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Etiquetas:   Momento de refelxión   -   Sección:   Opinión

Empatía

Una sociedad carente de empatia deja de ser civilizada para convertirse en un infierno en el que impera la ley del más fuerte
Octavi Pereña
martes, 21 de agosto de 2012, 10:00 h (CET)
Es evidente que se pierden las buenas maneras. El motivo de este deterioro del comportamiento se encuentra en el hecho de que hemos perdido de vista el resumen de la ley de Dios que hizo Jesús: “Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22: 37.39). Este resumen de la ley de Dios esta impregnado de amor intenso: Amor a Dios y al prójimo. En el amor verdadero no se puede cambiar el orden. Se ama al prójimo si previamente se ama a Dios. Debido a que el amor de Dios ha sido derramado en el corazón humano impulsa al hombre a amar al hombre como a si mismo. Es de capital importancia enfatizar el amor de Dios porque sin él no se puede poner fin a la espiral de grosería y de mala educación que invade a la sociedad actual. Para recuperar las buenas maneras no basta con que los ayuntamientos publiquen ordenanzas municipales de civismo y convivencia que son de dudoso cumplimiento. Es imprescindible a todos los niveles que los ciudadanos sepan qué es el amor de Dios para que puedan amar y convertirse en personas cívicas sin necesidad de las ordenanzas municipales de civismo.

La carencia del amor de Dios hace que en los hombres les falte la empatia que es la capacidad de identificarse con la persona con la que se relaciona. Esta carencia hace que las relaciones entre personas sean tirantes porque pone bastones en la rueda de la buena convivencia. . El amor de Dios en el corazón del hombre sin la previa conversión a Cristo es imposible porque Jesús es el canal por el que llega el amor divino. El grave error que comete la iglesia es enseñar el humanismo cristiano con el que se pretende que los fieles practiquen las buenas obras que Dios previamente ha preparado para que anden en ellas, sin estar presente por su Espíritu. Ser cristiano no es ser filósofo o religioso, sino Cristo viviendo por su Espíritu en el corazón del creyente.

Si una persona se convierte a Cristo sentirá empatia por las personas que le rodean., que son su prójimo. El resultado de la conversión, entre otras cosas se manifestará:

Si posee un perro no lo llevará a pasear por las zonas ajardinadas, destruyendo el césped con sus defecaciones y orines, matando las plantas y poniendo en peligro la salud de los niños pequeños por la tendencia que tienen de ponerse a la boca todo lo que encuentran. Recogerá las heces para no ensuciar las aceras, evitando que se conviertan en estercoleros y perturbando el caminar de las personas. Así se contribuirá a mantener limpia la ciudad.

En los lugares públicos no iniciará ni participará en disputas fuera de tono, además de ser desagradables al oído ajeno no contribuyen a una convivencia tranquila.

Cuidará de no ensuciar los espacios públicos arrojando papeles, colillas, envases en las papeleras a su disposición y no utilizará este mobiliario público para echar basura, para este fin ya existen los contenedores disponibles para hacerlo selectivamente.

Caminará por la derecha, evitando de esta manera perturbar la marcha de las personas que lo hacen siguiendo la costumbre entre nosotros.

Los ciudadanos de mañana se forjan en la infancia. Lo que los niños aprenden durante esta etapa de su vida se hará realidad cuando sean adultos. Los clubes deportivos son un buen lugar para enseñarles civismo. Los padres cristianos no fomentarán enfrentamientos desleales entre los niños y darán ejemplo de madurez respetando las decisiones arbitrales y de los entrenadores.

La lista de cosas que no debe hacer el verdadero cristiano y que deberá evitarlas es mucho más larga. Quien tiene empatia y es guiado por el Espíritu Santo irá descubriendo comportamientos que molestan al prójimo y evitará realizarlos para dar buen testimonio de Cristo en quien cree.

El Nombre de Dios ha sido borrado del vocabulario del hombre actual. La consecuencia de este hecho es la manifestación de un individualismo exagerado que sólo busca complacer el yo aún cuando de dicha complacencia sea uno mismo el primer perjudicado. La fe genuina en Cristo convierte al creyente, con todos sus defectos, en un ciudadano ejemplar, ciudadanía de la que está muy necesitada nuestra sociedad.

Octavi Pereña i Cortina
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