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La política de doble rasero no protege contra el terrorismo

Vladimir Simonov
Redacción
martes, 12 de julio de 2005, 00:04 h (CET)
¿Por qué Londres se ha elegido blanco de un nuevo y horroroso ataque terrorista? Algunas respuestas son obvias. En primer lugar, se trata de la venganza de Al Qaida por Iraq y Afganistán. EEUU no ha tenido ni tiene un aliado más fiel en el intento de aplastar el terrorismo internacional. Los ingleses están pensando hoy día en qué se puede hacer para que los soldados regresen a sus hogares. Pero ésta es sólo una de las explicaciones.

No cabe duda de que las bárbaras explosiones que estallaron en Londres están dirigidas no sólo a éste, sino a toda la élite política de la comunidad mundial, la que conforma el G8, incluida Rusia. Al Qaida quiso demostrar al mundo entero su capacidad de sumir en caos a una capital de turno y desaparecer impune a los ojos de los líderes de la coalición antiterrorista.

Es un golpe asestado al sistema universal de valores humanitarios, en el que estamos acostumbrados a creer.

Es una prueba más de que la lucha contra el terrorismo debe pasar de la etapa de guerras locales y operaciones especiales dispersas a la de librar una batalla minuciosamente coordinada. Pasar de hacer innumerables declaraciones (una de turno fue adoptada ya en Gleneagles) a realizar actividades concretas, a crear centros antiterroristas auténticamente eficaces, a introducir sistemas electrónicos únicos de identificación personal, a reorientarse la OTAN de rodear a Rusia a rodear a campamentos terroristas y a adoptar otras medidas reales.

De momento los pasos prácticos escasean. Por lo cual todavía estamos infinitamente lejos de aplastar a Al Qaida y sus huestes de asesinos. Es muy amargo reconocerlo, pero precisamente en ello consiste la lección principal de la tragedia que se escribió el 7 de julio con la sangre de 37 muertos y más de un millar de heridos en paredes londinenses.

Todos nosotros hacemos muy poco para aunar de un modo eficaz nuestros esfuerzos en la lucha contra el terrorismo, reconoció Vladimir Putin, al pronunciar en Escocia las palabras de condolencia.

El ataque a Londres produjo un choque en la comunidad mundial porque eran pocos quienes lo esperaban.

Desde que fue dinamitado un avión de Pan-Am sobre la aldea escocesa de Lockerby en 1988, Gran Bretaña permaneció durante decenios dentro de una invisible y transparente campana que la protegía con seguridad contra la amenaza terrorista. Las bombas explotaban en Nueva York, Madrid, Moscú y cualesquiera otras partes, menos en la capital británica, que seguía agradando la vista de uno con el fresco verdor de sus parques, y el oído, con el pacífico murmullo de surtidores.

En opinión de autoridades, el terrorismo podía arrojar su odio contra los estadounidenses, los españoles y los rusos, pero no contra los ingleses. Amor con amor se paga. Y es que en Gran Bretaña funcionaban libremente - y funcionan hasta hoy día – grupos radicales de Argelia, Egipto y Chechenia. La mezquita ubicada en Finsberry-Park durante años era un centro de reclutamiento de extremistas islámicos para ser mandados a Chechenia, allí se reunían donaciones de millones de dólares con esos mismos objetivos, pero todo ello les preocupaba poco a los “bobbies” ingleses. Chechenia no es Londres, decían ellos.

En 1999, en la capital británica se desarrolló abiertamente el congreso “El yihad contra Rusia”, en el que exhortaban a los musulmanes a matar a los infieles y apalearon a reporteros del canal de televisión ruso ORT. Ese bárbaro incidente ni siquiera fue investigado por la Justicia británica.

Las cuentas de Al Qaida fueron congeladas en los bancos británicos solamente hace seis meses. Al imán radical Abu-Hamza lo arrestaron sólo el año pasado, cuando llegó la respectiva demanda de EEUU. Al Londres oficial no le impresionó mucho el que dos oyentes más asiduos de las prédicas del imán hayan participado en la toma de la escuela de Beslan y fueran matados por efectivos del destacamento ruso de misiones especiales. Según lo veían en aquel entonces en Downing Street 10, ello sucedía en otro extremo del mundo y no tenía nada que ver con el destino de la propia Gran Bretaña.

Así lo creían mientras que ayer jueves en Londres se abrió el infierno.
Se ha hecho evidente que la política de doble rasero no puede servir de indulto y no protege contra los ataques terroristas. Los de Al Qaida no vacilaron en cortar el árbol que les daba amparo.

El amargo pensamiento sobre la política de doble rasero no les impide a los rusos compartir el dolor que experimentan hoy día los ciudadanos de Gran Bretaña. La gente coloca flores y de noche enciende velas a la entrada de la Embajada de Gran Bretaña en Moscú. Pues Rusia enterró ella misma a más de 400 personas perecidas a causa de atentados con explosivos contra edificios residenciales, el metropolitano de Moscú y la toma de centenares de rehenes en el teatro capitalino de Dubrovka. Aquellos trágicos sucesos dejaron también el saldo de unos 1.200 heridos. En estos días de luto, los ciudadanos de Rusia, al igual que los de otros países atacados por el terrorismo internacional, comprenden perfectamente a los ingleses.

Y ahora es necesario comunicarle a esa fúnebre comprensión mutua el carácter de una fuerza global auténticamente eficaz.

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Vladimir Simonov es analista de la Agencia Rusa de Información 'Novosti'.

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