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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Barbacoa homicida

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
jueves, 21 de julio de 2005, 21:37 h (CET)
Dicen que en tiempos del imperio romano España- entonces denominada Iberia- era un país tan montañoso que una ardilla podía viajar desde Gibraltar a los Pirineos saltando de un árbol a otro. Pero los descendientes de aquellos hombres y mujeres de Atapuerca, que tenían al fuego como algo sagrado, nos hemos venido empeñando a lo largo de los siglos en hacerles la vida imposible a aquellas viejas ardillas saltarinas. La fiebre de las segundas residencias junto con las avaras ansias por recalificar terrenos o vender la madera quemada han ido esquilmando nuestros montes hasta limites desérticos en más de una ocasión. Y si a ello añadimos el censo de pirómanos que nos ha tocado en el reparto más las imprudencias de prepotentes domingueros podemos arrasar con el poco monte que nos queda en unos pocos años. Recuerdo un viejo lema del correspondiente organismo oficial que decía más o menos aquellos de “cuando un monte se quema algo tuyo se quema”. Trataban nuestras autoridades de concienciarnos en la defensa de la naturaleza pero los españoles siempre hemos sido muy reacios a respetar aquello que sentíamos como propiedad ajena y así fue como apareció un chiste, creo recordar que en la revista satírica “Hermano Lobo” donde un lugareño le decía al señorito del lugar “Cuando un monte se quema algo suyo se quema, señor conde”. Somos un país falto de educación y respeto al oponente y al medioambiente y eso se nota desde las discusiones, insultos y abucheos incluidos, en el Congreso de los Diputados hasta cualquier trifulca en la barra del bar ante dos cervezas un lunes cualquiera sobre si es mejor Ronaldo o Ronaldihno. Nuestra razón es la verdadera y ningún guarda forestal va a decirnos dónde hacer fuego.

Salir al campo a comer una buena carne asada entre cuatro piedras y regada con el buen vino almacenado en la bota y puesto a refrescar en cualquier riachuelo se ha hecho siempre. Antes se le llamaba ir de “chuletada”, “torrà de xulles” como dicen en mi tierra o “graellada” como dicen mis primos catalanes, ahora lo denominamos barbacoa, palabra importada de las antillas pero que da un aire así como más moderno al hecho ancestral de asar carne y comerla. Tampoco nuestras autoridades de antaño se preocupaban mucho por el peligro de incendio o el respeto medioambiental, sus preocupaciones eran otras. A finales de los años sesenta unos amigos y yo estábamos asando carne al aire libre en un campo de un pueblo conquense cuando la Guardia Civil interrumpió nuestra labor, su preocupación no era el fuego que habíamos tenido que encender. Querían ver si teníamos la correspondiente bula para poder comer carne pues era Viernes Santo. Y mientras el fuego siguió encendido la carne nos fue requisada al no haber pagado el correspondiente peaje a la Santa Madre Iglesia. De aquellos polvos- falta de educación y preocupación medioambiental- vienen ahora estos lodos.

Hace unos días once personas jóvenes y con un trabajo eventual- no olvidemos este detalle- perdieron la vida en Riba de Saelices, paraje situado en las viejas tierras del ducado de Medinaceli. Un insensato prendió fuego a una barbacoa abandonando el fuego para ir a bañarse, el resto ya lo conocen. Once vidas truncadas en plena juventud y una superficie como 17.000 campos de fútbol arrasada por las llamas y el culpable o los culpables paseándose impertérritos por las calles de su ciudad. Dentro de algún tiempo tendrá lugar la vista del correspondiente juicio y el malhechor que prendió fuego a una barbacoa homicida con la ayuda de buenos abogados- ya han comenzado a lanzar balones fuera- verá reducida su pena a la mínima expresión.

Tampoco las autoridades han estado muy finas en este macabro siniestro. Tardaron en reaccionar y reclamar más ayudas, necesarias desde un principio dada la velocidad de propagación y magnitud del incendio, y acudieron al lugar para hacerse la foto y cuando ya no eran necesarios, cuando once cuerpos jóvenes yacían calcinados entre las cenizas de los viejos árboles y los hierros retorcidos de sus vehículos. Es la hora de tomar medidas para que sucesos como éste no vuelvan a suceder, prohíban esas manadas de peligrosos domingueros que dejan el campo lleno de desperdicios, esas nuevas hordas vándalas que como los guerreros de Atila aniquilan la hierba por donde pasan, hagamos caer todo el peso de la ley sobre estos pirómano-cocineros dominicales, pero pidamos también responsabilidades políticas a quienes tienen la obligación de velar por el bien común y no lo hacen. Creo que es hora ya de que en este país se comience a declinar el verbo dimitir

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