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¿Son las explosiones en Londres sólo un problema de Gran Bretaña?

Yuri Filippov
Redacción
domingo, 10 de julio de 2005, 07:47 h (CET)
El año que viene, cuando Rusia sea anfitriona de la reunión en la cumbre de turno de los países más industrializados del mundo, tendrá fundamentos de peso para invitarles a debatir como punto central de la agenda la problemática de la lucha contra el terrorismo internacional, a la par con analizar las cuestiones energéticas, según lo planificado.

La serie de atentados cometidos en Londres el día de la inauguración de la reunión en la cumbre del G8 hace ver palmariamente que la erradicación de la pobreza, los cambios globales del clima y otros problemas que preocupan a la Humanidad no pueden analizarse tranquilamente mientras que queden fuera del campo visual los problemas de seguridad y de lucha contra el terrorismo internacional. Si los líderes mundiales continúan limitándose a hacer declaraciones rituales sobre la necesidad de hacer frente al terrorismo, sin elaborar un programa de acciones bien coordinado, y no empiezan a controlar su cumplimiento, el G8 se convertirá dentro de muy poco en G9. Pero el invisible participante noveno del debate no será una potencia como China, la India o Brasil, sino el terrorismo internacional, que procura dictar su propia agenda y hacer fracasar todas las buenas iniciativas de los líderes del mundo actual.

Después de lo sucedido en Londres conviene preguntar: ¿por qué hasta ahora no se ha creado un bien coordinado sistema internacional antiterrorista? Su ausencia y la falta de una política única en esa materia son obvias pese a las numerosas declaraciones que se hacen al más alto nivel y el notable progreso alcanzado en la cooperación entre los servicios de inteligencia de diversos países, que intercambian información sobre los potenciales terroristas y sus organizaciones.

Es probable que la causa fundamental radique en que cualquier ataque terrorista hasta ahora se perciba por el país víctima y todos los circundantes como un problema interno del primero. En tal situación, se toman medidas de respuesta unilaterales, a nivel nacional, las que a menudo ni encuentran comprensión por parte de la comunidad mundial o de algunos de sus miembros.

El ataque del 11 de septiembre de 2001 alarmó al planeta y asustó a EEUU, empujando a éste último a reaccionar duramente de modo unilateral: a realizar una incursión en Afganistán y luego en Iraq. La ocupación estadounidense de Iraq provocó a su vez una fuerte oposición en Europa.
Los atentados perpetrados en Madrid en marzo del año pasado dieron un resultado opuesto: España retiró sus tropas de Iraq, lo que provocó disgusto por parte de EEUU y Gran Bretaña.

Rusia, que vivió en agosto y septiembre del año pasado la más grave agresión terrorista en todo el período de la lucha contra éste (en la tragedia de Beslan perecieron 330 personas, más de la mitad de las cuales eran niños), eligió su respuesta nacional a la amenaza terrorista: empezó a fortalecer enérgicamente a sí misma como Estado. Pero esa reacción más que natural provocó críticas en varios países de la coalición antiterrorista. Los congresistas estadounidenses MacKeyn y Lantos manifestaron que en Rusia renacía el autoritarismo y que por eso había que excluirla del G8. Fue una propuesta absurda, la que al propio tiempo vino a confirmar la tendencia que se manifiesta por todas partes: un ataque terrorista al país provoca su reacción unilateral, la que luego se critica mucho en los países aliados de la coalición antiterrorista. Un triste resultado de ello es la creciente aislación entre las víctimas de los ataques terroristas y una cada vez mejor organización y coordinación de acciones por parte del terrorismo internacional.

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Yuri Filippov es analista de la Agencia Rusa de Información 'Novosti'.

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