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Etiquetas:   La buena noticia   -   Sección:   Opinión

La maldita enfermedad

A lo largo de la historia se han declarado pandemias que han diezmado la población de grandes zonas del mundo
Manuel Montes Cleries
domingo, 22 de octubre de 2017, 13:45 h (CET)
Lepra, viruela, tifus, peste, tuberculosis y toda clase de gripes denominadas con el gentilicio del país del que proceden.

En estos últimos años, posteriores a las grandes guerras del siglo XX, podemos recordar con terror la polio y el sida. Ambas, gracias a Dios, erradicadas o mejoradas con vacunas y tratamientos. Pero persiste la maldita enfermedad que asusta solo con su nombre: el cáncer.

Miento, asustaba. Hoy se puede hablar de él con naturalidad. Conocemos a miles de personas que han padecido diversos tipos de tumores malignos y que han evolucionado hacia la salud, completa o casi completa, con tratamientos quirúrgicos y, o, quimioterapia y medicamentos complementarios. Salvo casos concretos, la literatura médica habla de supervivencias, después de los cinco años, que van del 50 al 100% de los casos. Dependiendo del lugar y la virulencia.

Esta semana se ha hablado mucho de la “mardita enfermedá” coincidiendo con el día mundial del cáncer de mama. Una enfermedad que se llevó por delante a muchas de nuestras antepasadas y algún antepasado, dado que los hombres también lo padecen. Nos han llegado excelentes noticias a través de los medios; miles de de ejemplos de mujeres que lo han superado gracias a la ciencia y a la voluntad. Deportistas, bailarinas, amas de casa, políticas, etc., han superado la etapa del pañuelo o la peluca y hoy vuelven a ser mujeres bellas y útiles a la sociedad.

Mi buena noticia de hoy lo es a medias. Se investiga a fondo en el tratamiento y la erradicación de la maldita enfermedad, cuyo nombre cada vez asusta menos; pero creo modestamente que no se hace con los medios y la intensidad necesaria. Barrunto que si el dinero que nos gastamos en armas, en publicidad política y en parecer más jóvenes y más guapos, lo dedicáramos a la investigación, esta puñetera enfermedad sería atacada de una forma casi definitiva. Así lo hemos visto en el caso de los tratamientos contra el sida que han sido muy eficaces.

Por eso animo a los investigadores y terapeutas de la rama oncológica a seguir luchando con el amor y la dedicación que lo están haciendo hasta ahora. Doy fe de ello. Se de primera mano del esfuerzo económico y humano que están realizando con alguien muy cercano a mí. Dios se lo paga con los resultados, nuestro agradecimiento y su satisfacción propia. Y yo lo proclamo.
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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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