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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

De imitadores y hombres

Pese a que una gran parte de la población critica el Sistema y sus controles culturales, a la hora de comprar eligen sólo los productos que promueve el sistema
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 24 de agosto de 2012, 10:28 h (CET)
Si uno atiende a las opiniones de quienes le rodean, nadie votó a Felipe González o a Aznar; pero ambos disfrutaron de holgadas mayorías absolutas. Si uno da por buenos los pareceres de quienes se manifiestan en política a ras de suelo, nadie votaría a los dos partidos mayoritarios, pero ello es que, llegado el caso de elecciones, la inmensa mayoría de los votos recaen sobre estos partidos tan furiosamente vituperados. Y si uno se cree lo que le dicen sus contertulios de cualquier ambiente y nivel cultural, todo cuanto se publica es nada más filosofía chata de un sistema vacuo o historietas sin sentido que siguen modas absurdas; pero el caso es que cuando van a adquirir un libro para leer o para regalar, siempre se guían por las listas de los más vendidos o por los autores más conocidos, todos ellos pertenecientes al "sistema vacuo" ése que denostaban o encudrándose en el contexto de esas absurdas "historietas sin sentido".

Una cosa, por lo que se ve, es predicar, y otra bien distinta dar trigo. Las opiniones no son, la mayoría de las veces, sino una especie de impostura que salva ante otros la imagen de modernidad del opinante, si es que no una manera de adaptarla a la corriente dominante del grupo en el que vierte sus pareceres. Da la impresión, en fin, que entre lo que se dice y lo que se piensa hay una enorme distancia, y que cierto cinismo social es capaz de ajustar criterios e imagen a las particularidades de cada grupo en que se encuentra el individuo. Algo así como si la personalidad y el carácter tuvieran capacidades miméticas, y cual si diera miedo, socialmente hablando, manifestar abiertamente lo que uno cree o piensa sobre un asunto. La personalidad, de este modo, puede vestir un traje de circunstancias adaptado a cada situación, mostrándose divo entre los modernos, progresista entre los rasteros, guay ante la peña de tronquetes, dominador ante la pareja, dócil ante el jefe, energúmeno conduciendo o entre los de la clack, y hasta emotivo y comprensivo ante la nena que necesita consuelo. Tantas situaciones, tantos trajes, tantas personalidades, y una de ellas, alcalde.

Tengo la impresión, y no es nueva, de que pocos saben qué o quién son, o no tienen seguridad suficiente en sí mismos para querer saberlo siquiera. Una gran parte de la población necesita saber qué les gusta a los demás para poder definir qué les coplace a ellos, saber qué opinan aquellos que admira para definir sus credos o ver qué conducta siguen sus modelos para definir la propia. Monos de imitación en dos patas, más o menos. Es como si cada cual tuviera pánico de ser quien es, de manifestarse soberanamente como le dé la gana y de vestir o proceder conforme a su naturaleza y no a los estándares ordenados por el sistema. Critican al sistema, pero porque está de moda; reniegan de la “casta política”, pero porque es lo que se lleva; ridiculizan a los frikis, pero los siguen como adeptos; y abogan por una sociedad mejor y más culta o progresista, pero se alimentan de telediarios, editoriales que sostienen a lo que teóricamente aborrecen y se entretienen con sus tatachundas. Son los tibios, los modernos, los guays: el asco.

Quien tiene personalidad propia no tiene que parecerse a nadie, porque ya lo hace a sí mismo; y no tiene que llegar a ninguna esquina del mundo para encontrarse consigo mismo, porque ya llegó el mismo día que nació. No imita, no sigue, no se parece, no coincide, no secunda. Es el primero en todo. Si le parece conveniente vestir así, lo hace; si opina de este modo, lo expresa; si le llega nueva información, no se la cree, sino que la analiza; si quiere fiesta, está alegre y la genera; y no depende nunca, nunca, de los demás, de las modas, de las corrientes o de lo que los demás creen o no conveniente. Es quien es, y punto.

Hay pocos de éstos, sin embargo. Son los auténticos, los que piensan por sí mismos, los que reflexionan sobre su vida y cuanto les afecta, los que consideran a los demás como cointérpretes de una farsa en la que ellos son los protagonistas, porque la vida es una aventura individual: los que defino en mis novelas como personalidades de invierno. No les valen los porque sí, ni siquiera consideran a las mayorías porque saben que las mayorías siempre están equivocadas, aborregadas, asustadas.  Si lo que hacen o lo que creen se ajusta a lo de otros, bueno; y si no, mejor. Son lo que son con todas sus consecuencias.

Es conocido el caso del violinista Joshua Bell, considerado uno de los mejores del mudo, y el experimento que hizo en el metro de Washington. Puso la funda su Stradivarius en el suelo e interpretó durante tres cuartos de hora distintas piezas geniales, pero apenas nadie se detuvo a escucharlo, obteniendo en ese plazo el desprecio de la mayoría –siempre la mayoría- y 43 dólares de recompensa en óbolos. Dos días antes de este experimento había realizado un concierto en un teatro de la misma ciudad…, a un precio de entrada de 1000 dólares, y éstas se habían agotado un mes antes del evento.

Se critica al sistema, pero los críticos buscan los sellos de autentificación del sistema para consumir sus productos. No se compra aquello que no lleva marca, que no es de un autor ensalzado por el sistema y que no tiene un precio elevado. De otro modo, el producto es malo. Sé de lo que hablo. Siete jurados de siete de los premios más importantes de la lengua castellana me eligieron como finalista con otras tantas novelas, pero no tengo editorial. Bueno, ya se sabe que no hay ningún mérito en ganar un premio del sistema, porque ya están designados antes incluso de la convocatoria; el mérito, ya lo dijo Cervantes, está en el tercero, en los finalistas: ésos tienen el mérito. En fin, que no me importó: me hice mi propia editorial, porque no necesito que ninguna editorial del sistema me diga que soy lo que soy. Me cisco en todas y cada una de ellas... dos veces. Ofrezco mis obras, como Joshua Bell en aquel experimento, en los andenes del metro de mi web a un precio razonable (que pocos pagan aunque muchos leen, porque pueden hacerlo gratis, como con Joshua Bell cuando tocaba en el metro). Probablemente soy tan virtuoso o más que aquél que es tan reconocido, y hasta es posible que tenga más que aportar y una forma más bella de hacerlo; pero no tengo marca, no tengo nombre, no estoy en el cartel de un evento de 1000 dólares la entrada. Y no vendo poco, claro, porque las personalidades de verano no buscan calidad o profundidad, sino marca. Joshua Bell se decepcionó de su experimento, porque por primera vez le ignoraron; en mi caso, no me importa en absoluto porque ya me reconocen quienes me interesan que lo hagan y ya soy lo que quiero ser. El reconocimiento popular es importante, pero no imprescindible: se puede vivir sin él. Es más, me alegro de que me ignoren todos esos que lo hacen, si es por falta de marca que no se acercan a mí, porque no escribo para ellos; sin embargo, sí lamento que no se acerquen y lo compren aquéllos que sí merecen la pena, aunque acaso sea porque no me conocen. Siempre hay produce algo de miedo lo desconocido, y tanto más si cuesta dinero; pero hay un antídoto: unas gotitas de osadía. Pudiera ser que nos estuviéramos perdiendo algo bueno.
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