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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Las bombas no remedian injusticias

Mariano Estrada
Redacción
jueves, 14 de julio de 2005, 22:48 h (CET)
El mar de injusticia universal del que habla nuestro Presidente José Luís Rodríguez Zapatero, es un hecho cierto e indiscutible. Lo que es erróneo es pensar que ésa puede ser la causa por la que se mueven los terroristas, islámicos o no, porque los terroristas nunca han buscado la solidaridad entre los hombres ni la justicia en el reparto de la riqueza, sino la simple imposición de sus propósitos, como puede ser el sometimiento de la humanidad a los designios de un dios, o lo que es igual, al yugo de quienes actúan en su nombre.

- ¿Se refiere usted a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, así como al Papa de Roma?

- Pues mire usted, la Inquisición no fue otra cosa que lo que se acaba de expresar, pero eso es algo que ocurrió en un pasado lejano. La Iglesia Católica de hoy, con todas las pegas que usted quiera ponerle, incluso en su forma más reaccionaria y conservadora, nada tiene que ver con aquello, de lo que sin duda ha aprendido y esperemos que de por vida. Sería de desear que otras iglesias, otras religiones y otros fanatismos sacaran la pertinente conclusión. Lo que hizo Torquemada lo está haciendo ahora Ben Laden.

- O sea que usted cree que el hambre y la injusticia las están utilizando los terroristas como excusa... O incluso determinados políticos como argumento de comprensión, al menos en cierta forma.

- Mire usted, es verdad que el motivo de las guerras suele ser el hambre y el hambre suele ser consecuencia de la injusticia, pero la secuencia es más o menos así: los que tienen muchos bienes suelen ser avaros. Los que no tienen ninguno, no tienen ni siquiera qué perder. Y los que tienen muy pocos, lo que sí parece que tienen es un límite para el aguante. De manera que hasta aquí hemos llegado, dice un día el estómago. O la razón o la desesperanza. Y a la mañana siguiente comienzan los alborotos. De ahí a los tiroteos sólo queda un disparo, el primero. Luego viene la escasez, la ruina, la muerte... tal vez el desfallecimiento, tal vez incluso la paz.

- ¿La paz? ¿Y no será que uno de los contrincantes se ha impuesto sobre el otro y en adelante va a ser el que coma y el que medre y el que sojuzgue y el que humille y el que finalmente acabe siendo rico y avaro a costa del vencido, del humillado, del pobre?

- ¿Está diciendo usted que entre el antes y el después de una guerra no hay mayor diferencia? Eso es un error, querido amigo, porque la riqueza habrá mermado considerablemente, con independencia de las manos en las que esté, que a lo mejor son las mismas en las que estaba. Y desde luego está el odio, que superará con creces al anterior. Y también están los muertos, que los pobres ya ni comen ni medran ni piden un mendrugo de pan para llevarse a la boca. Pero pesan. ¡Vaya si pesan! Y duelen ¡Vaya si duelen!

- ¿Quién gana entonces con la guerra?

- Nadie, salvo los pescadores a río revuelto.

- ¿Y quién pierde?

- Todos, en general, si bien unos más que otros.

- ¿Por qué se hacen las guerras, en tal caso?

- Ya le digo, porque a unos se les acaba lo único que tienen: la paciencia. Pero, sobre todo, porque a los otros no les entra en la cabeza que para que unos puedan tener y disponer es necesario que otros también tengan y dispongan. Porque no sólo se trata de que algunos acumulen, cosa que también hace la hormiga, sino de que al hacerlo aprietan tanto que ahogan y no dejan nada para el prójimo. O le dejan sólo migajas. El deseo de tener es lícito, por supuesto ¿Pero qué es el deseo de que el otro no tenga?

- No sé, ¿tal vez una degeneración de la envidia?

- ¿Una degeneración de la envidia? ¿Y por qué no le llamamos simplemente egoísmo?

No, yo no creo que los terroristas sean precisamente los defensores de la justicia, ni siquiera de un modo indirecto. Es cierto que el egoísmo ha impregnado absolutamente a la sociedad occidental, que marcha cuesta abajo en su codiciosa carrera por los bienes materiales, por el dinero, puede incluso que corra hacia su propia destrucción como civilización. Es cierto que la distancia entre el Norte y el Sur es cada día más grande. Es cierto que los países ricos han esquilmado y sojuzgado a los países pobres ¡Y cómo!... Pero matar inocentes a discreción no puede aceptarse como forma de defender la justicia, como forma de erradicar el hambre y la miseria existentes en una gran parte del mundo. Y no sólo no puede aceptarse, sino que ni siquiera es concebible por una mente sana que las bombas que matan inocentes pueden traer la paz y mucho menos desplazar la riqueza de sitio.

Lo que tal vez puede pasar, extremando mucho las cosas, es que el miedo se acabe por imponer, que la sociedad occidental y sus gobernantes se desmoralicen, que la riqueza disminuya en proporciones en absoluto convenientes y que el hambre se apodere de la humanidad, para mayor gloria de un dios que estaría representado en la tierra por unos cuantos fanáticos. Tal vez sea esto lo que buscan los terroristas con sus atentados sanguinarios y abominables.

Desde estas breves líneas, con la herida muy reciente, queremos hacer llegar a los habitantes de Londres nuestro dolor, nuestra solidaridad y nuestro cariño.

Posdata:

Evidentemente, las guerras no sólo se hacen por hambre, sino también por codicia. Codicia de poder, codicia de riqueza, codicia de territorios. En los últimos tiempos, incluso se hacen por prevención, lo que es inaceptable desde cualquier punto de vista. Pero eso no cambia las cosas. Sea cual sea el motivo, la guerra siempre produce injusticia. Y la injusticia hay que combatirla con todos los mecanismos a nuestro alcance. Y si no se remedia apurando los medios pacíficos, tendremos que aceptar "in extremis" el indeseable mecanismo de la fuerza. Pero no el terrorismo indiscriminado, que no le da al otro la posibilidad de defenderse y, por lo general, sólo produce muertes inocentes.

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