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Etiquetas:   Caballo de Troya   -   Sección:   Opinión

¡Qué cruz, la lectura!

Vicente Sancho
Redacción
sábado, 16 de julio de 2005, 22:26 h (CET)
En el 21º Encuentro sobre la Edición, celebrado en Santander (España) y clausurado el 8 de julio del presente año, el profesor Álvaro Marchesi, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, reveló los resultados de un estudio realizado sobre las Bibliotecas Escolares en Educación Primaria y Secundaria. Los datos aparecidos en este estudio son altamente descorazonadores e incitan a la reflexión. En síntesis, señala el profesor Marchesi, la inmensa mayoría de los profesores que cuidan de nuestros hijos no desarrollan ninguna actividad docente que pivote sobre la Biblioteca Escolar. Tampoco los alumnos, por su parte, realizan visitas a esta instalación escolar y viven de espaldas a su existencia.

Cuando se leen noticias como esta es inevitable rememorar el llamado Informe PISA 2003, por el año en que se dio a conocer, que señalaba el grado de aprovechamiento instructivo de los alumnos europeos. En lo que atañe a los escolares españoles sobresalió, por lo desastrosa, la destreza en la lectura comprensiva.

¿Qué ocurre al sur de los Pirineos para que se lea poco y además tan mal?
Hubo una época -primera mitad de la década de 1930- en que las cosas parecían bien encauzadas. Se construían sólidos colegios y se les dotaba de Bibliotecas Escolares, lo que para aquellos tiempos representaba una auténtica novedad. La iniciativa funcionó porque el alumno se hallaba debidamente motivado por una sociedad que en su mayoría consideraba la cultura como un bien de primer grado. El libro que el alumno llevaba desde el colegio para leer, se encontraba en la misma casa con otro que el padre o la madre habían conseguido en la Biblioteca Pública ese mismo día. El libro se valoraba, suscitaba el interés de los grandes y de los pequeños, se comentaba en familia. Se puede decir, salvando las distancias y el paralelismo que resulta un tanto forzado, que el libro cumplía la misma función aglutinante que desempeña hoy la televisión. Pero con la salvedad de que ésta separa, disgrega, y el libro, en cambio, provocaba el encuentro y el intercambio de ideas entre los integrantes de la familia.

Todos sabemos que aquella dinámica social sufrió un revés del que tardó medio siglo en recomponerse. ¿Se ha vuelto hoy en día hacia el culto al libro? ¿Se le ha devuelto a éste el lugar de privilegio que gozó en su momento? Mucho nos tememos que no. Por superficial que sea nuestra capacidad de observación podemos darnos cuenta de que el libro ocupa el sitio de las cosas superfluas, olvidadas o molestas. Es cierto que lo toleramos aún a nuestro lado en los anaqueles de los muebles, ocupando pequeños rinconcillos de nuestro hogar, y que cumple una función decorativa que incluso nos suscita destellos de satisfacción y atempera esos molestos conatos de falso remordimiento que su ausencia nos provocaría.

Pero el libro que leemos por gusto ha muerto junto a nosotros sin que notemos demasiado su ausencia. El estudio del profesor Álvaro Marchesi denuncia que tres de cada cuatro profesores trabajan con sus alumnos exclusivamente sobre el libro de texto; y es a este mismo libro a lo que se aferran ocho de cada diez de los alumnos, sin mostrar ningún interés por lo que pudieran contarles los libros que languidecen en las estanterías de las Bibliotecas Escolares.

La reacción de los editores de libros es la de lamentar que un hecho así se produzca porque ven, espantados, que la cantera de lectores no asegura el relevo generacional entre quienes se acercan a las librerías para hacer sonar algunos euros sobre el mostrador de ventas. Ellos claman por una actividad docente más sensibilizada con el hábito de la lectura y preconizan una mayor frecuencia de visitas a las Bibliotecas Escolares. A mayor manoseo de libros, a más tiempo de permanencia en ese habitáculo escolar, deben suponer los dilectos editores de libros que mayor afición a los mismos se genera, en beneficio del negocio y del negociante.

Ojalá fuese así de fácil conseguir que nuestra sociedad se llenase de gente aficionada a la lectura. La receta sería de lo más sencilla: Bibliotecas Escolares repletas de libros, sensibilizar a los profesores para que giren sus cabezas en dirección a las mismas y, claro, crear hábitos de lectura entre los infantes de nuestro país. Todo ello es aceptable y, sobre el papel, indiscutiblemente positivo. Veamos por dónde puede hacer agua un plan tan perfecto.

En primer lugar, atiborramiento de las Bibliotecas Escolares. ¿Es cuestión de dinero? Quitémoslo de esto y de aquello y dediquémoslo a comprar libros. ¿Se trata de unos pocos millones, no es cierto? No es así, no lo es en absoluto. España debería de invertir en Bibliotecas más de dieciséis euros por habitante para situarnos en la media de esa Europa que nos envuelve. Actualmente, sobrepasamos en muy poco los seis euros. El esfuerzo económico sería tan grande que hasta el más animoso de nuestros administradores caería en honda tribulación y renunciaría a cambiar las cosas.

Echémosle una ojeada al segundo punto de la receta mágica. Los profesores han de mostrarse más animosos y decididos en la utilización de las Bibliotecas Escolares. De acuerdo: reduzcamos los contenidos que han de impartir, limitemos las áreas o asignaturas que encuentran cobijo en las aulas y liberémosles de algunas horas de docencia directa para que puedan preparar esas clases que, lógicamente, van a requerir un tratamiento didáctico especial. Después, y ya puestos a hacer las cosas bien, cuidemos que ese profesor no tenga a su cargo un número excesivo de alumnos con el fin de que sus desplazamientos a la Biblioteca resulte una actividad susceptible de ser controlada sin desgañitarse demasiado.
Pienso, muy al contrario, que las autoridades educativas de nuestro país no están por la labor de reducir los programas del curriculum escolar, sino que lo incrementan incesantemente de acuerdo con las nuevas exigencias que la sociedad moderna delega en las instituciones docentes. Los horarios de los profesores se muestran repletos de contenidos instructivos y estos profesionales contemplan con pavor las salidas del aula que, en muchos casos, sólo contribuyen a estrechar más aún la franja del tiempo que disponen para las explicaciones y para la realización de los ejercicios. Las actividades de lectura, se lleven a cabo en la Biblioteca o en el aula, requieren la suspensión de esa loca carrera en la que siempre se hallan enfrascadas las manecillas del reloj. Se trata de motivar convenientemente al alumno con algunos supuestos pedagógicos que lo atraigan especialmente. Podría tratarse de la visualización previa, por ejemplo, de una película o de algún documental. Después ya podría llegar la lectura propiamente dicha. Y esa lectura debería de realizarse en un clima de tranquilidad colectiva, de goce individual y de efervescente trasvase de cuantos sentimientos y emociones pudiera generar en los alumnos el proceso lector. ¿Qué instituto, colegio, aula o profesor está en disposición de garantizarnos una cosa así en las condiciones en las que se halla la escuela actualmente, encorsetada entre los viejos principios de transmisión de saberes y el poco tiempo disponible para ello?

Por último, entremos en la creación de hábitos lectores entre los niños y adolescentes. Ocurre con frecuencia que al niño de muy corta edad se le asocian en la mente las fiestas o celebraciones con la imagen del libro. Se le regalan libros y se le explican esos libros. Todo anda bien hasta que se produce el cortocircuito de su entrada en la escuela o cuando adquiere ciertas obligaciones con otro tipo de libros, los llamados de texto o de estudio. Aquellos bonitos y sugestivos libros que tanto le gustaban en sus primeros años de vida, desaparecen como por ensalmo de su entorno y comparecen ahora estos otros más aburridos sobre los que le exigen un proceso de aprendizaje que al niño le horroriza porque no conecta con sus intereses. Nos hallamos en el momento clave del lector en ciernes. Acabadas sus tareas escolares, si el niño observa que sus progenitores recurren espontánea y frecuentemente al libro como una forma de placer y de gozo íntimo, también él buscará la letra impresa deseando experimentar los mismos sentimientos que atisba en los rostros de sus progenitores. Si por el contrario, la tele o el ajetreo constante impiden la utilización del libro como medio de lúdico escape entre los adultos que rodean al niño, la partida para hacer de éste un buen lector está de antemano perdida. Pedagogos, editores, escritores y comerciantes pueden ingeniárselas como gusten, pero si el hogar no le inocula el gusto por la lectura al niño en base al permanente ejemplo de sus progenitores, resultará más que estéril la continua alusión a los centros docentes para que este objetivo se consiga desde las aulas o mediante una mayor sensibilización del profesorado.

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