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La falacia de la 'deuda histórica'

Guillermo J. Escribano
Redacción
jueves, 30 de junio de 2005, 23:51 h (CET)
El problema surgido en torno al término “deuda histórica” preocupa, porque no es más que una invención oscura que entraña un truco de lógica para legitimar exigencias costosas.

Una deuda supone la obligación que alguien tiene que pagar, satisfacer o reintegrar a otra persona algo, por lo común dinero. Las deudas pueden ser amortizables, exteriores, públicas, tributarias, etc., y están suscritas a un medio material. O bien, una deuda puede ser considerada como una obligación moral contraída con alguien. Ahora, ¿qué es una deuda histórica?

1. Una deuda histórica material tiene sentido entre sujetos -sean éstos singulares o plurales-, que reconozcan tanto la existencia del otro, como la obligación contraída. El devenir del tiempo no influye en el proceso a menos que los sujetos desaparezcan, en cuyo caso, resulta imposible el reembolso material. Una deuda histórica material sería, por ejemplo, la cena lujosa que aún le debe a su esposa. El adjetivo “histórica” únicamente añade a la deuda el concepto temporal.

2. Para establecer una deuda histórica moral es necesaria la existencia de sujetos y el reconocimiento mutuo, pero en este caso, la obligación a satisfacer no es necesariamente material. Una deuda histórica moral sería la obligación de hacer un bien en el presente o el futuro a alguien a quien se ha causado un mal en el pasado.

Cuando los sujetos son vagos, como “el pueblo”, o “la nación” la problemática se acentúa. “El pueblo” deudor sólo puede ser referido a la generación que participa de la obligación, por ejemplo, la deuda moral contraída por el “pueblo alemán” con el “pueblo judío” por el desastre de Auschwitz se entiende si los deudores son los propios causantes del mal. Exigir el pago de esa deuda una generación después carece de sentido, porque el “pueblo alemán” de hoy no tiene nada que ver con el partido Nazi, los campos de concentración o la invasión de Polonia.

El problema de la “deuda histórica” es la desvirtuación que sufre al ser utilizada para legitimar exigencias presentes. Por ejemplo, una comunidad indígena exige el pago de dos millones de euros al Estado Español por la explotación que sufrieron sus antepasados quinientos años atrás. Esta extraña exigencia no tiene ni pies ni cabeza, puesto que los dos sujetos –indígenas explotados y Estado actual- no tienen nada que ver ni en el espacio ni en el tiempo. En este caso, se induce a uno de los dos sujetos –el Estado- a creer que tiene contraída una deuda moral que ha de transformarse en material. En el momento en que la deuda es reconocida por el Estado, se ha legitimado el proceso. Una legitimidad inducida.

Por lo tanto, la “deuda histórica” de 21.000 millones de euros exigida por Anxo Quintana -líder del BNG- al Estado Español carece de sentido. Primero, porque uno de los sujetos no ha sido definido. Anxo Quintana no es Galicia y no puede hablar por la comunidad gallega porque la población que representa es una minoría dentro de ese grupo. Segundo, porque no ha dicho a que se refiere la materialidad exigida, si a una obligación moral o a una obligación material pretéritas, y en tal caso, su significación histórica. Tercero, porque esta deuda ha de ser reconocida por el Estado.

En conclusión, la llamada “deuda histórica” carece de lógica cuando se extiende en el tiempo más allá de la vida de los sujetos que la amparan, y entraña un problema preocupante, la transformación de una deuda moral en material. O lo que es lo mismo, una escala de valores humanos en una escala de valores materiales.

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Guillermo J. Escribano es historiador.

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