menos visto desde fuera, parezca que quieran gastar una buena parte de su energia en volver a tener ese poder o, como mínimo, la misma influencia sobre las conciencias de, o bien del pueblo, o bien de los gobernantes, que es, en última instancia, lo que realmente interesa.

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