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El Congreso se disculpa

Pascual Falces de Binéfar
Pascual Falces
lunes, 25 de julio de 2005, 22:26 h (CET)
Manuel Marín (Manolo, por su afabilidad, y sencillez en el comportamiento), en nombre de la totalidad del Congreso de los Diputados, en su calidad de Presidente, así lo ha hecho, y de un modo público y caballeroso. No podía ser menos ante el bochornoso y pueril espectáculo protagonizado por el portavoz Rubalcaba, y Hernando (PP).

El guión del altercado resulta propio de un sainete costumbrista de Don Ramón de la Cruz, que, en 1769, reinando Carlos IV, escribió uno de título premonitorio: “Manolo, tragedia para reír o sainete para llorar”. A este autor se le reconoce el acierto de retratar en sus piezas teatrales a la clase baja (S, XVIII), y algo de la media, siempre vistas desde su ángulo cómico con estilo caricaturesco, y para producir, a la vez, risa en el espectador y denuncia moralizadora. No retrató a la sociedad contemporánea completa, sino sólo una parte, y con óptica deformada. Por eso, pasó a la historia del callejero madrileño.

Rubalcaba, en efecto, es un personaje que tiende a provocar de forma notoria. Es muy posible que en sus años de Instituto o Facultad, protagonizara similares enfrentamientos; lo lleva en la sangre, como se dice. Hernando es parte de esa legión del PP que sólo cuando le pisan un callo, restregándoselo, es capaz de ponerse en pie y airado. Personajes ambos, cuyo tipo es muy conocido en esta vieja “piel de toro”. Ninguna novedad, o como ya se ha anticipado: “tragedia para reír, o sainete para llorar”. ¿Pues, de qué pide disculpas D. Manuel Marín?

Un dicho que hizo famoso, en sus años de gloria, a José María García, fue el de que el principal problema del fútbol español, lo son sus dirigentes”. ¡Pablo, pablito, pablete!... se recuerda. Hasta ahora, la única que reconoció públicamente al Congreso de la Carrera de San Jerónimo, como “mi parlamento”, ha sido Pilar Manjón, como parte de las víctimas del sangriento 11-M, y cuando recitó en su atribulada comparecencia: “Ustedes son “mi” Parlamento” (que conserve su inocencia). El resto de los españoles, se puede decir, está muy sobre el mismo. Se encuentra por encima del “rodillo” de las mayorías en el hemiciclo, y de la tiranía de las minorías, que, en lugar de ser “bisagra”, hacen ostentación de “tener la llave” de la gobernabilidad, es decir, de decidir a qué sardina ha de acercarse el ascua. Una conocida sentencia popular, sabia por vieja, dice: “No ofende el que quiere, sino el que puede”. No se preocupe el Sr. Marín, no parece muy gruesa la ofensa al pueblo español –que él llama “ciudadanía”-, así que, sobran las disculpas. Este pueblo añejo sabe llevar sobre sus espaldas esta Constitución –que se dice que se “dio”, a sí mismo-, y, con ella, a sus instituciones, y lo que requiere más resudor para sobrellevar: a las figuras de su clase política.

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