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Etiquetas:   Aldea mundial   -   Sección:   Opinión

Al aire libre

Pascual Falces de Binéfar
Redacción
martes, 12 de julio de 2005, 00:04 h (CET)
Al aire libre se respira mejor, hay más oxígeno y huele a campo. Valgan los anteriores tópicos a modo de presentación de esta columna hermana pequeña de la que, con osadía, otea cada mañana la “aldea mundial”. Erguida1 en las primeras tierras mexicanas que descubrió Cortés y donde tuvo el placer de conocer a Doña Marina -la “Malinche”-, se atreve a pensar un poco, en voz alta, sobre lo que acontece en este planeta de nuestros pecados, y que cada día, con el desarrollo de las comunicaciones, se hace menor.

Por la ciudad, la información corre y se manipula de manera inevitable. Los tiempos actuales, con su avance tecnológico, han permitido que se disfrute de ella a tiempo real y lejos de todo tumulto. El poeta Marcial se volvió a vivir a su pueblo (Calatayud), porque no soportaba el ruido que “hacía” la ciudad de Roma en el siglo primero de nuestra era. Y Cicerón dejó escrita para la posterioridad una máxima de vigencia actual, “Si junto a la biblioteca, tienes un pequeño huerto, nada necesitas”; en latín, queda más taxativa, pero suena pretenciosa.

En los días actuales, la “biblioteca” ya no son sólo los cuatro libros que sirven o sirvieron de alimento en su día. Los programas internacionales de televisión (vía satélite), Internet (ADSL), con su correo electrónico y el instantáneo acceso al inmenso acervo de Google, son parte insustituible e inseparable de la misma. Bien pudiera suceder que la humanidad, en sus circulares movimientos, hubiera vuelto por “donde solía”, solo que un poco más arriba, como siempre, y se estuviera ante tiempos equivalentes a cuando Virgilio descubrió para los romanos los encantos de la vida rural.

La gran ciudad, no sólo hace ruido, sino que, también huele, y lo que es peor, manipula. Lo que viene a ser lo mismo que intervenir con medios hábiles y, a veces, arteros, en la política, en el mercado, o en la información, etc., con distorsión de la verdad o la justicia, y al servicio de intereses particulares.

Al “aire libre”, resulta más factible avanzar sobre la objetividad sin las obligaciones que impone uno de los más graves errores del entendimiento de la sociedad contemporánea: lo políticamente correcto. No es sinónimo de mala educación la incorrección política. La verdad histórica, como parte admirable de lo cierto, y el acto de discurrir con el intelecto, son suficientes elementos como para que atraiga el análisis de lo contemporáneo sin la influencia de conciliábulos, mesas de camilla, o consignas de corrillos.

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