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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Europa, una casa laica para Dios, Alá y muchos más

Elena Martínez López
Redacción
domingo, 26 de junio de 2005, 00:01 h (CET)
Durante la redacción del tratado constitucional que ya ha perdido prácticamente las posibilidades de convertirse en Carta Magna para la UE, se planteó, por parte del catolicismo y algunos partidos políticos la posibilidad de incluir en él las raíces cristianas. Para la elaboración y la reconstrucción de una nueva constitución es muy posible que vuelvan a oírse estas voces. Sin embargo, una de las características de la Unión es su diversidad religiosa. Aún más si Turquía termina por formar parte de la misma. Los musulmanes tienen, ahora, un peso específico en la sociedad europea y la defensa de sus costumbres y creencias resulta firme y contundente en muchos de ellos. En cambio las estadísticas declaran un descenso continuo de la religiosidad cristiana, por lo que las fuerzas tienden a encontrarse.

El cristianismo acoge una serie de valores tan loables como presentes y activos en la sociedad civil. Pero sus raíces no están injertas en la tierra, sino bien maduras y cocinadas por la razón. De hecho, muchos de estos principios se encuentran presentes, a su vez, en religiones como la mahometana o la budista. Se puede argüir que la unión de las naciones europeas ya estuvo presente en las cruzadas, como argumento para defender la inclusión de nuestras raíces cristianas en el tratado constitucional, pero es una defensa antieuropea y antidemocrática, porque no es precisamente la idea belicista de la cruzada la que inspira a los países de Europa a unirse bajo una misma bandera. Y mucho menos la religión puede argumentarse como la fuente de la que bebe la Europa de hoy. Todo lo contrario. La idea de Europa que hoy manejamos, a la que nos acogemos y tratamos de levantar, tiene sus raíces en la Ilustración y la revolución francesa. Nace con la contemporaneidad y sólo con ella debe ser defendida.

Y es precisamente esa contemporaneidad la que podemos llamar así (y distinguirla de la modernidad) porque en ella se busca, precisamente, sacar a Dios de la sociedad civil. Legislación, gobierno, justicia y sociedad encuentran sus fundamentos en el contrato libre de los hombres, que bajo sus intereses, ideas, y circunstancias concretas, eligen la forma de convivencia que creen más adecuada. Por supuesto, la práctica fue mucho más compleja y virulenta, pero no por ello abandonó las teorías que la inspiraban. La lucha contra el estado moderno (inspirado en la idea de Dios) es una constante en el mundo contemporáneo. Hasta que en la actualidad podemos decir que la religiosidad se encuentra prácticamente fuera de la política. Al menos, oficialmente.

Sin embargo, la libertad religiosa tiene serios problemas. ¿Hasta dónde llega esta libertad? ¿Cómo enfrentar la sociedad multicultural y multi-religiosa en la que vivimos? ¿Cómo compaginar ciertas prácticas con la autonomía respecto a la propia fe? Son preguntas a las que se le suman realidades sin cesar, y de difícil respuesta.

Abordar cada realidad en su concreción parece la fórmula más adecuada, pero debe ir acompañada de una serie de criterios fijos para que las soluciones se ajusten unas a otras y no choquen entre sí, provocando un enfrentamiento social que pueda derivar en la falta de cohesión e inestabilidad política. Y la UE tiene un papel determinante en este sentido. Es necesario enfrentar la pluralidad religiosa desde una óptica interestatal dentro de la Europa de los 25 (o del número que abarque) para que los valores sociales convivan con los personales en cierta armonía.

Ninguno de los países miembros de la Unión ha conseguido crear un clima de armonía interreligiosa. Dentro de las diferentes iglesias habrían de fomentarse los encuentros ecuménicos, pero fuera de ellas, en lo que respecta a los Estados y al derecho civil se requiere la puesta en común de una política a nivel europeo. Los problemas que se derivan de la convivencia de creencias son múltiples:

La ley contra el velo en Francia ha sido uno de los asuntos más controvertidos en la legislatura de Chirac. Y la costumbre de la ablación del clítoris abre ampollas en Occidente. En este sentido el choque con el Islam resulta más fuerte que con otras religiones. Más aún después de comprobarse la amenaza que supone el terrorismo de corte islámico, que ennegrece el proceso de entendimiento con la comunidad musulmana. La sociedad civil siente hoy un mayor recelo hacía el mundo árabe que hace unos años, sin embargo las instituciones no han de verse afectadas por lo que no son más que prejuicios, y que pueden menoscabar los derechos fundamentales de ciudadanos tan dignos como los europeos cristianos, judíos, ateos, etc.

Pero los problemas se presentan en muchos otros aspectos. La influencia de la Iglesia católica en España, por ejemplo, es altísima. La asignatura de religión en los colegios está siendo una de las polémicas del gobierno ZP, y planteamientos y realidades como los matrimonios gays, el aborto y la eutanasia, cuentan con una dura oposición por motivos religiosos. En el caso de los matrimonios entre homosexuales la ampolla se ha abierto con la Iglesia Católica, y con buena parte de la población española, que profesa esta religión mayoritaria. Sin embargo, la guía no pueden ser los dogmas católicos ni la fuerza de las costumbres. Europa se asienta sobre una serie de derechos, los derechos humanos y fundamentales, que son la base de la sociedad democrática en la Unión y que la convierten en un conjunto de estados sociales, y no sólo liberales. Porque como hemos dicho antes, Europa es hija de la contemporaneidad, pero igualmente del sufrimiento conjunto de dos guerras mundiales que la devastaron. La unión también nace del deseo de convivencia pacífica y de los valores que occidente enarbola como suyos desde entonces, y entre los que se incluye la laicidad del Estado y la no discriminación por motivos religiosos. Las dos puntas de una cuerda que se tensa.

Para la distensión es imprescindible por un lado, no confundir términos, no tomar la parte por el todo, ni el todo por la parte. Me explico. El velo es un símbolo de sumisión de la mujer al hombre en la sociedad musulmana. Pero también es un elemento propio de su cultura. La lucha contra los símbolos es falta de talante, porque incurre en el “pecado” del occidentalismo, en imponer la homogenización de la sociedad hasta en su propia apariencia. Ahora bien, es importante legislar con firmeza respecto a la discriminación. La ablación del clítoris, por ejemplo, no sólo discrimina a la mujer en el plano sexual, sino que amputa su propio desarrollo femenino. Éste es un valor que ha de defender Europa con severidad, porque forma parte de su propia base. Ahora bien, la ablación es una práctica que, de hecho, ocurre en nuestro país y en otros países de Europa. A los hospitales acuden niñas con graves problemas hemorrágicos debido a las condiciones clandestinas en que se lleva a cabo la escisión, por lo que los elementos a tener en cuenta son muchísimos. La mayoría de imanes presentes en nuestro continente mantienen, desde sus tribunas, discursos inofensivos, pero la alarma saltó a causa del aliento a la “guerra santa” que, por parte de algunos de estos líderes, se ha dado. Acertar en la legislación adecuada es difícil.

Son múltiples los matices y las apreciaciones, y se requiere un equilibrio legal que no puede ser fruto del trabajo de juristas aislados. Parlamentarios, expertos en derecho, líderes religiosos y civiles han de fomentar un acuerdo en materia religiosa. Y este acuerdo debe ser a un nivel superior al nacional por muchos motivos, entre ellos, la fuerza que ofrece el trabajo conjunto de las instituciones y una coordinación capaz de consolidar una política de ese calado. La puesta en común de experiencias y culturas tan heterogéneas como las que habitan Europa es positiva para el afianzamiento de su ciudadanía. La convivencia, el respeto y el mutuo enriquecimiento son, no sólo deseables, sino también necesarios.

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