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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Un mundo en alerta

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
domingo, 10 de julio de 2005, 07:47 h (CET)
Medio mundo mira de reojo al otro medio y nadie queda a salvo. El rascacielos del odio es tan bravo como la venganza de un mar picado. Saltan chispas en doquier mar y, en tierra, el terror es diluvio diario entre civilizaciones incivilizadas dispuestas a cargarse la vida, a las que habría que civilizar con un diálogo más del corazón, puesto que en el alma del ser humano se da la aspiración del bien. Se dice que para hacer frente al terrorismo que vive hoy el mundo, es necesaria una respuesta internacional sin fisuras, pero también pienso que tenemos que trabajar en abrirnos alianzas entre unos y otros, crear un clima de convivencia más humana.

Un mundo en estado de alerta, o de alarma, o alarmado por el terror, precisa de unos cuidados de interioridad y de interiorización ciudadana, para llegar al redescubrimiento de la belleza existencial, más allá de los horizontes limitados por poderes mundanos, que todo lo reducen a un cultivo cultural sumergido en el materialismo atroz y en el consumismo más bestial. Un mundo cebado por el rencor, enconado en la irreverencia, no puede llegar a ser un lugar de encuentro, de vida y de verso. La comprensión sí que es un buen germen para que nazca un mundo distinto al actual, empotrado en el límite incesante de la catástrofe; un mundo menos distante en corazones y más sabio en vivir para los demás, una buena manera de también vivir para sí.

En cualquier caso, este diluvio de acciones salvajes y de coacciones feroces, de tomar la justicia como cada cual le venga en gana, es una forma de morir deshumanizadamente toda la humanidad. Frente a tanta incomprensión e intolerancia entre culturas que han de compartir una misma vida, lo más sensato es buscar abecedarios de reconciliación y conciliar posturas. Aunque tenemos el derecho a defendernos del terror, también tenemos el deber de hacer hasta lo imposible para que no se produzca la barbarie. Quien mata cultiva sentimientos de desprecio hacia al mundo, hacia sí mismo y hacia todos. Piensa que la verdad en la que cree, la libertad en la que sueña, la justicia a la que aspira, se impone a mano armada. Por ello, es vital que las culturas se cultiven en propuestas de vida, lejos de bandos intimidatorios y de toda violación a la dignidad de la persona.

Con buen tino, los líderes del G8 anunciaron su intención de incrementar la cooperación para proteger los transportes de posibles ataques terroristas. “Trabajaremos para mejorar” a la hora de “compartir información sobre el movimiento de terroristas por las fronteras internacionales”. Ciertamente, en estos tiempos azarosos toda colaboración es necesaria; pero, a lo anterior, sumemos un níveo tono que lo da el perdón para reponerse y ponerse en conversación, antes que el timbre de la paz se pare; y, con ello, el corazón del mundo, ahogado por el terror, deje de latir para todos.

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