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Etiquetas:   Ver juzgar y actuar   -   Sección:   Opinión

La decisión de hacer el mal

Francisco Rodríguez
viernes, 31 de agosto de 2012, 07:04 h (CET)
Todos nos hemos conmovido ante la noticia de que los niños de Córdoba puedan haber sido asesinados y quemados por su propio padre. Después de casi un año de investigación, el informe de unos profesionales prestigiosos dice que los huesos encontrados son de niños y no de animales como afirmó la policía.

El hecho, presente en todos los medios de comunicación, tertulias y redes sociales, pone de manifiesto que lo que la gente espera es el castigo de cadena perpetua para el criminal, quizás porque vemos con demasiada frecuencia que las penas de privación de libertad que imponen los tribunales luego quedan en menos, por aplicación de discutibles beneficios penitenciarios, como ahora mismo está de actualidad respecto a un criminal especialmente cruel.

El asesinato de estos niños, al igual que cuando aparece un bebé en un contenedor de basura, produce un justo sentimiento de repulsa. Pero los más de cien mil niños cada año abortados en el vientre de sus madres,  que fueron extraídos despedazándolos o quemándolos en solución salina, como se hacen desaparecer, debidamente triturados, por las clínicas dedicadas a esta repugnante actividad, no levantan ningún clamor, por aquello de ojos que no ven, corazón que no siente.

En alguna de las tertulias que he visto y oído, algún tertuliano apuntó el tema del aborto sin mucho éxito. Otros tertulianos manifestaron que la persona que es capaz de matar a sus hijos tiene que ser un desequilibrado, un especialista indicó que  no necesariamente, pues la mayoría de los criminales no están locos. Aquí la discusión me pareció de interés ya que se planteó el meollo de la cuestión ¿por qué el hombre es capaz de hacer el mal?

Nadie recordó que la naturaleza humana está viciada por el pecado. Unos decían que se trata de un salto atrás en la evolución, porque el hombre es un animal predador y, en las profundidades de nuestro cerebro, hay instintos que pueden aflorar en determinadas situaciones. Alguno dijo que quizás se consiga determinar en nuestro ADN el gen que provoca nuestra tendencia al mal.

Se apuntó que existe en cada persona el odio, fuerza poderosa que puede empujar a cualquiera a realizar acciones crueles: destruir, matar o pegarle fuego al bosque.

Salió también el factor educativo como la clave civilizadora y cultural indudable. Hay que recordar que personas muy cultas y educadas, incluso pueblos enteros, con un alto nivel de educación, pueden cometer auténticas barbaridades.

Los americanos organizaron su democracia, pero siguieron teniendo esclavos y cuando se abolió la esclavitud, continuó la segregación de los negros hasta tiempos bien recientes. La ilustrada Francia alzó la guillotina. La culta Alemania educó a la población en el odio al judío hasta hacer desaparecer varios millones. Las doctrinas marxistas en manos de Lenin, Stalin, Mao, Ho-chi-min o Pol-Pop llevaron el odio exterminador hasta extremos horribles. En África unas etnias masacran a otras y las guerras siguen siendo atizadas en el mundo desde el odio.

La fuerza del odio es capaz de transformar en infierno a familias, colectivos, pueblos y naciones. Admitamos que todos podemos ser victimarios o víctimas del odio, pero que también podemos apostar por otra fuerza transformadora: el amor, —Dios es amor—, y cada uno desde su sitio puede pedirle a Dios fuerza para amar al prójimo, al próximo, al que tiene al lado, buscando activamente el bien.
Francisco Rodríguez Barragán
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