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Don Tancredo, por un cambio 'tranquilo'

Pascual Falces de Binéfar
Pascual Falces
viernes, 29 de julio de 2005, 01:03 h (CET)
Este fue el lema que proclamó el candidato socialista ganador de las accidentadas y pasadas elecciones. Por acomodado que se encuentre un barrio, en esta aldea de nuestros pecados, la palabra “cambio” tiene mágicas resonancias. Debe haber algo atractivo tras esa perspectiva, y trasluce una inclinación natural del ser humano, que, como quiera que esté, siempre cree tener algo que cambiar. Así, las gentes cambian de casa, y de lugar de vacaciones –todos son buenos, por esencia-; de vehículo, o del libro que se está leyendo aunque no lo haya concluido –los grandes lectores siempre tienen varios a medias-. Se cambia de pareja, mejor dicho, se quiere cambiar, porque... ¿qué garantías tiene la nueva compañía de que, con el tiempo, no será también necesario cambiarla como a la anterior?... Existe una retahíla de entes que, cualquier persona, quiere cambiar.

Los asesores de candidatos políticos lo tienen muy presente, y no hay programa, que se precie, que no ofrezca “cambiar” las cosas de cómo están. El problema comienza cuando la vida social sigue con su exigente afán diario. Algunos conocedores del carácter humano han acuñado la frase de “todo debe cambiar, para que nada cambie” (Lampedusa) La realidad es que los cambios más radicales no suelen ser voluntarios, sino impuestos por circunstancias –un derrame de un barco, un “avionazo”, un grave atentado, un incendio, etc-. ¿Quién no está de acuerdo con el “cambio”, en términos generales? A veces, no son a gusto de todos, y ahí reside, ya no la magia, sino su fuerza. Lo que beneficia a unos, perjudica a otros, y por fortuna, también, en muchas ocasiones resulta indiferente.

En este solar español -que merece ser sabio por viejo-, el candidato socialista Rodríguez, de faz amable y comedida expresión, trató de explicar el sorprendente éxito electoral –incluso para él mismo-, a causa de la necesidad que los españoles tenían de “cambio”. Explicación que se ha de agradecer, tan sólo sea por ayudar a desterrar la conmoción ocasionada con la tragedia que arrastró el país tras la matanza previa al día electoral.

Así, Rodríguez Zapatero tuvo que subirse sobre un inesperado pedestal de once millones de votos, y esgrimir, impasible, controlado, y con gesto austero, el viejo tema del cambio. Esta actitud pausada, recomendando tranquilidad y equilibrio a la ciudadanía, recuerda al famoso “Don Tancredo”. Éste fue un valenciano, zapatero de oficio por más señas (histórico) que, a finales del siglo XIX, inventó para saciar el hambre una suerte del arte taurino que se ha incorporado a la filosofía de vida española y al lenguaje común. Tancredo López, era su nombre, se subía antes de salir el toro a un pedestal donde permanecía inmóvil, sustentado en la creencia de que la fiera, si no se le provoca con capotes, banderillas y picadores, no ataca. La leyenda dice que López murió de una “bacinillazo”, es decir, de un golpe en la cabeza ocasionado con este útil mingitorio al ser arrojado por un enfadado espectador que seguía su proeza sentado entre el “respetable”.

El territorio español también es conocido, con altiva aprobación general, como “el ruedo ibérico”. Quiere decir, esto, que los cornúpetas andan sueltos por el mismo, como sobre Guatemala sobrevuela el quetzal, el ave nacional. Salta a la vista la incomodidad de tener que convivir entre los primeros, comparado con el segundo. Sin embargo, son matices que le dan gracia a la Aldea Mundial; los fusiles en Portugal sirvieron para llevar claveles durante su Revolución, en España se han usado para lo que están hechos.

Desde su legítimo pedestal estamos viendo a Rodríguez Zapatero salir como puede de este “dontancredismo” que le ha tocado representar. El socialismo español vive días de nuevas y constantes emociones al exigirle todo lo que la gente quiere cambiar desde cualquier rincón, y que, ahí reside su responsabilidad, él mismo se ofreció favorecer en la campaña electoral. Resulta deseable que acierte a cambiar de “suerte”, porque al paso que va no se vislumbra que consiga, en esta legislatura, la estocada “en todo lo alto”, por su propio bien, y el del público que le mira con expectación.

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