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Etiquetas:   Al cielo raso   -   Sección:   Opinión

Oriente Medio necesita contar con Europa

Elena Martínez López
Redacción
lunes, 27 de junio de 2005, 04:18 h (CET)
Irak se ha convertido en una olla a presión que estalla por todas partes y en todo momento. Las estadísticas aseguran que son más de 100.000 las personas muertas por el conflicto, desde que éste se iniciara en 2003. Pero lo cierto es que la falta de libertad de prensa en el país impide conocer con exactitud los civiles fallecidos, el número de heridos y la valoración de los daños causados. La guerra ha empeorado la situación en Oriente Medio y ha crispado y radicalizado aún más las posturas en esta parte del planeta. Aquí se juegan la mayoría de las tensiones del mapa internacional en la actualidad. Así lo dicen muchos analistas y expertos en la materia.

Los motivos que condujeron a la declaración de guerra en Las Azores han quedado, simple y llanamente, desmentidos. Ni Sadam Hussein suponía una amenaza real para el orden internacional, ni se ha demostrado su relación con organizaciones terroristas como Al Quaeda, ni mucho menos han aparecido “armas de destrucción masiva” entre los arsenales del dictador . Todo lo cual aporta credibilidad a quienes apuntaban a unas razones ocultas que, operando por debajo de lo público, condujeron a que las fuerzas aliadas, con EEUU a la cabeza, llevaran a cabo la invasión de Irak. Una vez más se ha puesto de manifiesto que la política se juega a otros niveles, que los intereses ocultos superan en poder a los que se exponen ante la opinión pública. Una realidad que se sospecha a menudo, pero que en pocas ocasiones se hace evidente.

Las razones estratégicas y los recursos petrolíferos de Irak son los verdaderos impulsos que condujeron a esta guerra. Las víctimas, aún sin determinar, son su consecuencia más desoladora. Por tanto, no estaban vacíos de contenido ni de verdad los gritos que se alzaban en las masivas manifestaciones de los días previos al inicio del conflicto: “No más sangre por petróleo”.

Los europeos se alzaron en todo el continente para expresar su repulsa a la guerra de Irak. Pero los Estados estaban divididos, también (podemos suponer) por razones distintas a las ofrecidas en las declaraciones oficiales. La verdadera unión de Europa se hizo desde abajo, desde la ciudadanía, que tomó masivamente una postura crítica ante la política unilateral de EEUU y que apeló a Naciones Unidas como el organismo legítimo para frenar la actitud precipitadamente belicista de este país, y de los que lo apoyaron. Los ciudadanos europeos no pudieron verse reflejados en el marco de la Unión. No pudieron fortalecer su postura a través de ella porque la Unión no era tal. Ésta es una de las grandes carencias de Europa. Una actitud firme y conjunta de Europa dentro de Naciones Unidas tendría una mayor capacidad de presión.

Una de las lagunas de la UE es precisamente su falta de cohesión en asuntos tan determinantes como la política exterior y el papel que ésta ha de jugar en la partida internacional. Uno de los argumentos para defender el Tratado Constitucional aprobado en España y que ahora tiene muy pocas posibilidades de convertirse en Carta Magna, aportaría una actitud y una diplomacia exterior unívoca por parte de la Unión. Lo cierto es que se hace muy improbable una política en este terreno que responda verdaderamente a los intereses conjuntos de los Estados Miembros. Pero incluso planteando su viabilidad, teniendo en cuenta que la obra suele orquestarse entre bastidores, a los europeos nos sería muy difícil controlar la dirección del barco que con bandera europea surcaría el océano internacional. La representación parlamentaria en Bruselas no es suficiente para legitimar una política conjunta de este calado y la participación ciudadana en Europa es aún muy escasa.

A este razonamiento puede oponerse el que argumenta que sólo el peso de Europa en su conjunto, jugando la partida en Oriente Medio, puede desnivelar la balanza que hoy recae hacía el lado norteamericano. La paz en Irak y la solución del conflicto entre Palestina e Israel no puede venir de la mano del país que hoy ostenta el título de Imperio en el mundo. Todo lo contrario. Lo demuestra el panorama iraquí y el muro que se está levantando en Palestina por parte del gobierno de Sharon, con la absoluta connivencia de los Estados Unidos.

Europa tiene que jugar, a través de Naciones Unidas (revitalizando este órgano imprescindible en el mundo globalizado que habitamos) un papel determinante. Zapatero propuso un Pacto de Civilizaciones, la Unión puedo avanzar a través de él o buscar alternativas. Pero lo que no puede hacer es eludir su responsabilidad en esta zona, que es además, el volcán que extiende el magma del terrorismo internacional. Es un área caliente por muchos motivos y cómo se desenvuelva la UE aquí será imprescindible para su credibilidad como nueva potencia ante su propia ciudadanía. Los europeos no debemos tolerar una mentira “de destrucción masiva” como la tolerada por nuestros vecinos del otro lado del Atlántico. Los europeos tenemos ante nosotros el reto de hacer de nuestro continente una potencia capaz de defender la paz por el mismo valor que ésta implica, tenemos la responsabilidad y la necesidad de conocer lo que por debajo de los discursos políticos influye sistemáticamente, y tenemos el derecho de apoyar una Unión Europea que responda a los valores de sus ciudadanos.

Por esto, muchos confiamos aún en Europa como la mejor baza de la partida que se juega en Oriente Medio, para evitar que actuaciones tan desastrosas como la de las fuerzas aliadas en Irak, vuelvan a repetirse. Habremos sofocado un volcán en plena erupción y habremos contribuido, realmente, a mejorar la situación en Palestina, en Israel y en nuestras relaciones con el mundo árabe en general. Por ahora, la UE ha reanudado las relaciones con EEUU en este sentido y apoya el proceso de reconstrucción de Irak, pero no ha propuesto una iniciativa propia capaz de proporcionar una salida alternativa al conflicto.

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