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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

El intelectual en un mundo inestable

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
miércoles, 6 de julio de 2005, 01:29 h (CET)
Quien sabe reflexionar sobre las enseñanzas que la historia del pasado nos da, concluye enseguida que son absurdas las contiendas. De ahí, lo saludable que resulta el uso de la palabra como diálogo. Habría que poner como libro de texto colegial, “La curación por la palabra”, de Pedro Laín Entralgo. Pienso que es deber del intelectual, hacer propuestas para crecer y crítica para hacer pensar; máxime cuando la realidad es pura basura encorsetada a libertades que no son, a justicias que no se aplican, a igualdades que no llegan, a pluralidades que no se reintegran. Falta estimación por el ser humano en este mundo inestable, inseguro, vacilante, tan frágil como una rosa al viento. La razón y no la fuerza deben decidir la suerte de los pueblos y de las gentes. El acuerdo, las negociaciones, el arbitraje, es una buena mediación. Al fin y al cabo, la paz es la resolución moral a un problema de corrupción.

Unas recientes declaraciones del Defensor del Pueblo, Enrique Múgica, nos advierten que la situación empeora, con fuertes cargas de violencia, hasta el punto que pide a los docentes que “asuman con valor” la enseñanza de “pautas éticas” a jóvenes y adolescentes y, sobre todo, que ejerzan la disciplina sin temblarles el pulso. Cuando se pierde la autoridad, estamos perdidos. O se ataja la fuerza bruta de los disturbios, o la bestialidad toma gobierno. Así de duro. Se precisa, pues, que el pensamiento vuelva y que los pensadores asienten nuevas ilusiones, con ternura, amabilidad, cordialidad, afabilidad por un proyecto nuevo de reforma del mundo que sea aceptado por una cualificada mayoría. Estoy seguro de que si hubiese muchas personas como el rockero irlandés Bob Geldof, organizador de los conciertos Live 8 contra la pobreza, sería posible el cambio, porque antes hay que implicarse y aplicarse, sentir vergüenza en el corazón y pudor ante la indecencia.

Para que este mundo inestable destierre de su horizonte callejones sin salida, el fracaso de la inteligencia, la victoria de la selva, las naciones deberían fomentar el pensamiento, desde el más escrupuloso respeto al universo de los conceptos. La bondad no es un adorno inventado por elegantes y selectos habladores, es un andar dignísimo, concebido por la inteligencia, para construir un mundo más humano. Se precisan, pues, caminantes de vida que enseñen sobre la razón de ser y existir. El empacho de muertes en el camino nos deja una estela de incertidumbre, desconfianza y sospecha, que nos enzarza hacia atmósferas de complicada curación. Ahí está el impacto directo y tangible dejado por el terrorismo, que además de ser causa del odio en la sociedad, genera opiniones encontradas. El caso de España es bien patente, mientras Zapatero introduce la teoría de la “violencia contenida” de ETA para justificar el diálogo con los terroristas, otras fuerzas democráticas y asociaciones, no lo ven con buenos ojos.

En todo caso, creo, que debemos despertar las conciencias. Cuántas maravillas se podrían llevar a cabo en el mundo, si la potencia del talento y la investigación se dieran la mano, solidariamente, para explorar las vías del desarrollo de toda la humanidad. Por ello, frente a este mundo inestable, cualquier esfuerzo de reflexión es un modo de expresar la dimensión trascendente de la vida humana. Causa incredulidad y amargura los tonos triunfalistas con los que algunos intelectuales, vestidos de un falso progresismo, se pronuncian sobre temas que son patrimonio común de las grandes culturas del mundo. Mal negocio es abdicar de la verdad si queremos que la sociedad, diversa y plural, conviva. Lo malo es que estas torpezas, por muy minoritarias que sean, suelen pasar factura con el tiempo.

Por consiguiente, el papel de la persona de pensamiento, en un mundo dominado por poderes no siempre justos, que además suelen recompensar a profesionales dóciles, es bastante difícil. Sin embargo, lo que es tan fructífero para la vida, como puede ser mantener una conciencia crítica y de vanguardia, defender a toda costa la expresión de su independencia de juicio, cuestionar formas de convivencia, suele ponerse en entredicho o censurarse por el especialista aborregado, del poder de turno, intentando que determinados temas no se debatan públicamente. Ya me dirán qué democracia es ésta, cuando existen y coexisten tantos condicionantes/condicionados generados por un sistema de dominación interesada. Ahí es donde debe estar el intelectual, como un agente de conciencia ante el diluvio de dislates, en primera línea de batalla, poniendo todos los abecedarios a disposición de la libertad.

En una sociedad en la que parece que sólo cuenta el dinero y el poder, que hace gala de la mediocridad, aunque esté más formada que nunca, pienso que se precisan personas que proclamen que la vida tiene un sentido más allá de lo puramente material. Puede que tengamos muchos sabios de palabra, pero pocos de corazón. Eso de hablar de una manera atrayente hasta el punto de inducir a los seres humanos a asentir falsedades, es muy propio del momento actual. En consecuencia, estimo que la voz del intelectual exigente, en cuanto a no estar vendido a nada ni a nadie, es una necesidad que, aunque siempre lo ha sido, hoy es más urgente que ayer, ante la creciente banda de manipuladores que a la primera de cambio te roban, ya no la cartera, el corazón. A mi juicio, pues, son las gentes de pensamiento, entre los que elijo a los cultivados por la cátedra de la vida vivida, los depositarios de un saber humanístico, nada arcaico; ideas que, en todo momento, hemos de considerar y reconsiderar.

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