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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Policías juguetones

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
jueves, 30 de junio de 2005, 23:51 h (CET)
Los uniformes siempre me han inspirado una mezcla de respeto y temor. Por una parte he respetado y respeto a los llamados servidores del orden porque siempre he pensado que son unos esforzados representantes de la ley que sacrificando su vida privada hacen que la nuestra sea mucho más llevadera y segura. Pero, siempre hay un pero, por otro lado y dada mi edad los uniformes nunca me han inspirado confianza. Al lado de esos fieles servidores de la ley siempre han medrado los abusones, los aprovechados y los matones que al sentirse con una pistola colgada del cinto se han creído los dueños del cotarro y nos han tenido a los demás atemorizados y con los congojos a la altura de la garganta. No es la primera, ni seguramente será la última, vez que en mi devenir diario tropiezo con algún cabestro vestido de policía municipal. La mayoría de las veces creen que la razón se corresponde con el calibre del pistolón que lucen colgando de la cintura.

La Comunidad Valenciana es una tierra extensa, amplia y con muchos pueblos, pueblitos y habitantes. Por lo tanto son muchos los Ayuntamientos que entre sus funcionarios tienen policías locales, más conocidos como municipales y antes como “los guripas”. La policía local y la recogida de basuras son los dos primeros servicios que un ayuntamiento como Dios manda debe ofrecer a sus contribuyentes. Limpieza y seguridad. Eso es lo que demandamos los paganos, no idolatras, que año tras año venimos abonando los correspondientes impuestos.

Como la formación de estos policías locales, una vez aprobada la oposición, suele ser costosa y los pequeños municipios no pueden hacer frente a la misma la Dirección General de Interior de la Comunidad Valenciana ha establecido un servicio donde, durante cinco meses, se imparten los oportunos conocimientos a los futuros policías locales. Se supone que en estos cursos se les enseña a tratar con los convecinos, a desarmar a algún maleante y, sobre todo, a redactar los correspondientes boletines de denuncia por cualquier anomalía que altere la vida del municipio. Hasta aquí todo normal. Ya estamos acostumbrados a que ante una grave alteración del tráfico en la gran ciudad, por mal funcionamiento de los semáforos, la policia local tan sólo aparezca para tirar mano del boletín de denuncia y pocas veces se dediquen a ordenar el caótico tráfico ciudadano. Nos multan a los que pagamos su salario y encima nos regañan.

Ahora nos hemos enterado que esta manera de actuar de los policías locales viene dada desde el principio. En el curso de formación básica que ha estado dando los últimos meses la Dirección General de Interior de la Comunidad Valenciana se han producido una serie de anomalías que no serian dignas de tenerse en cuenta en cualquier centro escolar valenciano pero que si que nos llevan a la reflexión y, sobre todo, al temor cuando se producen entre aquellos que deben cuidar de nuestra seguridad.

Los instructores del Instituto Valenciano de Seguridad Pública (Ivasp) han detectado entre los alumnos del último curso impartido un desprecio hacia el valenciano que, no olvidemos, es una de las lenguas oficiales de esta tierra. Toda una serie de problemas en las prácticas de tiro, al parecer más de un opositor recién aprobada la plaza de policía ya se cree un perfecto tirador del más peliculero FBI, y, claro no podían faltar las partidas de póquer entre los alumnos ni el llenar las pizarras de insultos como “puta y guarra” para una de las profesoras. Todo ello aderezado con actos del más puro vandalismo en las aulas donde se llegaron a arrancar mesas y pupitres.

Como vemos todo un cursillo de aquello que no se debe hacer. Quizás estos jóvenes policías estaban aprendiendo lo contrario de lo que a partir de ahora va a ser su función. Pero yo, la verdad, es que cuando ande por la calle y me encuentre a uno de estos uniformados, pistola y porra al cinto, me cambiaré de acera no vaya a ser que les dé un “siroco” en el poco cerebro que les debe quedar y me muelan a palos. Eso sí, que quede claro que siempre lo harán por mi bien.

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