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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Silicona en el parqué

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 18 de julio de 2005, 01:46 h (CET)
De unos años a esta parte vivimos bajo la dictadura de la belleza. Y mientras a nuestras más jóvenes generaciones las vamos cebando, cual ocas de engorde, día a día con esos productos llenos de grasas y aditivos que las madres les compran en la pastelería más cercana a la puerta del colegio para así evitar prepararles un buen bocadillo para la hora del recreo, muchas de ellas están pensando en cómo mejorar su cuerpo mediante las nuevas técnicas de cirugía estética. En el cine, en la televisión, en las pasarelas de la moda admiramos cada día a los nuevos modelos estéticos que nos tratan de imponer. Las más maduras envidian a Michelle Pfeiffer mientras las treinta añeras se pirran por ser una Nicole Kidman, Tom Cruise incluido, pero también ellos suspiran por dejar atrás ese cuerpo fondón que la naturaleza les ha dado y los que peinan canas quisieran ser un Robert Redford cualquiera o un Paul Newman espléndido a su provecta edad y los jóvenes quisieran ser Brad Pitt.. Stendhal escribió que “la belleza es una promesa de felicidad”. Y tras esa promesa de felicidad corren una gran parte de nuestros congeneres en estos momentos.

Cuando las tetas comienzan a mirar al sur del cuerpo o los penes ya no son lo que eran muchas y muchos, buscando esa mano de santo que les arregle los desperfectos del tiempo, vuelven sus ojos hacia la cirugía o a esa infinidad de productos milagrosos que desde la publicidad de la pequeña pantalla nos ofrecen la vuelta a la felicidad. Los bancos ven como ya son infinidad los créditos personales que se solicitan con el fin de pagar la elevada factura que supone el pasar con éxito esa ITV del cuerpo humano que son las clínicas de estética. Conozco a una niña, hoy ya mujer, a la que su padre a los catorce años como regalo de cumpleaños le pago una operación para arreglarse las orejas y hoy en los USA y también en Japón son muchos los orientales que pasan por el quirófano para obtener unos ojos occidentales olvidando así, un poco, sus orígenes étnicos.

Este bombardeo diario de la perfección estética está dando dividendos a aquellos que se dedican a ello. Buena prueba de ello es la salida a bolsa de la principal empresa del sector en España. El mismo día en que la silicona se paseaba por el parqué sus acciones subieron casi un 20% buena muestra de que los inversores confían en que la cuenta de resultados de la empresa siga aumentando con el paso del tiempo. Ese día la presentación de la empresa en la Bolsa estuvo rodeada de una puesta en escena al más estilo del glamoroso Hollywood cinematográfico. Cincuenta estupendas modelos disfrazadas de enfermeras rodeaban a los directivos de la Empresa y alguien en su subconsciente pudo llegar a pensar que, paso por quirófano mediante, podría llegar a ser como esas señoritas. Allí no se vio para nada la sangre, los bisturís y demás instrumentos quirúrgicos, los errores, errar es humano, que, a veces, cuestan vidas. Allí tan sólo estaban presentes la glamour y la silicona. Todo alejado de la realidad. Quizás por ello el Consejo General de la Enfermería y el sindicato SATSE han protestado por esta falsa escenografía de la afamada empresa médico estética que ha hecho un flaco favor a la digna profesión de la enfermería.

Está muy claro que estamos a años luz de la estética de Hegel y que lo que hay que tener claro es que la felicidad está dentro de cada uno de nosotros y no en nuestra apariencia exterior. Tengo claro que quien ha sufrido una deformación sienta el legitimo deseo de tener una nueva y buena apariencia pero también tengo claro que el blanqueado Michael Jackson con todas sus operaciones decolorantes no es más feliz e incluso ahora su aspecto físico es el de un enfermo de mente y cuerpo. Mis arrugas son mías y me ha costado muchos años cultivarlas, mis ojeras después de una noche de farra y desenfreno me recuerdan que no debo recaer en excesos aunque siempre tropiezo en la misma piedra y prefiero besar en las noches de vino y rosas unos labios sin silicona que esos gruesos labios donde tengo la impresión de ir a morder un globo de chicle de fresa en lugar de rozar mis labios con la tierna puerta del amor de una mujer.

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