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Los suspiros en Linares son tarantas...

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
domingo, 24 de julio de 2005, 02:20 h (CET)
Se aproxima el emblemático concurso nacional de cantes de libre elección y tarantas de Linares. Toda una tradición de fidelidad al flamenco y un clásico, al buen gusto y al mejor estilo. Han pasado ya la barrera de los cuarenta encuentros, todos ellos con un duende especial y un ángel protector. Es una cita obligada entre los amantes de este arte tan genuino a los que no les importa el calor ni las distancias, también para las cantaoras y cantaores que aspiran a conseguir alguno de los prestigiosos premios, para el pueblo mismo que vuelve los ojos a sus “jondas” raíces; aglutinando así, convocatoria tras convocatoria, una creciente luna de estrellas y un entusiasmado público que llenará el próximo diecinueve y veinte de agosto, como todos los años, el Parque Municipal de Deportes San José.

Durante este mes de julio tiene lugar la fase selectiva, donde cada participante deja lo mejor de sí mismo en el escenario del teatro Cervantes, sueña con ser seleccionado y estar entre los grandes del flamenco, en esa reñida (artísticamente) apoteosis de júbilo y exaltación al arte, que supone llegar a la final de un concurso altamente considerado por los críticos flamencólogos. Aquellos dispuestos a participar, que cada día son más, sobre todo mujeres, conocen la estela de artistas que se han hecho grandes figuras tras alzarse con el triunfo en Linares.

Los aires linarenses son como ese poema eterno que llevamos en el corazón, nos traen historias de gloria y evocaciones inolvidables que nos recuerdan tiempos vividos, trabajos duros, pero de una solidaridad grandiosa. Nos lo recuerda la letra de la taranta ganadora del año pasado, escrita por Acosta Roldán: “Nací de nuevo aquel día/ Y nunca podré olvidarme/ Se hundió aquella galería/ Y un minero por salvarme/ Dio su vida por la mía”. Podría decirse que la atmósfera es propicia para este tipo de cantes, porque nació en la tierra que hoy crece. De igual modo, no menos sugestivos son los cantes de libre elección, siempre sorprendentes, cuajados de inspiración y talento. Precisamente, ahora que tanto se habla de multiculturalidad, resulta que el flamenco es un arte vivo en estas lindes, sangre de nuestra sangre, verso de nuestros labios, grito del alma que el alma escucha. Con razón, los poetas de la generación del veintisiete, lo elevaron a los altares de la vida.

En la actualidad, los compositores más vanguardistas se fijan nuevamente en el flamenco, las artes escénicas lo han incorporado de manera decidida, surgiendo renovados empujes. Esta tierra generosa andaluza, grandiosa en Linares por sus tarantas y cantes, madre fecunda de un patrimonio cultural flamenco, hace bien en volcarse en pregonar el arte que lleva consigo. Si el certamen linarense se ha ganado el renombre y la estimación de todos los flamencos, el pregón -de reciente creación- es todo un acierto. Sin duda, contribuye a esclarecer y realza el talento flamencológico, ilusiona a las nuevas generaciones por recopilar, investigar, conservar, defender, divulgar y engrandecer la autenticidad y pureza de las raíces del arte. No olvidemos que esta sabiduría popular acumulada durante milenios, ayuda a la convivencia.

En todo caso, los cantes flamencos en Linares, tienen un sabor exclusivo y un saber con estilo propio. Lo descubrí de adolescente, cuando de la mano de la poesía llegué a saciarme de siguiriya, soleá, toná y tango; junto a otros cantes flamencos emparentados o derivados del fandango. Por las calles linarenses, los suspiros ya son tarantas que el viento escribe en las pupilas del cielo, fueron el respirar de sus antepasados, la rebelión contra el destino, herencia que perdura por su estado de gracia, néctar tan puro que es una voz viviente. El abecedario se queda sin palabras a la hora de describir y descubrir la bravura del cantaor, un pulso que pone alas al pensamiento y que, en la taranta, se torna –sí cabe todavía más- consuelo en la tristeza y gozo en la pena.

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