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Opinión
Etiquetas:   Sálvese quien pueda  

Verano (I)

Joan Torres

sábado, 23 de julio de 2005, 02:10 h (CET)
Uno sabe que ha llegado el verano porque cuando viajas en la parte de atrás de un coche, la pierna que está en contacto con el de al lado acaba sudada, pegajosa y con los pelos (quien tenga, claro) chafados en la dermis. Por la noche uno reconoce la época estival por el constante “apartar sábana-rotar cuerpo”, un binomio incesante que conduce, una vez más, al sudor y la adherencia del pellejo. Todo el ritual sucede adornado con el aleteo imperceptible pero ensordecedor del único mosquito en kilómetros a la redonda, que siempre revolotea a dos centímetros de nuestra oreja. Abrimos la luz. Nada. Silencio absoluto y ni sombra del mosquito. Cerramos la luz. Vuelve el mosquito soprano y sus molestas picadas.

Uno sabe que ha vuelto el verano porque en el trabajo le reprenden por llevar bermudas. Sin embargo, al llevar pantalón largo, nadie comenta nada del manantial de sudor que emana de tu cuerpo, que tienes que ir poniendo periódicos en el suelo a medida que caminas. El verano también trae consigo el sol. Raro, pero es así. Y el señor Lorenzo aprieta y bien. Uno vuelve de la playa con la seguridad de haber cogido el moreno de Julio Iglesias. Y en un solo día. Y lo único que se encuentra es el parentesco con la gamba pero por el color. Al mismo tiempo, el dolor más inhumano abrasa todo el cuerpo y la imposibilidad de dormir por los 250 grados que emana cada centímetro enrojecido de la espalda. Por si el mosquito no bastaba.

El verano también vuelve a la televisión. Se va todo el mundo de vacaciones y confecciona la parrilla de programación un perro ciego. Esa es mi teoría. Hola, Ramón García. Hola, repeticiones. Hola, películas de mierda. ¿Quién lo haría peor, si no es así? La programación no es de encefalograma plano, como se suele decir. Se acerca al retraso mental de quién la produce, quien la realiza, quien la programa y quien la ve. Todos mongólicos. Sudados, quemados y retrasados.

Lo peor de todo no son estas minucias. Lo peor es que uno se da cuenta que había llegado el verano cuando ya se ha ido. Cuando ya no hay sol, ni playa, ni sudor, ni mosquito, ni nada. Cuando sólo hay frío, abrigos, viento y tiritones, cuando una manta no basta y una hoguera no calienta, ahí es cuando daría un brazo por ver el Grand Prix en la programación de la tele.

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