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Dead End: El horror simpático
Gonzalo G. Velasco
Dead End es una película previsible, tópica y sin demasiados aditamentos intelectuales susceptibles de estimular el flujo sináptico del espectador. Vamos, que en ella no encontraremos precisamente una proporción áurea esclarecedora del sentido de la vida, sin embargo, cae bien. Le pasa un poco como a Adolfo Suárez o Enrique San Francisco: tiene algo simpático, casi entrañable. Definir ese algo tiene su miga, y sólo es posible hacerlo por contraste.
Les propongo un ejercicio de memoria: miren hacia atrás con ira y piensen en las siguientes películas españolas: Desafinado, Lisístrata, Noviembre, Hotel Danubio, ¡Descongelate! Reinas, Vivancos 3, R2 y el caso del Cadáver sin Cabeza, Hot Milk, Mar Adentro, El embrujo de Shanghai, 800 balas, Dos tipos Duros, No somos Nadie, Almejas y Mejillones… la lista es tan inagotable como la teta subvencionadora del gobierno. Salvo excepciones, todas estas películas han sido notables fiascos de taquilla, y en la mayoría de casos, también de crítica (las excepciones tienen que ver con el poder mediático de ciertos grupos empresariales), pero comparten algo más que eso, si nos fijamos, casi la totalidad de la lista son comedias, y no comedias del montón, sino comedias de presupuesto holgado o tirando a holgado.
Pues bien, si el grueso de las comedias del cine Español reciente nos caen gordas a pesar de contar con profesionales de primera fila en ellas, ¿cómo no vamos a valorar que Dead End resulte simpática teniendo en cuenta que es una peli de terror y la han rodado dos tipos sin experiencia (Jean-Baptiste Andréa y Fabrice Canèpa) con apenas cuatro duros?
El secreto de Dead End puede que esté en su protagonista, un inquietante y recuperado Ray Wise que logra transmitir con un simple movimiento de entrecejo lo que todo un escuadrón de clones de Leonardo Sbaraglia no lograría transmitir ni con ataques epilépticos de aspavientos; o tal vez en la composición de su código genérico, (que no genético), a mitad de camino entre el fantastique europeo, el terror adolescente norteamericano, y el humor negro de gente como Buñuel, incluso puede que las resonancias surrealistas de su kafkiano argumento, tengan algo que ver.
De un modo u otro, Dead End, al igual que sus protagonistas, se encuentra más cerca del arpa ( la recuperación entretenida, despreocupada y festiva de la esencia del horror ochentero), que de la guitarra (el influjo maligno y adocenado post-scream). Así que ya saben, perdónenle a su argumento que todo se vea a la legua desde el propio título y pasarán un buen rato repantigados en los butacones del cine. Les garantizo que la experiencia será más positiva que asistir a una proyección de Un Rey en la Habana o 20cm, a la sazón el tipo de film con el que la Academia del Cine pretende infestar nuestras salas a costa de propuestas mil veces más dignas como la pizpireta horror-movie que nos ocupa.
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