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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Gigante

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 24 de julio de 2005, 02:20 h (CET)
El sábado a mediodía lo vimos a lo lejos desde la carretera, volviendo de un viaje a Cataluña; no sabríamos decir, como aseguran, si desde los Pirineos catalanes se veía su cola de fuego, su humareda, pues el muy canalla se disfrazó de nube blanca y quieta, como gran nebulosa nos hizo dudar si en ese cielo límpido, techo estelar de unos cuarenta grados a la sombra, protector de un viento racheado y cambiante, el gigante atroz sería un cielo anubarrado o un fatídico dragón de verano. Lo vimos desde la autovía, llamaba la atención su columna de humo degradada, como si proviniera de un mundo irreal, donde los gigantes, buenos o malos, salen del minúsculo orificio de una lámpara de cuento; lamentablemente, era fuego real, se diría que el Alto Tajo se convirtió en una chimenea planetaria.

El calor, no el del incendio, el otro, acechaba y nos apresuramos a llegar lo antes posible a Guadalajara. A las cuatro de la tarde pusimos la radio por ser la nube de humo bien llamativa, pero las alertas informativas y de otro tipo parece que aún no había sido dadas, podría ser un raro espejismo viajero en esta tierra de molinos gigantes, a pesar de que, como aseguraban los jóvenes que nos acompañaban de más agudeza visual que nosotros, se podían divisar sus llamaradas dirigiendo la vista hacia el pico del monte. Sin embargo, y esto alimentó al gigante voraz de rojas vestiduras, era un fin de semana de cambio vacacional, y en este país de continuas tragedias laborales no parece sino que debamos andar con protección no sólo solar, para que nada se nos queme en verano, ni la piel, ni el monte, ni los pueblos, ni la salud, ni la paciencia, pues las tragedias cuando se suceden asociadas al ocio, bien por la climatología o el descanso, no hacen sino empeorar y aumentar la desgracia. El monte se quema y algo nuestro, viejo lema, se quema, pero, ¿quién vigila el monte para evitarlo? El monte está en peligro como las vidas humanas que lo cuidan y pueblan. El monte necesita que al peligro le den un número para decidir cómo y cuándo cuidarlo, un número de menor a mayor intensidad de llamas para que las comarcas y sus gestores decidan actuar en un juego de oca que apaga el fuego porque le toca; pero no es un juego de dados, el gigante se aprovecha de vientos para nada locales y avanza triunfal y despiadado. Llegamos a la capital alcarreña y, durante un tiempo, del gigante no supimos nada. Una silenciosa Guadalajara parecía dormir su siesta ciudadana con una calma chicha preocupante, ni siquiera a altas horas de la tarde pudimos escuchar una sirena, un coche de bomberos o el aleteo de algún helicóptero que persiguiera al gigante de fuego.

A este gigante lo prendemos con una simple chispa que salta de una ecológica barbacoa, llena de sabiduría o necedad campestre, lo entretenemos con chuletas asadas para que engorde y así pueda llevarse a once cuidadores, once vidas humanas de un monte que parece que a nadie más que a él le pertenece. A este gigante vivo del estío le damos títulos de propiedad basados en negligencia, piromanía, descoordinación, altas temperaturas o impotencia. A veces permite, con toda su fuerza devastadora, que se salven pinos o supervivientes, pero se guarda de dejar resquicios y abrir nuevos frentes que satisfagan su gazuza destructiva. Se ríe al son del viento con caída de ramas, de gentes de pueblo y de ciudad, de gobernantes; sólo con prevención y medios es posible atajarlo porque devora vidas, desaloja poblaciones, se hace fuerte arrasando lo que encuentra a su paso: jóvenes, expertos e inexpertos, mujeres… Se traga a una consejera que a pesar de sus consejos medioambientales no pudo con él ni con su sufrimiento y dimite por no atraparlo a tiempo. El gigante avanza en tableros gigantes seccionados por competencias alejadas, en secos tableros decorados con broza y matorral burlándose de aguas y sequías. Este gigante rojo crispa como un demonio los nervios de políticos territoriales y extraterritoriales que en lugar de gestionar con su mejor competencia e incompetencia se critican, mientras el fuego, por su curso más que por el control humano, se apacigua en espera de al menor descuido, provocarse a sí mismo. Se debería prohibir encender fuegos que al gigante despiertan.

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