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Cristianos, musulmanes, y criminales

Pascual Falces de Binéfar
Pascual Falces
martes, 26 de julio de 2005, 23:06 h (CET)
Ciertamente, este titular debería ser con términos más sencillos, “cristianos, moros, y asesinos”. Pero “moro”, hoy en día, se ha colmado de connotaciones desdeñosas, y, por encima de todo, es un arcaicismo, ya que, el mismo diccionario lo reconoce como lo que “se decía del musulmán que habitó en España desde el siglo VIII hasta el XV”. En el “Ingenioso Hidalgo”, el apelativo aparece múltiples veces citado, y nunca el de musulmán. De hecho, este último, vendría a ser como un neologismo, al uso, que han puesto de actualidad los atentados terroristas.

Si bien, esto último, es harina de otro costal; criminales los hay de todas las razas, usos y costumbres. Quitar la vida a otro hombre, es casi, casi, tan viejo como él mismo. La historia enumerativa sería interminable. En éste país, desgraciadamente, se sabe algo de eso: “Señores Guardia Civiles, aquí pasó lo de siempre, murieron cuatro romanos y cinco cartagineses”.

La “cristiandad”, por otra parte, tampoco es sinónimo de “los que creen” en Cristo, sino de una cultura de los últimos veinte siglos con muy diversas manifestaciones recogidas en todos los aspectos de la vida del hombre. Más bien, se confunde con Occidente y lo occidental. En tiempos, fue una fuerza política de primer orden, pero desde la Ilustración, y pérdida del poder temporal de los papas, es símbolo y referencia de la conservación de la doctrina cristiana, parezca bien o no, a unos y otros.

“Esto es lo que hay”, dijo un político castellano bajito, con bigotes, y con muchos aires. Terrorismo sólo se asocia con crimen. Lo demás es gratuito y una solemne injusticia. Es el caso, que, musulmanes y cristianos, han de luchar por extirpar el crimen de entre sus entrañas. Las “aleyas” y “suras” del Corán, no han de ser escuela de criminales asesinos. Quienes así no lo entienden, con su conducta, resultan “inaceptables” en una sociedad global que suspira por la convivencia en su ya largo caminar, cíclico –qué vuelve por “donde solía”, pero siempre ascendiendo. Sólo el crimen es su zancadilla, y no se extirpará de la tierra hasta la batalla final, que se sabe quien la ganará.

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