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Etiquetas:   Sálvese quien pueda   -   Sección:   Opinión

Trabajar

Joan Torres

viernes, 15 de julio de 2005, 22:52 h (CET)
Llevo tiempo yendo al trabajo sólo para observar a los demás, evito la producción a la que me somete la empresa. Es cierto, olvido mis obligaciones contractuales cercanas a la esclavitud y me dedico a la observación etnográfica. Sólo me faltan un bloc de notas y unos bermudas de Coronel Tapioca y me sentiría como si estuviera analizando una tribu perdida en medio del Amazonas. Y es que algunos están aún por civilizar.

Por ejemplo, es curioso como puede llegar a crearse un cisma en una oficina sólo por un botón. El que enciende o apaga el aire acondicionado. Así, se puede ver dos compañeros sentados, uno con un polar y un jersey de lana virgen, bufanda y guantes, al lado de otro que lleva una camiseta imperio, bermudas y chanclas, mientras las gotas de sudor le resbalan por el sobaco. De esta característica hablaremos más tarde. O pingüinos o camellos, no hay término medio para ajustar el termómetro.

Uno de los espacios con más salsa es el office. Qué gran momento cuando entras a tomarte un café y las tres personas que hay dentro se callan al momento mientras empiezan a mirar el techo o el suelo con cara de 'Vete ya, cabronazo, que queremos seguir con nuestra conversación'. O sacas un café de la máquina y al primer sorbo te das cuenta que se ha acabado la leche, el azúcar y queda sólo un grano de café. Con estos elementos, un vaso de orina sería más estimulante y agradable al gusto, que no lo que escupe la máquina. Y encima pagas cincuenta céntimos. Medio euro para un laxante nuclear, que sabe a culo y que ni puedes remover porque la cucharita, o lo que sea ese palo, sobresale exactamente medio milímetro del líquido atroz.

Otro tema que me llama la atención son los fumadores. Adictos a la nicotina despreciados y apartados a menudo por el resto. Es que molestan. Entonces separemos también a los hedorosos y halitósicos perennes. No me gusta que fumen en el lugar de trabajo, pero hay algunos que desconocen la existencia del jabón. Amigos, mojar con agua, aplicar jabón, frotar y aclarar. Ése es el proceso. Y en el otro caso, un cepillo y algo de pasta, o un simple caramelo solucionarán esos efluvios malignos que emanan de las bocas de algunos mal llamados compañeros, a su vez aliñadas muchas veces con dientes amarillentos y sarro abundante. Desaparezca la fetidez, hombre ya.

Prosigamos con el análisis. ¿Qué tramarán el grupo de fumadores? Cada diez minutos se levantan todos al unísono y recrean la atmósfera matinal de Londres en la época victoriana (el topicazo de la niebla espesa y misteriosa) en alguna de las esquinas de la empresa de turno. Fíjense en el techo, predomina un amarillo tenue, como el de las camisas que llevan los chinos, junto con el clásico pantalón negro. Y no me tilden de racista, esas camisas tendrían que estar prohibidas por ley, no es culpa mía que los chinos sean fans de ese color mortecino. Es un automatismo inevitable. Diez minutos. Cigarro. Café. Cigarro. Diez minutos, etcétera.

Después existen los L.A.M.O. Esto es, Ladrones Anónimos de Material de Oficina. El día que se reponen las existencias hay fiesta general. Todo se llena de post-its innecesarios, los lapiceros rebosan llenos de bolígrafos con el nombre de la empresa, hay grapas, folios y cuadernos por doquier y se podría nadar en un mar de tóners para la impresora. Pero te giras un momento y medio segundo después, el vacío más absoluto reina otra vez. Sólo quedan tapones de bolis Bic, algún clip manoseado y tienes que escribir en tu brazo clavándote las llaves porque no hay papel ni nada que saque tinta por la punta. La cuestión es que nadie nunca se ha llevado nada. Ya.

Al final, te das cuenta que te tomas veinte cafés al día, tienes ciento cincuenta bolígrafos escondidos en tu cajón, pones el aire acondicionado a menos veinte grados en enero, hueles a pescado podrido, tu aliento es sólido y fumas más que el hijo adoptivo de Sabina y Bob Marley. Y tampoco tiene nada de malo, ¿verdad?

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