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EEUU y Oriente Próximo

Evgeny Satanovsky
Redacción
miércoles, 13 de julio de 2005, 22:59 h (CET)
¿Adónde conduce la política norteamericana en el Oriente Próximo, a la victoria o a la derrota de EE.UU.? En plano táctico, los pasos que EE.UU. da en esta región son a menudo exitosos y permiten lograr avances inmediatos aunque, como regla, se traducen finalmente en catástrofes de carácter estratégico.

Los norteamericanos se imponen sobre su competencia: controlan mejor que Londres y París la situación configurada en las antiguas colonias británicas y francesas, y mejor que Moscú, las zonas que se encuentran al sur de las fronteras rusas. No les quieren allí pero los usan como contrapeso a los antiguos patronos. Lo cual significa que Washington también es responsable por cuanto está sucediendo en las respectivas regiones. El problema es que EE.UU. tiene intereses globales pero limitados recursos militares y económicos. La ocupación de Afganistán e Irak plantea ante EE.UU. la necesidad de introducir a corto plazo el servicio militar obligatorio o atraer contingentes militares considerablemente más numerosos desde otros países. La pregunta es si lo quieren los futuros miembros de la coalición.

Resulta complicado preservar la simpatía de los aliados cuando sus intereses son ignorados con un egoísmo poco disimulado, y todavía más difícil, si encima se les somete a una presión constante. La segunda Guerra del Golfo provocó el rechazo de Francia, Alemania y Rusia hacia las acciones de Estados Unidos.

Estados Unidos se empeña en exportar la democracia occidental al Oriente Próximo y Medio, cuya vida sigue leyes propias, de la misma manera que la URSS había intentado exportar el socialismo a dicha región. Sabido es que el socialismo en esta parte del mundo adquiere los rasgos del nazismo, y que la democracia lleva al poder, de forma inevitable, a los radicales islámicos. Dejar de reconocerlo significa una de las dos cosas: o la dirección de EE.UU. está agitando adrede el barco del Oriente Próximo, o se ha aproximado ya al Politburó soviético en cuanto de percepción adecuada.

Igual de controvertida es la postura de la Administración estadounidense con respecto a la presencia de las armas de exterminio masivo, incluido el armamento nuclear, en esa zona. No se trata de Israel - democracia estable de tipo occidental con economía desarrollada que tiene relaciones muy tensas con los Estados vecinos y por tanto no implica la proliferación de las tecnologías mortíferas en el Oriente Próximo – sino de Pakistán e Irán. El inestable Estado pakistaní cuyo Gobierno sufre la constante presión por parte de los líderes pastunes y el clero conservador, padre de los talibes afganos, es una potencia nuclear. Han sido precisamente los científicos pakistaníes a quienes pillaron en flagrante delito, cuando propagaban las tecnologías nucleares en el mundo islámico, aunque la circunstancia no comportó sanciones algunas contra Islamabad. En cambio, Washington tiene su mirada puesta en Irán, el cual va avanzando rápidamente hacia el rango de potencia nuclear, en primer término, a causa de las presiones norteamericanas.

La lucha contra el terrorismo internacional, que fue proclamada por el presidente Bush como eje de la política exterior de EE.UU. a raíz de los atentados del 11-S, recuerda en gran medida un ajuste de cuentas con Irak e Irán, dos viejos adversarios de Washington. En el marco de esta campaña antiterrorista, EE.UU. procura ocupar las cabeceras de playa cerca de China, la única potencia capaz de desafiarle a mediano plazo, y en las rutas del transporte de agentes energéticos. Semejante línea, más que generar un sentimiento de solidaridad con EE.UU., contribuye a la formación de bloques, alianzas y uniones que puedan poner freno a tal expansión. Y no son los enemigos de EE.UU. quienes participan en aquéllas sino los Estados socios, preocupados por el hecho de que esa expansión no toma en cuenta sus intereses nacionales ni la supervivencia de las actuales élites políticas. El que los países del Grupo de Shangai hayan planteado la necesidad de retirar las bases militares norteamericanas desde el Asia Central, es consecuencia directa de las revoluciones que tuvieron lugar en Georgia y Kirguizistán, así como de la sublevación islámica en Uzbekistán. Ya no importa tanto que EE.UU. haya estado detrás de esos acontecimientos o simplemente manifestado su apoyo a las “masas revolucionarias”. La desestabilización bajo las consignas democráticas no resulta igual de peligrosa para Transcaucasia y el Asia Central que para el África del Norte, el Mediterráneo del Oeste o la Península Arábiga. La experiencia iraquí demuestra que EE.UU. es capaz de eliminar en poco tiempo cualquier régimen en la región aunque no está en condiciones de garantizarle a la población la seguridad, una vez derrocado cierto líder autoritario.

La caída de los talibes afganos, que eran sucesores de la pugna estadounidense contra la URSS, no ha contribuido a normalizar la vida en Afganistán pero sí ha convertido este país en el mayor productor mundial de las drogas. La ocupación de Irak y el derrocamiento de la dictadura de Saddam han aportado a los iraquíes una libertad única, la de matar unos a otros. Irak se ha transformado en un escenario de la guerra civil y en un laboratorio para la producción de terroristas islámicos. Caben pocas dudas de que Siria, sometida a un proceso de “democratización”, o Egipto tendrán la misma suerte.

En el pasado, nadie quería a los americanos en el Oriente Próximo pero la gente les tenía miedo y envidia, les imitaba, trataba de establecer con ellos relaciones duraderas. Hoy en día, les odian pero no les tienen miedo, los usan pero a la vez procuran distanciarse de ellos. El modo de vida americano, el sistema de educación, las instituciones públicas y la economía de EE.UU. han dejado de ser un ejemplo para seguir.

La presión militar y financiera permite a EE.UU. lograr muchas cosas en el Oriente Próximo. Lamentablemente, la tradición política norteamericana es dar con la solución acertada únicamente después de haber probado todas las variantes erróneas. El precio que se paga por ello no se limita a las colosales pérdidas económicas ni al elevado coste político sino que incluye también víctimas humanas. Pero aún así, desconfiando de EE.UU. y poniéndole en ridículo, deplorando las destrucciones que provocan a cada paso y horrorizados por sus errores, deberíamos desearle éxito y ayudarle, incluso contra su propio deseo. La derrota de EE.UU. en el Oriente Próximo costaría muy caro a todo el mundo. Las explosiones en Londres son una demostración de turno.

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Evgeny Satanovsky es director del Instituto ruso de Oriente Próximo (Agencia Rusa de Información 'Novosti')

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