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Etiquetas:   Disyuntivas  

El pincel y la tinta

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 25 de julio de 2005, 05:07 h (CET)
Los avances técnicos se suceden a un ritmo frenético. Aprendemos a pulsar los botones cuando comienzan ya a no ser necesarios, bastará con un gesto o una mirada. Estas aceleraciones de la vida nos impiden suavizar el resuello. El jadeo es constante, mientras el disfrute es cada vez más cuestionable. Da lo mismo que hablemos de economía, diversiones, familia u otro campo cotidiano de actividades.

Aquí podemos recordar aquellas reflexiones de Shi Tao, "Unos poseen el don del pincel y poseen el don de la tinta; otros poseen el don del pincel pero no de la tinta; otros poseen el don de la tinta pero no del pincel" .

Las personas poseen dones de diferentes cataduras, ante los avatares de la vida reaccionarán de forma distinta. La TINTA suaviza el deslizamiento del pincel, porque sus cualidades técnicas así lo facilitan. El PINCEL transmitirá las inclinaciones mentales de los actuantes. Técnica y espíritu frente a frente, o siguiendo el tono del ejemplo citado, ejercen en plena colaboración con sus cualidades.

Los bosques que se queman, la fauna que sufre, y todos los humanos, los menesterosos, los bondadosos o crueles; todos, van conformando nuestra biología más próxima. La formación técnica alcanzada y la sensibilidad que aún nos quede son los instrumentos para aproximarnos a los acontecimientos. La tinta y el pincel, como símbolo de esos atributos. De esta manera, todas las vicisitudes diarias nos implicarán, resbalando suaves, con agitaciones bruscas o moviéndonos a prácticas mejores. Mas, ya estamos tan adelantados que no sé si estamos para pinceles y tintas.

Es decir, para dibujar unos trazos vitales encomiables hace falta mucho movimiento de muñeca, el pensamiento, la sensibilidad, y tantas cosas más. Por ese motivo no conviene dejar de lado esas antiguas enseñanzas del Tao. Para llegar a un hecho concreto de la vida, para que esta pueda ser definida como humana, hemos de transmitirle todas aquellas cualidades. Ahora toman mal cariz estas cosas, las andanzas actuales rechazan estos instrumentos de pintura personal, sin percatarse de que desdeñan lo mejor de cada individuo. No obstante, la ceguera puede comportar duras y azarosas circunstancias a todos, ecológicamente, éticas, sufrimientos y soledades. Se tergiversa la risa, la amabilidad, y casi todas las formas de colaboración cortés.

Me congratulo por tener un vecino como POROTO, tan perspicaz y vividor, como fiel reflejo de los sucesos referidos. El otro día, tanto le hablaban de las bondades de la risa, mientras se imaginaba la risa del gorila, también vislumbraba la risa de Zapatero, que casi se llegó a creer lo de las bondades. Me voy a confeccionar un almanaque con los aconteceres del vecino, geniales... y a mí me convencen de las bondades de la sonrisa.

No valen los grandes planteamientos, grandilocuentes y con demasiadas pancartas. Hay que pintar los modestos hechos de cada día. Ese laboreo cotidiano. Ahí hacen falta todas las cualidades. Si nos vamos a la lejana estratosfera, se nos escaparán las ideas, se volatilizarán. Lo concreto me lleva a otras interrogantes ¿Cómo explico mis listas de espera? ¿Mis hipotecas tan alargadas en el tiempo?

Esa falta de concreción suele abocarnos a situaciones confusas y caricaturescas. Cómo disertamos tanto sobre la eutanasia, cuando nos olvidamos unos de otros en gran parte de los años previos. Ya no se trata de simples paradojas, son auténticos demarrajes, auténticas salidas de la calzada, que no presagian nada bueno; sobre todo con la aceleración que aplicamos a la vida.

Intento llamar la atención sobre la falta de cercanía y de concreción al relacionarnos cada día. ¿No se notaba? Hace falta mirarse más a la cara. Más pintarnos la cara con las cualidades, valiéndonos de la tinta-técnica, y las ganas de pintar, que debiéramos recuperar. Aunque la tendencia general sea convertirnos en auténticos títeres, o quizá precisamente por eso, necesitamos coger el pincel con más fuerza, para expresar los sentimientos o criterios que consideremos oportunos.

Se impone con fuerza un requerimiento, no podemos despreciar las características de la técnica, sin usarla tampoco aislada de las otras peculiaridades humanas. La tinta tiene que ser buena. Pero sin manejar bien el pincel únicamente llenaremos todo de manchones. Como en aquel test psiquiátrico de Rochard, para elucubrar con interpretaciones imaginarias de lo que las manchas quieren decir. ¡A ver quien lo consigue de manera más disparatada!.

No me resisto a mencionar otra cita de mi vecino POROTO. Le pregunta a un paseante cercano, ¿Qué hora es? Y áquel le mira despreciativo, continuando su paseo sin contestarle. Hay muchas respuestas de este jaez en las calles actuales, por no sacar a colación otras respuestas mucho peores. ¿Qué maquinarán esas mentes? ¡Atreverse a preguntarme a mí esas tonterías! ¿Están demasiado ocupados? Lo más grave es que no respondan por estar muy ensimismados... en nada. De tan vacuos no tienen capacidad de considerar a los demás.

Wang Wei escribió: "¿Me preguntáis donde reside la suprema verdad? / En el canto del pescador que se acerca a la orilla". Fíjense en su canto, y es posible que se acerque a pintar, a su manera, en el río de la vida.

Acechan la melancolía y la frustración. Hemos de reactivar el rescoldo sencillo de las buenas gentes, de cada una de las buenas gentes.

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