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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El soliloquio del Loco Eusiquio

Extracto de mi novela "Una flor en el Infierno", capítulo 6: Ingresos y deudas
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 27 de agosto de 2012, 06:50 h (CET)
  "—No entiendo muy bien eso que me dice —alegó Lola—. Al fin y al cabo, un hombre de su talento, que de mamacallos bien se echa de ver que no tiene ni un pelo, no debiera facultar que le tomaran por el pito del sereno, vamos, digo yo. Un hombre, señor Eusiquio, debería plantar sus reales y no tolerar ciertas licencias. Usted tiene una refinada educación, no hay más que verle y tratarle, tiene un mundo y unos conocimientos que podrían hacer que todos estos badulaques le respetaran como se merece. Francamente, no me gusta ver que tratan del modo que lo hacen a persona alguna; pero mucho menos cuando ese hombre de tonto no tiene ni un asomo, pudiendo dar lecciones de casi todo a cuantos hacen escarnio de su... estado.

             "—Señora, un mamacallos está más cerca de ese Dios que parece tan amigo de nuestra Zita que éste su seguro servidor. Yo no busco el respeto: ¡que se lo queden! Ni aun busco caridad: ¿para qué?... Busco la paz, señora mía: ¡la bendita paz! Una paz que no la tengo en el alma. ¡Si usted supiera!... Sí, amiga mía, he viajado mucho, pero mucho; he conocido mundo, he atravesado mares, he subido montañas, estudié Filosofía hasta casi secárseme los sesos, hablo correctamente tres idiomas..., y, sin embargo, nunca me moví de aquí. Siempre estuve en el mismo sitio. Tardé en saberlo mucho tiempo, pero, al final, lo comprendí.

             "—¡Uy, uy, uy, señor Eusiquio! Que me parece a mí que usted desbarra.

            "—Quizás no lo entienda, amiga mía, pero le aseguro a usted que no desbarro en lo más mínimo. El mundo y lo que contiene es mental. Todo es mental, pura idea y nada más ensueño, donde quienes se creen despiertos son imágenes de alguien que duerme. Es, de alguna forma, como un autor que inventa personajes que no existen sino en su tronera. Todo, todo es imagen, bien lo sé. ¿Se extraña?... ¡Claro!, ¿y cómo no va a extrañarse?... Seguro que también usted piensa que estoy más que loco, y su buena razón no la falta. Son criterios que uno no puede ir por ahí pronunciando, sino ante los... exiliados de la sociedad, digamos. Verá, contaba yo con veintiún años cuando en el 97 fui a la Guerra de Cuba. Bien que mal, anglosajones y latinos nos la tenemos más que jurada desde el inicio de nuestra cultura y hasta la extinción de la misma por el carácter envidioso y resentido de aquéllos, y en esa ocasión nos buscaron las vueltas, sabedores de su superioridad en todos los ámbitos, gracias a la ineptitud de gobernantes, politiqueros del tres al cuarto... y a los desmanes carnales de nuestra... Regente, digamos. Más y mejor que nadie sabíamos que era una guerra más que perdida, que son justito, justito, las que nos gustan a los españoles. Además, íbamos a enfrentarnos con esa horda salvajina que decíamos yanquis, que son el verdadero Satán sobre la Tierra, suma y epítome de toda barbarie, tal y como lo han demostrado por sus perpetuos genocidios. Sabíamos que íbamos directos al descalabro, sí, y nos encaminamos a él con el pecho inflado y el alma sublimada por la aureola de cumplir con nuestro deber no terrenal, sino eterno..., don Quijotes de un tiempo que a todas luces se desvanecía en la tiniebla de la revolución industrial, la ignominia de la esclavitud del dinero y el horror de un mundo mecánico donde el hombre quedaba relegado al mantenimiento de una maquinaria que beneficiaba sólo a unos cuántos. Naturalmente, se imaginará usted que hablo del hombre, de aquéllos que corrimos a alistarnos o de quienes fueron llamados a filas creyendo que el futuro, si se regaba con sangre, haría brotar un esplendente mundo..., y no de nuestros próceres, vergüenza de nuestra patria y de todas las patrias..., hombres y mujeres que soñaban con figurar un día en los libros de Historia con letras mayúsculas y que no sabían ni querían saber de grandezas o de trabajo, entre otras cosas porque les eran completamente ajenos. Fui, con no pocos de mis amigos de Lubitana..., abandonando mis estudios como señal de rebeldía ante los que pagaban la Dispensa para evitar ser alistados por la fuerza. En la Colina de San Juan se entabló una terrible batalla con los anglosajones. Moríamos a cientos, convivíamos con la muerte, pero muchos aún cantaban. Cantaban, sí, amiga mía, sonriendo hombro con hombro mientras íbamos a las tinieblas en que pretendían sepultarnos, traspasando el umbral de la vida... o de la muerte, no sé bien. El último día apenas si quedábamos cincuenta o sesenta hombres, exhaustos, agotados por la lucha, la penalidad y el hambre. Estábamos rodeados por cientos de cadáveres a los que ya hacía tiempo que habíamos desistido de enterrar. Vivíamos con ellos, morábamos con ellos, dormíamos frente a sus rostros despedazados, yertos, de mirada vidriosa y perdida, no sé si preguntándonos qué veían. Un hombre como de cincuenta años, tal vez más, Joaquín el Guarnicionero le llamábamos, se puso en pie aquella mañana. Su rostro era enjuto y apergaminado, amarillo como un papiro o como el papel de estraza. Miraba, pero no sé si veía. Su bigote apuntaba al cielo y sus ojos a la eternidad. Su cara estaba constreñida por un rictus que no se puede definir si no se piensa en clave eterna. Como digo, se puso en pie, caló su bayoneta y, sin decir palabra, salió de la trinchera y comenzó a avanzar hacia las líneas enemigas. Cuando pasó sobre mí sentí un escalofrío terrible, un frío glacial, cual si pasara junto mí la misma Parca, dejándome hipnotizado, subyugado por aquella expresión de ser ajeno al orbe y a la vida. De sobra sabía que no le quedaban municiones, que tenía las fuerzas justas para mantenerse en pie y que sólo y exclusivamente reclamaba la muerte honrosa del soldado antes de la vergüenza de la rendición. Sentí la necesidad de seguirle, de salir de mi pánico y ponerme en pie a su lado, acompñándole a la muerte. Todos los demás lo hicieron también, y los supervivientes nos encaminamos a nuestra extinción sin gritos, en silencio, pausadamente. El enemigo estaba confuso, anonadado ante aquel grupo de fantasmas, pues eso éramos y no hombres, quienes avanzábamos hacia ellos reclamando el plomo que abriera de par en par las puertas a nuestra eternidad, y les sentimos dudar de abrir fuego. Un oficial se lo demandaba, pero ellos no se atrevían a disparar, no sé bien por qué. Un soldado, dos, diez de los enemigos, se pusieron en pie. Eran hombres como nosotros, pudimos verles los ojos, sentimos si lugar a dudas sus pensamientos, y no sé cómo les dijimos que deseábamos morir con honor antes que la ignominia del cautiverio. El oficial ordenó de nuevo hacer fuego, pero otros hombres, veinte, cien, se pusieron en pie, sin hacer prevención siquiera con sus armas. El oficial le disparó en la cabeza a uno de sus soldados, pero ellos siguieron inmutables, sin pestañear siquiera. Había comunión entre las almas, esa rara comunicación que se establece entre los seres de la misma especie en muy contadas ocasiones, cual si un ser colectivo les hablara a todos en una lengua única e insonora. Joaquín, delante, y los demás, detrás, seguíamos caminando, casi podíamos oler el tufo a pólvora y a muerte de nuestros respectivos uniformes. Le miré al Guarnicionero y vi resbalar por su semblante de gesto transido una lágrima, única y sucia, ennegrecida por el polvo y la pólvora., por el recuerdo de una mujer, unos hijos, quién sabía si por el de un pueblo escondido en los pliegues de algún mapa que a buen seguro quienes le mandaron ahí ni conocían. Un hombre, tal vez también un campesino, por misericordia, se echó el fusil al rostro, le tomó en el punto de mira y disparó. Joaquín el Guarnicionero se desplomó sin un ruido, como lo hubiera hecho un títere de trapo al que se le segaran los hilos. Parpadeó. Me quedé en pie mirando su gesto contrito, su piel amarilla y apergaminada, y él también me miró. Abrió su boca una vez, dos..., sonrió... y expiró. Sonó otro disparo, dos, cien, mil. Perdí la consciencia al sentir un insoportable fuego que me entraba en el pecho y me estallaba en la cabeza. Días después supe que caí herido, que sobreviví a la muerte junto con otros seis compañeros. Los demás murieron todos. En aquellos días que pasé en el corredor que une vida y muerte, sin decidirme por abrir ninguna de las dos puertas, vi a aquel hombre de bigote abundante y piel amarilla, sin sonrisa, caminando por el pasillo adelante y atrás con todos los demás..., muchos, muchísimos, con diferentes uniformes, que iban y venían inexpresivos, con la mirada perdida, desfilando hombro con hombro pero ciegos, cual si no hallaran el camino para instalarse ni en la vida ni en la muerte definitiva. En silencio, con sus miembros cercenados, sus uniformes ensangrentados, sus rostros horadados por las balas o sus cuerpos mutilados por los obuses. Era horrible pero calmo, definitivamente calmo. Cuando un hombre no abandona sus emociones en la guerra y se entrega lúbricamente a la orgía de muerte y odio, todo el horror se integra en su espíritu, y ya nunca puede abandonarlo. Cuando acabada la guerra me liberaron, volví a Europa, pero no quise regresar a España y me marché a Francia a trabajar. Precisaba olvidar, desterrar en un país desconocido a aquellos fantasmas que sentía en mis días amortiguados por el ruido del mundo y vivos en las noches, cercando mi lecho, naciendo de las sombras, arrastrarse bajo mi cama o hurgar en mis sentimientos. Poco a poco lo conseguí. Me empleé en una biblioteca y conocí a quien fue mi esposa. El amor, los libros y la paz dicharachera de aquel París del 10 sofocaron mis pesadillas, aunque nunca del todo. Pero todo aquel bullicio de vida era presentimiento, precipitación inconsciente de la catástrofe que se cernía sobre el mundo, tanto más terrible que la que ya había vivido. En el 14 estalló la guerra con Alemania. Una guerra que ni los unos ni los otros la querían..., ¿o sí?... Quise marcharme, evitar enfrentarme de nuevo al horror, mirar de frente sus fríos ojos. No pude hacerlo. No pude permanecer inmoto ante aquella sucesión de dolor que cercenaba las sociedades como el bisturí de un cirujano. Sentí que mis miedos me reclamaban el heroísmo de enfrentarme a ellos, y a finales del 16, después de más de dos millones de muertos, me alisté como voluntario y me enviaron al frente de Verdum. Se preparaba la gran ofensiva del 17. Fue poco antes de que Petén tomara el mando del ejército. Deseaban una ofensiva relámpago, de veinticuatro o cuarenta y ocho horas para desbordar las líneas alemanas. Algunos dicen que éramos mas de un millón de hombres, otros que setecientos mil; los alemanes, cuando menos, eran otros tantos. Había tanques, armas pesadas, cañones, aviones, globos aerostáticos y miles y miles de hombres yendo y viniendo. Cuando comenzó la ofensiva, una oleada tras otra se lanzó a tierra de nadie, buscando las posiciones enemigas. Cinco horas después habían caído más de cien mil hombres..., pero la carnicería no se detenía. Teníamos que avanzar pisando cuerpos, muchos de ellos aún vivos. Dormíamos entre los gritos insofocables de quienes reclamaban auxilio. Luego vinieron los alemanes y sucedió otro tanto; y volvíamos a atacar nosotros. El tercer día habían muerto medio millón de hombres de ambos bandos, y el campo de batalla, en el espacio entre las alambradas, eran un inmenso cementerio como nadie se puede imaginar: gases venenosos, incesante caer de obuses y morteros, aviones ametrallando cada posición. Nos ordenaron reforzar las trincheras con los cadáveres. Cubríamos sus rostros con barro para no ver sus ojos, para no sentir vértigo ante sus muecas de horror. El séptimo día ya fallaba la intendencia y no teníamos municiones, ni alimentos, ni medicinas. Algunos, por aliviar el sufrimiento de sus compañeros, les entregaban un arma para que terminaran con ellos; otros, sin duda perturbados por lo que vivíamos, hacían bromas con los cadáveres, utilizaban sus miembros como perchas; y otros más, eran incapaces de controlar los movimientos de su propios cuerpos, había quiénes no podían comer o beber y quienes no podían mantener la serenidad ni aun cuando reinaba el silencio. Había hombres que lloraban con un desconsuelo que sería pecado en un niño, y algunos desertaban, aún sabiendo que les esperaba un pelotón de fusilamiento. Un día, creo el décimo o el undécimo, un hombre saltó la trinchera justo encima de donde yo me encontraba. Tenía un abundante bigote cuyas puntas apuntaban al cielo, su piel era amarilla y él era espigado y enjuto. Era el hombre de Cuba, Joaquín el Guarnicionero. Tuve que seguirle, muchos más lo hicieron. No sé qué fuerza nos movía, pero yo no podía apartar mis ojos de él. Era él, no tenía ningún género de dudas, el mismo uniforme, el mismo rostro, la misma mirada perdida... Los alemanes, ante aquella oleada de orates, no sé por qué abandonaron espantados sus trincheras. Cuando salté dentro de ellas se oyó un disparo seco, como un trueno distante, sin duda de un francotirador. El hombre, Joaquín, cayó a mi lado. Le tomé entre mis brazos, me miró largo rato, abrió su boca varias veces como buscando aire, y murió con los ojos abiertos. No sé cuánto tiempo estuve contemplando sus ojos vacíos, sin vida como los de un pez. Creo que fueron uno o dos días. Regresé a París, pero la que era mi mujer ya no estaba. Se había marchado con un oficial de artillería. Mejor. Quería regresar a España, olvidar la guerra aquélla que asolaba Europa; pero antes de hacerlo quise buscar el lugar donde había muerto aquel hombre. La guerra ya había terminado. Corrían los primeros meses del 19, y, cuando llegué a aquellos campos malditos, aún estaban en pie las alambradas, las trincheras y los esqueletos de aquéllos que murieron, que generosamente entregaron sus vidas por sus patrias, cada hueso envuelto por un uniforme distinto pero igualados en la muerte, incluso el de aquél que tenía el uniforme de las tropas de Cuba. Eran osarios, restos de humanidad; de una humanidad sacrificada por y para nada. A nadie importaban. Llevaban insepultos allí dos años completos. Dos terribles años esperando la misericordia de la tierra, pero ni la tierra se apiadaba de ellos, ni sus patrias ni sus familias. Marché de allí sintiendo náuseas pero sabiéndome escoltado por todos aquellos hombres, con sus fusiles al hombro, con su muerte a las espaldas, vagando sin rumbo. Me instalé en Madrid y comencé una nueva vida. Una vida que parecía que podía redimirse a sí misma. ¡Qué ciego! Vivía, pero ellos seguían conmigo en la fábrica, en la habitación que tenía rentada en la pensión de la calle Galileo. Estaban conmigo a todas horas, haciéndose presentes en el trabajo y en el descanso, sobre todo cuando dormía, a esa hora en que el silencio parecía reinar en el mundo. Entonces, se despertaban y me tocaban el hombro con sus manos descarnadas, y me forzaban a abrir los ojos y a charlar con ellos de la guerra y de la paz y del amor. Me pedían que les hablara de sus mujeres, de sus hijos, de los beneficios de su muerte...; pero no les podía decir nada. El único que no decía nada era aquel hombre de bigotes abundantes y piel amarilla..., a pesar de que le preguntaba una vez y otra que quién era..., que quiénes eran todos ellos. Pero sólo me miraba con sus ojos vacíos y aquella expresión como de haberse instalado indefinidamente en mis peores pesadillas. Poco después, hacia el 24 o por ahí, me movilizaron para la Campaña de África. ¡Je! ¡Qué jocoso eufemismo!... Desierto, escorpiones, víboras, arena, sed..., y un enemigo que no veíamos, que no sentíamos sino cuando sus alfanjes nos segaban el gañote o sus espindargas nos convertían en trofeo..., hasta que aquel día, en Annual, en que nos sometieron a una de las peores afrentas que podía soportar el orgullo español. Silvestre corrió como los gamos..., los oficiales estaban desconcertados. Muchos caímos prisioneros. Recuerdo un pueblo en el Rif, de ésos que no son importantes ni para quienes los habitan. Estábamos encadenados a postes y los moros se entretenían en la tortura, rebanando hoy una pierna, mañana un brazo, pasado cortando una mano. Todos los días una nueva cosa, ninguna de ellas mortal. Fueron muchos días sin poder dormir, sin poder comer ni beber, sin poder descansar de aquellos gritos atroces y aquel olor a carne asada, retorcida, de aquel sentir que la humanidad se descomponía en millones de gusanos, voraces, fétidos, que producían un zumbido ensordecedor. Los hombres suplicaban la muerte, le pedían clemencia a Dios. Hubo un cabo que soportó vivo doce días con el mondongo arrastrándole por el suelo. El sargento Cienfuegos, nunca supe bien cómo, logró liberarse de las ataduras, desarmó a un hombre y se subió a uno de aquellos tejados..., pero no huyó, sino que tomó el cuchillo y él mismo se abrió el vientre y se estuvo entreteniendo en seccionarse el intestino hasta que murió, bien entrada ya la noche. Después de dos semanas, ataron frente a mí a un hombre espigado y enjuto. Tenía el uniforme de tropas de Cuba, su color gris a listas, sus trinchas de cuero negro, sus alpargatas… Tenía un bigote abundante cuyas puntas apuntaban al cielo y la piel amarilla como el pergamino. Sí, era él, Joaquín el Guarnicionero, de nuevo. Yo llevaba ya dos semanas de tortura continuada. Me habían alimentado lo justo para seguir soportando el dolor. Le pregunté quién era y qué pretendía de mí, que por qué estaba allí si su guerra ya había terminado y ya había muerto suficientes veces, pero no me respondió. Se libró de sus ataduras como por milagro, caminó hacia mí, se detuvo, y, entonces, un disparo le abrió un ojal en la frente. Cayó a mis pies con los ojos abiertos, me miró sin sonrisa, abrió la boca una, dos, tres veces... y expiró. Yo grité, quería limpiarme aquella sangre que enlodaba mis alpargatas, apartar sus ojos abiertos como noches sin fondo, alejar su presencia de mi lado. Habían disparado los nuestros, que llegaron a liberarnos..., pero nunca lograron liberarme de su presencia. Tardé mucho tiempo en recuperarme, mucho. Pero seguía viéndole en sueños, incluso conscientemente le veía caminar por una calle, por la estancia en la que estaba, tomar un café en la taberna de la esquina, ir en el tranvía, meterse en mis sueños y hurgar en mis recuerdos, mientras se sentaba a los pies de mi cama con todos los demás caídos. En el 37, durante la Guerra Civil, me mandaron a Teruel y allí volví a verle con su uniforme de soldado de Cuba..., y allí volvieron a matarle a mi lado y dejó su vida en mis brazos..., igualmente sin palabras, sin queja ni resentimiento, a no ser por aquella mirada extraviada y aquel sentir indiferente. Perdimos la guerra y me volví a Francia. Ya no había lugar donde esconderse, y lo sabía. ¿A qué ir a México o a Chile o a Rusia, como muchos?... Daba igual. Y poco después, casi inmediatamente, estalló la otra Gran Guerra en Europa. De nuevo se enfrentaban alemanes y franceses, italianos e ingleses, croatas y serbios en una orgía de sangre y dolor sin límite ni fin. ¡Qué importaba una guerra más! Si la guerra me quería, a fe mía que me tendría. Pero no fue guerra, sino ignominia, la peor de todas las catástrofes del género humano, un horror que ni el mismo diablo podría imaginar, lo había ideado el hombre. Caí prisionero en Bruselas, y la Gestapo, alegando que era judío, me envió a Matchhausen. Me encargaron de acomodar a los prisioneros que llegaban en trenes desde muy diferentes lugares. Eran mujeres, niños, hombres, ancianos… A golpe de música heroica, Wagner, Bethoven, les conducíamos a los barracones, los hombres a un lado, al otro las mujeres y los niños, y, luego, les conducíamos a las duchas. Se desnudaban, entraban y abrían las espitas de los gases venenosos. ¡Que se jodan, que eran judíos! Nadie hizo nada, ni la Iglesia ni las sociedades libres. Aquellos seres no tuvieron un lugar adonde huir..., nadie los quería...; eran muertos por ser lo que eran..., personas. Sin duda, por la suerte que corrieron, hijos de Dios, porque los cainitas rigen y gobiernan y matan y hacen de lo santo ignominia. Yo sacaba aquellos cuerpos inocentes, en ocasiones negándose a soltar sus muñecos de trapo o la cintura de sus madres..., y les echábamos a una fosa gigantesca o les llevábamos a los hornos. Y así una vez y otra vez..., un tren tras otro y tras otro y tras otro..., incontablemente. Otros, no sé si más o menos afortunados, eran utilizados para conseguir progreso. Les hacían pasar hambre, les torturaban metódicamente, científicamente, tratando de establecer los límites de la resistencia humana... y de averiguar dónde se escondía su alma. Un día no pude más. Me negué a trabajar, a servir a aquella abyección. Ya no cabían más cadáveres en mi alma ni más dolor en mi corazón, y me negué. ¡Que se jodan y me maten!, me pensé. Me metieron en un calabozo hasta que llegó el comandante del campo. Allí, en la soledad de aquella celda, entre las sombras, se encontraba el hombre del bigote grande y la piel amarilla, Joaquín el Guarnicionero. Dime quién eres, le dije: ya ves que voy a morir. Pero no me dijo nada. Se sentó ante mí y me miró con aquellos ojos vacíos, inexpresivos, o con una expresividad tal que producía vértigo mirarlos. Los miré hondo, muy hondo, y pronto vi una sucesión de imágenes, guerras, muertes, crímenes, dolor, dolor, dolor. Aquél, no había duda, era el fruto humano: horror y muerte a manos llenas. No; no valía de nada la guerra, ni la política, ni la oposición. El resultado era el mismo, siempre el mismo: inocentes muertos inundando las aceras, las calles, los campos; inocentes encharcando los campos de batalla, sin importar qué uniforme llevaran; inocentes ajusticiados, miradas infantiles, madres desoladas, huérfanos tendidos sobre los huérfanos, miseria recostada sobre la miseria, legiones de fantasmas vagando por la vacuidad de la nada, de la nada, de la nada… Pueblo, amiga mía. Y sobre todo ello, el clamor de los inocentes en este infierno que es el mundo, donde no nos dejan lugar para otra satisfacción que recrearnos en el pecado. Al comandante le pedí, por caridad, que me dejara morir con aquellos niños, que si aún quedaba en su alma un rastro de humanidad que lo siguiera y me dejara morir con ellos, con su inocencia y su pureza, con su belleza y su amor. No; no me mataron, o tal vez lo hicieran. Me enviaron a las duchas, pero no me mataron, porque aquel mismo día, ya bien entrada la tarde, los alemanes huyeron y entraron los franceses, quienes no pudieron resistir el horror que se encerraba allí dentro. Me liberaron, sí, cuando les abrazaba en su última hora, en mi última hora, consolando su miedo y mi desconsuelo...; pero no puede salvar ni una sola vida. En la guerra muere lo mejor, y por ello sólo sobrevive el sedimento del mal, y así viene sucediendo desde hace mucho, mucho tiempo. Tanto, que lo que resta de vida es inútil greda, un canchal desconsolado sin beneficio alguno, seres baldíos que sólo abogan por la dicha propia, aún a costa del horror de los demás. Por eso creo que se ha quedado sin Dios este rincón del paraíso..., salvo por criaturas como esta niña... o como usted, que aún tiene valor para morder con fiereza a la miseria del alma humana. En mi vida, que ya ve que es bastante, nunca he podido salvar una sola vida, una sola sonrisa y las más granadas se han sacrificado en el nombre de la patria o de la raza. Nacionalismo, es una palabra que debiera escribirse con zeta. Vivimos en un mundo hecho a la medida de los malos, dirigida y gobernada por los malos, donde los inocentes se ven empujados al delito y a la muerte. Nosotros ponemos los muertos en esta farsa de la vida. Por eso son siempre los mismos desde el inicio de los tiempos y las guerras. Lo sé bien, créame, y, ya que no puedo oponerme de otro modo a este orden demoníaco de cosas, hago lo que hago. He comprendido que todo es mental. Los muertos de todas las guerras son los mismos, vivimos desde hace una eternidad matando a los mismos seres y muriendo en las mismas maneras. Dicen que estoy loco..., pero ¿de veras lo estoy?... Tengo a mi lado legiones de fantasmas con miradas que claman por paz, vida, una oportunidad de vivir otra ensoñación distinta. Dicen que estoy loco, pero ¿de veras lo estoy?... Me he salido de su cordura, si es que así quieren llamarla..., y me instalado en donde estoy, acaso con la intención de mudar las intenciones del autor, no sé si reclamando que imagine otra realidad o que mude la postura para tenga otro sueño. Un sombrero, señora, una sonrisa... y un deseo de paz. Dicen que estoy loco, señora, pero ¿de veras cree usted que lo estoy?... ¿Lo estoy?... Vivo una vida prestada por alguien que tiene una pesadilla, por alguien que está purgando una mala digestión o por alguien que está ideando una tragicomedia..., que quisiera que tuviera un final feliz. Deseo con toda mi alma un final feliz en un cuento dramático, porque al menos una vez debiera haber finales felices para la desdicha. ¿No promete la Biblia la recompensa eterna y la felicidad suprema a quienes el sufrimiento les ha marcado indeleblemente y, sin embargo, se han mantenido fieles en las creencias del autor?... Pues ese final reclamo yo también, aunque sea a fuerza de sombrerazos y cortesías. Y el que se ría, ¡que se joda!

             Y rompió a llorar desconsoladamente.
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