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La esclavitud del miedo

El hombre confiado sufre cuando se entera de que ha sido engañado; pero el desconfiado, por causa de su miedo a ser engañado, sufre siempre
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 28 de agosto de 2012, 13:16 h (CET)
Nadie puede sentirse feliz por mucho tiempo, pero puede sentirse desdichado indefinidamente. Es más, cuando la felicidad es demasiado duradera –unos días, que es lo más que se la soporta-, enseguida salta algún mecanismo mental o del ego que se pone a buscar afanosamente soluciones que reparen el daño y que traigan de vuelta la aparentemente necesaria angustia, y si fuera posible el miedo, mejor. No importa a qué ni por qué, pero parece ser imprescindible para la propia supervivencia. Es como el músculo, que cuando se le deja de trabajar por causa de la edad del individuo o por causa de falta de ejercicio, se atrofia. Podemos prescindir de la felicidad, pero no de la angustia y el miedo, no tiene más que ver que las obras más geniales de la humanidad nos refieren insoportables miedos o angustias e incluso fueron realizadas en un estado de extrema angustia y miedo. Así, la angustia y el miedo es a la persona lo que el latido cardiaco a la vida.

El miedo vende. Cuando se han llevado a cabo iniciativas de cualquier tipo que pretendían evitar el miedo y la angustia, como por ejemplo diarios que sólo refirieran noticias buenas o felices, han fracasado estrepitosamente. Necesitamos el miedo y la angustia como un mecanismo de supervivencia. Dicen los uruguayos que les gusta mucho el tango porque en cada uno de ellos muere, o al menos sufre, un argentino. Los mortales, de forma parecida, necesitamos sufrir o saber que alguien lo hace en alguna parte, y si fuera de una forma atroz, mejor que mejor. Las noticias más exitosas son las que contienen una dosis mayor de morbo y dolor, las más obras más reconocidas universalmente son insufribles dramones –véase Shakespeare, por ejemplo- y aún lo que más vende es todo lo que se refiere al Fin del Mundo en cualquier formato, no tiene más que poner “Fin del Mundo”, "Apocapilsis" y sus variables en un buscador de internet, y comprobará ipso facto que tienen más páginas que las dedicadas al “sexo”, verbigratia, y, desde luego, infinitas más que las que conciernen a la “felicidad”.

La atracción por el miedo y la angustia es inherente a la condición humana. Incluso ha habido movimientos como el Romanticismo que ensalzaba el terror, la angustia y la atracción por lo fatal como una fórmula de vida. En vez de reunirse en días soleados a la sombra de un árbol para escuchar los pájaros y disfrutar de la belleza y exultación de la vida, preferían hacerlo en los más tétricos y victorianos cementerios donde todo apestaba a muerte, dolor y desolación. Y lo mismo cuando escribían, que en vez de idear mundos armónicos llenos de hermosura, felicidad o futuro (o que propendían a ellos), construían infiernos tenebrosos y se afanaban en interrelacionarse, si fuera posible, con el mismísimo diablo, tal y como sucede con Fausto.

Realmente hay muchos motivos para angustiarse y sentir miedo, pero no parece muy necesario tener que buscarlos demasiado. Suelen venir solos, como si la misma vida los repartiera gratis. Sin embargo, cuando a un individuo se le ofrece la dicotomía de elegir entre la felicidad y el sufrimiento, absurdamente suele preferir lo segundo, el dolor. Más allá de que un sádico es aquél que trata con delicadeza a un masoquista, lo que más abunda entre la especie humana, sin lugar a dudas, son los masoquistas y no los sádicos. Como ejemplo que pintiparado nos sirve el caso del divorciado, que ha pasado largos años de pareja coligiendo cómo podía escapar del infierno de su relación, a menudo manifestando a conocidos y amigos lo insufriblemente insoportable que era su cónyuge, y, cuando por fin lo logra y se separa, se sume en la depresión y es incapaz de recordar otra cosa de aquélla que los momentos idílicos que hubo –que ciertamente siempre los hay-, incluso llegando a pensar que las felicitaciones que recibe de quienes en realidad le aprecian y le quieren sin retribución, son mentiras para consolarlo en su desdicha. Prefiere revolcarse como un cochino en su dolor que la felicidad de la liberación. Sufrían antes, y quiere seguir sufriendo ahora. El dolor es lo que importa en ambos casos, el miedo y la angustia: el sufrimiento.

Digo que no hay ninguna necesidad de sentir miedo y angustiarse, porque ya nos regala la vida excesivas dosis de ellos sin tener necesidad de inventarlas o ir a buscarlas. En el ámbito cósmico, sin duda hay miles de razones para vivir con el alma en puño, desde la llegad de Nibiru y el escatológico cambio de polos que produciría a la caída de un asteroide exterminador o a la emisión solar de una EMC que fría la Tierra como un huevo; pero es que no son menores los motivos de pánico y angustia por la evolución de los acontecimientos y sus implicaciones apocalípticas, empujando a no pocos a conjurar sus pánicos bajo las alas de sectas o de gurús, si es que no a militar en las filas de adeptos de los pleyadianos salvíficos o de los zetatalk adventores de paraísos inestimables, y aun de misericordiosos extraterrestres geómetras que juegan a los dibujitos en los trigales ingleses. El temeroso avisado, el adepto al miedo y el yonqui de la angustia, sin embargo, no necesitan irse tan lejos para encontrar motivos sobrados para inflar su terror, siéndoles batante con que echen un somero vistazo a la política internacional y el riesgo, conspiranoico o no, de que el desmadre existente en todo el mundo derive no sólo en una conflagración universal que nos catapulte a la nada masivamente a la mayor parte del género humano, sino que es más que probable que tengamos a las puertas un gobierno mundial dirigido por psicópatas y una crisis que hará crack de tal forma que nos convertirá a todos en esclavos de un sistema inhumano como el concebido por Orwell en su obra 1984.

Naturalmente, también puede recurrir el necesitado de su chute angustia y miedo a la situación nacional, a esta sucesión interminable de corruptos, corruptelas y corrupciones que nos asolan, al escándalo permanente de la política y los políticos, a lo absurdo de la crisis que nos desbarata como país, al desempleo galopante que nos amiseria y a este timo insoportable que son los impuestos que deben pagar los pobres para sostener a los ricos y a este circo de vanidades de poderosos que va a convertir a los ciudadanos en esclavos de tenebrosas logias adoradoras de Satán. Es un recurso infalible para angustiarse. Y, si no tuviera bastante, puede pensar en el caos de futuro que nos espera, en los transgénicos, en lo venenosa que se ha convertido la leche o el pescado, en el asco de naturaleza que nos están legando los pirómanos y explotadores del medio, en el estanque de porquería en que se han convertido los océanos, en el deshielo de los polos o en que las marcas blancas de los supermercados son veneno enlatado sin propiedades alimenticias. Puede, también, pensar en el IVA, en el IRPF, en lo nefasto de los colorantes alimentarios o en que gratuitamente tiene que convertirse en recaudador de Hacienda, no bastando son ser puta sino que además tiene usted que poner la cama. Y, si todo esto no le procurara el “viaje” que su “mono” precisa para angustiarse de lleno y estar sobrecogido de terror, piense en lo malo que es ir en automóvil, por la gente que muere o queda minusválida, y aún en la que va en autobús y tiene un accidente mortal o la que va en tren y descarrila; pero aún considere que tampoco tiene seguridad en su casa, donde puede ser asaltado por una pandilla de criminales en plan Eddy Kruger, o se puede caer en la bañera o desnucarse o intentar freír unas patatas y caérsele el aceite encima y abrasarse, o todavía, por si sale vivo, estallar el butano o ser sepultado por un terremoto.

Sobran los motivos para estar angustiado y sentir miedo, porque todo es causa de peligro de muerte o de condenación eterna. Vivir se está poniendo difícil –o maravilloso, si es que le va la cosa de la angustia y el miedo-, especialmente ahora que gracias a los informativos e Internet tenemos el Aleph en casa, y nos arraciman los terrores de todo el mundo en un telediario o en un video de YouTube y nos lo meten por los ojos, nos persiguen por la radio con sus ayes de muerte y desolación y aún durmiendo se filtran en nuestros sueños porque la pareja de la casa de al lado, pared con pared, o hace el amor mejor que usted o discute con más salero.

El miedo vende, mola, le complace como ninguna otra cosa a la mayoría del personal… y quiere más. El poder, los poderosos, lo saben, y le amenazan con más dosis de miedo, hacen volar sus ingenios volantes en forma de platillo, juegan a la amenaza de la guerra nuclear, le sugieren la existencia de incurables pandemias venideras, le abruman con toda suerte de conocimientos de medicina –porque el que sabe mucho de medicina tiene la certeza de que está enfermo de algo o de mil cosas-, le magnifican la crisis que se han inventado, le inundan de símbolos satánicos o iluminados para que sienta bien de cerca las tinieblas, y, luego, cuando usted no es ya capaz ni de razonar siquiera, le ofrecen la seguridad de un Estado policial, el recorte legal de derechos por los partidos que usted mismo ha votado, y, tan ricamente, usted tiene un respiro al haberse dejado conducir por los mismos que le aterraron hasta el paroxismo y le mantienen asegurado su chute de miedo y angustia de por vida. Mola, ya le digo.

Ser feliz, renunciar al miedo y a la angustia, es peor, aunque seguramente le convertiría en alguien más libre. Se intoxicaría como los demás con tanto veneno como nos venden, sería uno de tantos más en el enorme cementerio mundial que se verificaría si estallara una conflagración universal, y hasta seguramente tendría las mismas oportunidades de quedar varado en el desempleo o ser saqueado por estas bestias de la política. Pero sería feliz, eso no podrían quitárselo, y hasta es posible que, por ello mismo, en vez de votar a estos que venden miedo y angustia, lo hiciera a otros que ofrecen felicidad a espuertas o un futuro probable. Sería engañado, probablemente, pero sólo cuando le tocara, y el resto del tiempo viviría, que no es poco. Sin embargo, no tendría otra que experimentar cierto sentimiento de soledad, porque los que piensan así son pocos, muy pocos. A la mayoría les va inyectarse continuamente su dosis de angustia: sin ella, no son nada. Después de todo, ya le digo, la felicidad no puede soportarse por mucho tiempo, pero nos sobra capacidad para sentirnos desdichados eternamente. Será como ser esclavos del miedo, pero es una cadena que complace tanto que pocos son los que quieren escapar de ella.
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