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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Mercaderes en el templo

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
jueves, 14 de julio de 2005, 22:48 h (CET)
El pistoletazo de salida lo dio Rita Barberá, alcaldesa de Valencia, hace unos meses disponiendo que, a partir de la fecha, se cobrase entrada en los museos municipales que hasta entonces habían sido de visita libre. Al parecer los beneficios que los valencianos vamos a recibir por la celebración en nuestra ciudad en el año 2007 de la Copa del América comienzan por rascarnos los bolsillos si queremos seguir acudiendo a visitar las, algunas veces, interesantes exposiciones de nuestros museos. Nuestros ediles han pensado, con buen tino para las arcas municipales con poco dinero y muchas deudas por su mala gestión, que no bastaba con subirnos los impuestos directos y que, ya que van a llegar tantos turistas como nos prometen al amparo de los yates y trasatlánticos de lujo, lo mejor era comenzar por los de casa y hacernos pagar a los valencianos que tenemos la, ahora mala costumbre, de intentar conocer diversas obras de arte.

Pero la Iglesia, que no es tonta y lleva unos meses con las exigencias crecidas, también ha visto una nueva fuente de ingresos mediante el cobro de entrada, cual si de cualquier espectáculo se tratara, a su templo más representativo: la Catedral de la ciudad. La Catedral valenciana levantada, como tantas catedrales, sobre las asoladas ruinas de una mezquita, es una mezcla de estilos, y aunque su base es un gótico primitivo en ella se mezclan el románico y el barroco como lo prueban sus tres puertas pertenecientes cada una de ellas a uno de estos estilos. En ella se pueden encontrar pinturas de Goya, Jacomart, de la escuela valenciana de los siglos XV al XVIII, orfebrería de Cellini, tallas de Paggiobasi y un “San Sebastián Mártir” obra de Pedro Orrente que siempre me ha fascinado por un ángel con alas negras que sirve para dar más tenebrismo al cuadro. Además se puede visitar la “Capilla del Santo Cáliz”, situada en la antigua sala capitular, donde la tradición dice que se venera al Santo Grial usado en la Última Cena con los Apóstoles, y en la que se pueden admirar unas enormes cadenas expoliadas hace siglos a la ciudad de Marsella. También se puede subir al campanario, la torre de base octogonal denominada “Micalet” y desde donde Víctor Hugo aseguró haber visto 300 campanarios en la ciudad.

Ahora, desde esta misma semana, cualquier valenciano que quiera ver todo esto más las inmurables reliquias de santos que por allí se encuentran almacenadas, entre ellas un brazo momificado de San Vicente Mártir, tendrán que rascarse el bolsillo y abonar tres euros a la entrada. Bussines is bussines, que dicen los angloparlantes, y la Iglesia, a la que seguimos manteniendo entre todos vía impuestos y subvenciones estatales, nunca ha sido una entidad ajena a los negocios. El pasado año se calcula que visitaron la catedral de Valencia un millón de personas. El primer día de pago, a pesar del desbarajuste que se produjo al principio, abonaron religiosamente su entrada 400 visitantes, pero ya han dicho los encargados del negociado correspondiente que esperan una mayor afluencia. Es decir que a tres euros, antiguas quinientas pesetas, por entrada el negocio es redondo y como valor añadido si con nuestro óbolo contribuimos a la mejor salud económica de la iglesia nuestro camino al cielo será una alameda de pétalos de rosas.

Los nuevos mercaderes han tomado de nuevo el templo. Ellos saben muy bien que ahora no vendrá ningún Jesucristo adolescente a lanzarles fuera blandiendo un látigo. Pero ahora la viejecita, que me recuerda a mi abuela, que iba cada día a rezar a la capilla donde San Rafael acompaña al joven Tobías ya no podrá hacerlo pues su magra pensión de 400 euros mensuales se lo impide y yo ya no podré entrar por la románica puerta de la Almoina para visitar la tumba del gran poeta que fue Ausias March ni los jubilados refugiarse del calor agobiante en la fresca penumbra de los viejos muros catedralicios. Tampoco creo que sean muchos los turistas de yate y trasatlántico de lujo que se acerquen a visitar la catedral y los pocos que lo hagan vendrán como invitados oficiales de dª Rita, es decir “gratis et amore”. Y mientras los valencianos que queramos seguir admirando una de nuestras joyas arquitectónicas nos rascaremos, eso si religiosamente, el bolsillo los canónigos de nuestra catedral verán como, día a día, va aumentado su cuenta de resultados. Y si no les llega el dinero pedirán más a ese “papa estado” a quien tanto critican en los últimos tiempos desde esa brunete mediatica que es la COPE. A pagar que para eso estamos.

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Es un filósofo presocrático que ha especulado acerca del mundo y de la realidad humana
 
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