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Kirguizistán: la cosa empieza

Alexey Makarkin
Redacción
jueves, 14 de julio de 2005, 22:48 h (CET)
El resultado de las elecciones presidenciales en Kirguizistán era predecible. Una vez que Kurmanbek Bakiev y Félix Kuloev, los dos favoritos de la campaña, pactaron un acuerdo sobre el reparto del poder, la victoria del primero ya estaba garantizada.

Y sin embargo, hubo elementos de intriga en los comicios debido a la postura de observadores que representaban a diversos organismos internacionales. Por una tradición que se ha generado últimamente en el espacio postsoviético, aquellas elecciones que merecen elogios por parte de observadores de la CEI, suelen provocar comentarios críticos entre sus colegas de la OSCE, y viceversa. Así, los representantes de la CEI parecían satisfechos con la segunda vuelta de los comicios en Ucrania, cuando se proclamó como vencedor Víctor Yanukovich, mientras que los emisarios de la OSCE la acogieron de forma extremadamente negativa. En cambio, la tercera vuelta de las elecciones ucranianas, celebrada después de la “revolución naranja”, fue valorada muy bien por la OSCE y sometida a duras críticas por los observadores procedentes de la CEI. Los europeos elogiaron los recientes comicios parlamentarios en Moldavia, y los representantes de la CEI ni siquiera fueron invitados como observadores. Las elecciones bielorrusas son interpretadas en Europa como una profanación del proceso electoral pero calificadas en términos bastante positivos por los observadores de la CEI.

Inesperadamente hubo consenso en relación con Kirguizistán. Vladímir Rushailo, quien encabezaba la misión de observadores de la CEI, opina que las elecciones kirguizas transcurrieron, por lo general, en un ambiente de tranquilidad y sin que se hayan registrado irregularidades obvias. “Hubo ciertos matices insignificantes, ante todo, relacionados con las listas electorales cuya redacción no siempre era precisa” – señala él. En cuanto a los observadores de la OSCE, mantienen una actitud más crítica llamando la atención tanto al problema de las listas como al índice de afluencia a las urnas, según ellos, inflado. No obstante, su evaluación general es favorable. “Las elecciones del presidente de Kirguizistán han sido positivas y se corresponden con los estándares y las normas democráticas” – opina Kimmo Kilonen, jefe de la delegación de observadores de la OSCE.

¿A qué se debe este fenómeno? Las elecciones que tienen lugar en el marco de la CEI están relacionadas, obviamente, con la fuerte lucha geopolítica entre Rusia y Occidente, en la cual se han definido ya todas las prioridades básicas. Ya es evidente que las autoridades de Kishinev se orientan hacia Occidente, y las de Minsk, al Este; que Víctor Yuschenko pretende llevar Ucrania a la OTAN y la UE, mientras que la oposición, concentrada en las provincias orientales del país, confía en el respaldo de Rusia. La situación de Kirguizistán es mucho más controvertida. La revolución kirguiza, en realidad, era una rebelión de clanes, y sus vencedores no encuadran en la definición inequívoca de políticos “prorrusos” o “prooccidentales”. Por un lado, las organizaciones no gubernamentales de Occidente han apoyado a la oposición kirguiza, pero al propio tiempo, cualquier Gobierno en Bishkek tiene que tomar en cuenta el factor ruso, tradicionalmente importante para este país.

El futuro de la base militar norteamericana, instalada en el territorio kirguiz en el marco de la intervención militar de EE.UU. y sus aliados en Afganistán, en 2001, será a corto plazo la cuestión más emblemática para entender la postura del nuevo régimen de Kirguizistán. Este país es miembro del Grupo de Shangai en cuya cumbre acaba de plantearse – en términos extremadamente correctos pero inequívocos – la necesidad de que EE.UU. defina el calendario para la retirada de sus tropas desde el Asia Central. Inmediatamente después de la votación, el presidente electo Kurmanbek Bakiev declaró que ya era posible, debido a que la situación en Afganistán se había estabilizado, “proceder a la discusión acerca de si es necesario o no mantener la presencia de las tropas estadounidenses”. Al mismo tiempo, el dirigente kirguiz se reservó cierto margen de maniobra diciendo que “el tiempo va a demostrar cuándo y cómo va a ser”.

El nuevo Gobierno de Kirguizistán no quiere estropear las relaciones con Rusia, ni con otras naciones integradas en el Grupo de Shangai, ni con EE.UU., por lo cual intentará evitar, probablemente, pasos drásticos en un futuro inmediato.

Aún así, deberá definir tarde o temprano sus preferencias geopolíticas, y le toca hacerlo en una situación en que, aparentemente, no hay unidad en la nueva cúpula kirguiza y el pacto Bakiev-Kulov tiene que pasar todavía por varias pruebas de resistencia, ante todo, cuando llegue la hora de nombrar nuevos ministros y otros funcionarios de alto rango. No podemos descartar que diversos grupos dentro del actual régimen kirguiz hagan apuestas contrarias en materia de política exterior, apelando a los centros de influencia globales que compiten entre sí y, por tanto, complicando la situación aún más. Tanto Rusia como Occidente, por boca de sus respectivos observadores, anticipan a día de hoy su confianza hacia el ganador de las elecciones kirguizas, lo cual significa que la lucha por la posibilidad de influir en el nuevo régimen y en la élite política y económica de Kirguizistán –lucha que, de momento, se lleva a cabo básicamente bajo la alfombra y sólo de vez en cuando sale a flor de piel- va a continuar también en el futuro.

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Alexey Makarkin es Director General adjunto del Centro ruso de Ingeniería Política (Agencia Rusa de Información 'Novosti').

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