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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Los preparativos

Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
sábado, 30 de junio de 2012, 08:07 h (CET)
Ahora que estamos a punto de que sea puesto en marcha el reloj sirio-iraní, parte final de la Operación Finis Initium, me parece que cobra un especial interés este fragmento de mi novela "Tetragrammaton" (capítulo 20), escrita en 2008. Pueden, si lo desean, leer gratuitamente la novela completa en www.angelruizcediel.es

                Había que hacerlo, y, conociendo el tiempo que restaba, lo planifiqué todo meticulosamente. Creía saber qué era lo que deparaba el porvenir y cuáles eran los pasos maestros de los dioses, cosa que no me fue nada fácil de averiguar. Hubo que ser muy cauto, muy medido y estar muy atento a todos los movimientos y a todas las informaciones que llegaban a Inteligencia, porque lo mismo cualquier paso en falso me hubiera conducido a una muerte segura que la falta de una pieza en aquel complejo puzzle me hubiera impedido desarrollar con eficacia mi estrategia. Sin embargo, pieza a pieza, fui completando tanto el conocimiento exacto del plan de mi dios como el mío.

Demasiados contratistas, demasiadas empresas que hacían apenas unas obras que formaban parte de otras obras mucho más complejas. Se iban unos, aparecían otros, y así durante meses y meses, y no sólo en una parte del país o en unas instalaciones, sino en todo el ámbito nacional: Área 51, Blue Hills, Iron Mountain, Black Creek, Colorado Spring... Los volúmenes de dinero que se movían eran enormes. Nunca había visto moverse tantísimo dinero, y siempre aparecían esos fondos al mismo tiempo que las crisis económicas. La primera fue hace mucho, en los ochenta, y tenía ya guardada en mi ordenador buena parte de la Historia; la segunda fue al principio de los noventa, en que algo sucedió que obligó a apremiar los trabajos; y la tercera y última desde que se ejecutó “Finis Initium”. Enseguida pude ir atando los cabos de las fiebres constructoras y las crisis económicas, los recursos que utilizaba mi dios y sus dioses tributarios para usurpar los bienes de los erarios sin que la ciudadanía se enterara. Para eso tenían la televisión, las catástrofes controladas que movían la solidaridad y los casos puntuales que centraban la atención de las gentes en objetivos muy distintos adonde los dioses estaban metiendo las manos. Los ciudadanos vegetaban afanosos a ras del suelo, mientras los dioses excavaban. Y, para el último impulso —o lo que a mi me pareció que lo era—, la gran crisis global que no sólo amiseriaba a todo el planeta a la vez, sino que ponía al frente de no pocos gobiernos a algunos de los hombres de Tetragrammaton que pertenecían a algunos de los grupos satélites, sin que ni siquiera hubieran sido votados. En condiciones extremas de pánico, las masas ni siquiera razonan, y los medios, siempre suyos, pueden convertir en verdad las mentiras que no cesan de repetir.

En fin, hubo recursos suficientes para todo tipo de obras, y luego, después de que las partes principales de aquellas complejas obras estaban hechas, terminada la construcción de aquellas enormes ciudades que extendían sus redes como una araña subterránea o el cubil de oscuras fieras, aparecieron los militares para cerrar los tramos intermedios, los nexos de unión, y, por último, comenzaron a aparecer los proveedores, trayendo insumos para un ejército numeroso que bien podría librar una enorme batalla durante muchos, muchísimos años. ¿Para qué todo esto?...

                El mapamundi de la febrilidad iba desde Oriente a Occidente y desde la Antártida hasta Groenlandia, pero sólo donde Tetragammaton imperaba o donde los dioses locales servían a mi dios. “Finis Initium”, pensé. El nuevo orden se avecinaba, tal vez coronando la meta que Von Stauffenberg y los suyos no pudieron alcanzar en la II Guerra Mundial, cuando al dios de plastilina que ensalzaron para lograrlo se volvió loco y se salió de sus esquemas. Mi dios, sin duda, tenía mejor controlada la situación y había tenido tiempo de definirla con mayor inteligencia, como todas las operaciones llevadas a cabo por Tetragrammaton desde entonces lo corroboraban.

Hacía tiempo que cayó en mis manos de forma casual una ejemplar del Proyecto 2000 que se desarrollara en los años setenta, en el que un grupo de expertos proponía la necesaria reducción de la población del planeta a esa máxima cantidad de millones de seres humanos, y donde proponían una serie de técnicas para lograrlo, entre las cuales se encontraban varias de las que mi mismo equipo se había encargado de poner en marcha, relojes que ya estaban funcionando. Era ése, aparentemente, el número de seres humanos soportable por el medio, y al que todo parecía indicar que mi dios daba crédito y había decidido ajustarse, asumiendo una responsabilidad que los dioses precedentes habían ido demorando. Una tarea divina para la que había nacido, precisamente, Tetragrammaton. No éramos sólo los relojeros de la economía: en realidad éramos el reloj mismo de la vida, el brazo práctico que elegía quién y cómo vivía y moría, ejerciendo el papel de la selección impuesta por la mente divina.

Una serie de acciones enfocada a, tal vez, salvar al mismo planeta y a la misma sociedad de la hecatombe, implantando un nuevo orden y un control de la población que, al mismo tiempo que eficaz, fuera aleccionador, pues que borraría todos los valores anteriores y establecería unos nuevos desde las ruinas de sus predecesores. Las ciudades antiguas se levantaban siempre sobre las que las precedían, y muchos arqueólogos encontraron que los cimientos de unas eran las ruinas de las otras, hasta siete u ocho ciudades superpuestas. Mi dios estaba por construir una nueva ciudad, tal vez la Jerusalén celestial de la que hablaban algunos Libros Santos, desde las ruinas del orden precedente.

                En ninguna parte había una suma de información. Todo, como era el método habitual, estaba dividido hasta donde era necesario, facilitándose a cada Área la cantidad exacta de información mínima imprescindible, de modo que ninguna supiera qué sentido tenía el conjunto de las acciones. Mi dios, a veces, me daba la impresión de que a fuerza de no valorar nuestra verdadera eficacia, ignoraba las cualidades que teníamos. Algunos —al menos yo—, éramos relojeros expertos y sabíamos ir uniendo pequeños mecanismos; pero yo no era el único.

En Tetragammaton no se hablaba nunca del trabajo, estaba prohibido como lo estaba la amistad o el amor. Incluso en Inteligencia. Precisamente en Inteligencia más que en ninguna otra área, porque nosotros éramos el alma, el corazón de Tetragrammaton, donde la fidelidad era más exigente y donde se urdían los planes generales que los especialistas de campo llevaban a cabo. Sin embargo, no estaba solo, y supe que uno o dos hombres de Tetragrammaton estaban también reuniendo piezas, tal vez porque se temían como yo que iba a dar comienzo una III y última Guerra Mundial en cuanto mi dios completara el plan, y estaban poniéndose a salvo. Una guerra de exterminio en la que sólo unos cuantos verían el “Finis Initium”· de la nueva era, y querían o queríamos asegurarnos una plaza.

Looking Glass, Yellow Cube y otros mil ingenios de tecnología avanzada lo habían predicho: la Ecuación del Fin del Mundo era real, inevitable, y las líneas de tiempo, todos los futuros probables, se reunían a finales de 2012. El tiempo se consumía y se aceleraba, y, probablemente, para esa hora final, para el momento Omega, era necesario menguar drástricamente la cantidad de potenciales adversarios disminuyendo la población mundial mediante una guerra de exterminio. ¿Qué más daba, si ya estaban todos, en realidad, muertos, aunque no lo supieran?... Y todo apuntaba a Medio Oriente, a Siria o Irán, adonde se habían desplazado ya nuestros mejores relojeros.

Dejé de creer en mi dios por entonces. Ni éste me servía ya. Había visto lo bastante, había hecho lo bastante; para mí ya todo era lo bastante. Sólo una cosa me quedaba por hacer, y por conseguirlo estaba dispuesto a jugarme el tipo. Era una misión más, aunque la única que me había encargado a mí mismo. Mi dios, después de todo, también se ocupaba de librarse a sí mismo, de asegurarse un pedestal desde el que ser adorado por una masa de estúpidos que le reverenciaran como santo, cuando tenía las manos tintas en sangre. Yo la había vertido por él, pero la misma sangre que me enlodaba las manos, a él le enfangaba el alma. No; no más dioses. Superviviría cumpliendo su papel, pero precisamente para llevar a su último efecto mi papel.

Todo tenía sentido: lo febril de las obras se correspondía taz a taz con lo profundo de las crisis que generaban los haberes y todo ello con los muchos ensayos bacteriológicos que habíamos estado llevando a cabo en África y en otros mil rincones del mundo, y con las armas de cuarta generación que eran capaces de producir terremotos o cambiar el clima o atacar una etnia o a un tipo específico de personas. Desconocía el orden en el que mi dios pondría en marcha los acontecimientos, pero podía medirlo por el avance de las obras y las entregas de insumos por parte de los proveedores al Ejército, que era el receptor y la máscara de mi dios.

Un día, teniendo la certeza de que un hombre de otro Área estaba indagando como yo acerca del futuro exacto que se dibujaba, puse a su alcance como si fuera un descuido una información que sabía valiosa. Me la jugué: si me denunciaba, estaba muerto; si la aceptaba, tenía un socio de intercambio. Fue, por suerte, un socio. Pronto fuimos cinco, como las puntas de Tetragrammaton, cada uno de un Área. Siempre desconfiando y con pies de plomo, nos fuimos facilitando datos; siempre de forma casual, sin intimar, sin preguntar, sin decir palabra. Allá cada cual qué hiciera con ellos. Así establecí la base para poder urdir mi plan.

                Más o menos, según el avance de las obras y la previsión de tenerlas completas, calculé que restaban unos años, justo hasta fines de 2012. Con cada misión que destacábamos, una parte de material iba quedando fuera de inventario: un poco de gas, unas armas, cierto equipo... Llevaba ya demasiado tiempo en Tetragrammaton como para moverme dejando huellas, y tenía a mi alcance más recursos que el Cuerpo más avanzado del Ejército. Dinero, no me faltaba: buena sangre me había costado, y pude abrir dos o tres negocios allá, en España, y comprar unas cuántas viviendas a nombre de mis propias sociedades.

El esqueleto de mi plan fue vertebrándose lenta pero firmemente, irguiéndose de mi afán como un Golem con ansias de vida. Febrilmente, en mi tiempo libre, perfilé cada paso, definí cada reacción, allané cada rugosidad del camino por el que emprendería mi último viaje, y un día, casi por casualidad, supe verdaderamente cuál era el objetivo de mi dios. No; no era la III Guerra Mundial, ni siquiera poner en planta el Proyecto 2000. Ni mi dios, a pesar de sus obras, tenía garantizada la supervivencia. Era la desesperación lo que le embargaba, era el pánico el motor que movía su tictac, el saber que quizás tendría que encarar muy en breve a otro Dios, el Dios, a Dios. Todo lo demás, siendo cierto y estando ya en marcha, eran actos desesperados por evitar lo inevitable, por negar lo innegable como un suicida cree que se librará de su culpa con la muerte, cuando eso sólo lo multiplicará porque él mismo multiplica el daño.

¿Qué más daba ya todo?... Bueno no, no todo: había algo que sí importaba. Entonces fue cuando apuré mis planes, e incluso con algunos por definirse todavía abandoné a Tetragrammaton y desaparecí. Viajé por el mundo para despistar a los míos y preparar algunos criterios de aseguramiento, además de dejar mensajes silenciosos que podrían conocer mis dioses cuando se encerraran en las salas de sus tronos, y, luego, cuando me sentí seguro de poder culminar mi plan, arribé en España: quedaban apenas doce meses para que el pavor de mi dios mostrara sus garras.

Tetragrammaton, temiendo que hiciera pública su debilidad, envió a lo más granado de nuestras fuerzas a sellar la grieta, y me persiguieron, pero no pudieron encontrarme. Sabían en qué país estaba, pero no dónde. Eran hombres muy capaces, excelentes relojeros a los que yo mismo había formado; pero, por ello mismo, conocía cómo operaban, de qué sistemas se valían y qué recursos podrían utilizar para tenderme una emboscada. Era difícil que los aprendices pudieran sorprender al maestro, especialmente si el maestro relojero contaba con todas las herramientas, y yo las tenía.

                Doce meses perseguido, son doce meses divertidos. En mi profesión eso es un aliciente, un juego que combate el tedio de un plan demasiado masticado. Hay ciudadanos comunes a quienes les gusta jugar a la guerra con balas de pintura; se van a un campo, se disfrazan, y se persiguen hasta darse una muerte imaginaria. En mi orden era un poco lo mismo, pero sin imaginación alguna, sin chistes ni sonrisas, sin una posibilidad de fallar si se quería estar en el juego.

Y jugué. En realidad, ahora que conocía qué esperaba a la vuelta de la esquina, supe que siempre había estado jugando a la paz y a la guerra. Mover las sociedades no es difícil si se cuentan con las herramientas adecuadas, e ideé un juego que moviera más piezas de las necesarias. No era una modificación del plan, sino una simple alternativa, añadir unos árboles al bosque para un mejor camuflaje. Para un maestro en estrategia complicar el juego es una ventaja. Después de todo, toda aquella gente no era más que carne, todos éramos carne a secas y siempre lo habíamos sido, incluso cuando lo ignorábamos. Sí; eran carne, como sus vidas mismas eran piezas en un tablero que ni siquiera comprendían, al que ni siquiera valoraban más allá de la capacidad de sentir placeres o dolor más allá que cualquier otra especie del planeta. Los sentidos, como siempre suele suceder, confundían la inteligencia.

                Jugué, pues, el juego, mientras encaminaba mis pasos hacia el objeto de mis querencias. Ahí estaba Toni, como un ratón en su laberinto. Era divertido. Podía verle rumiar sus propios pensamientos sin comprender qué había cambiado en su vida sin que su vida hubiera cambiado para que ahora todo fuera distinto. Podía seguirle por las calles sin moverme de mi apartamento, tan cerquita del suyo que podía oler sus guisos... o esa comida de lata a la que era tan aficionado. Conocía todo lo de su vida a grandes rasgos y hasta con detalle emocional, según el perfil suyo obtenido por el sistema de sus visitas a Internet; pero ahora podía darle aroma de vida, meterme en su parte más profunda y personal y husmear. Podía seguirle por la ciudad mientras se afanaba en perseguirme, sabiendo como sabía que era el cebo de mis adversarios. Sin embargo, quería protegerle de un tropiezo o de una torpeza: Tetragrammaton no solía fallar ni perdonar cuando era descubierto. Me hacía falta vivo, y protegí su vida. Es la única vida que he protegido; pero lo hecho para que fuera la pieza de mi tablero que representaba. Parte del juego.

                Había llenado su casa de microcámaras, y sabía de su paz y de su guerra, de la cara que mostraba al mundo y de la que ocultaba entre las paredes de aquel departamento. Conocía la ubicación exacta de sus cicatrices, la herida de bala en aquel tiroteo de hace quince años, la operación de páncreas que descubrió el cáncer terminal y hasta la marca que le dejó Aurora cuando discutieron porque se separaban y quiso impedirlo por la fuerza. Lo sabía todo.

                Lo demás, lo que no dejaba cicatrices aparentes y hasta es posible que ni siquiera facturas o recibos, también lo sabía. Estaba al tanto de sus deseos por su esporádica pasión onanista, y hasta de su odio hacia lo que representó Aurora siéndole infiel con un travesti. No era homosexual, pero así traicionaba su memoria, un recuerdo que le abrasaba entre la pasión y el desprecio. Le vi y escuché cómo amaba a otras mujeres, alquiladas o sinceras, en alguna noche de sábado. Ninguna de ellas le servía, no había más que ver su premura por librarse de ellas, su sufrimiento enorme por simular un afecto que le dolía, tal vez porque todas le recordaban a ella, a la misma que un día le abandonó después de que él me hubiera abandonado, consintiendo que me despeñara por un universo de tictacs y de sangre.

                Aquél era mi amigo de la infancia, el objeto último de mis deseos. ¿Le quería?... No sé si le quería ni si le quiero; sé que no me complacía en su sufrimiento. Si eso es querer, le quería. Sin embargo, también había algo de deuda pendiente, de ánimo de revancha, y enfrentarle cara a cara fue para mí una experiencia. En su semblante revejido, marcado por muchos sufrimientos y sin vestigios ya de ningún beso verdadero, vinieron a reunirse muchos recuerdos; pero les cerré el paso, deteniéndolos antes de que se desbocaran. Una experiencia.

                Hay veces, como ahora cuando le veo medio asustado yendo de un sitio a otro intentando comprender lo que seguramente no podrá, que siento cierta conmiseración por él, y me sorprende, porque no suelo sentir algo como eso. Tal vez es demasiado ardua la tarea que le he impuesto, o tal vez se siente desorientado porque he cerrado la puerta de regreso a su vida de rutinas mezquinas; pero era la única forma que tenía de que comprendiera, de que supiera que ya se agotó el tiempo de las rutinas, de las normalidades..., el tiempo mismo.

Hay un reloj sin esfera que desborda ya la hora veinticuatro. ¿Qué hicimos con ellas?..., ¿en qué las empleamos?... Cada vida se aferra a la vida, pero ignora para qué. Se enfrenta a su hora, a la hora, y, en ese balance, casi todos reconsideran y comprenden que hubieran querido vivir de otra forma, alentar sus osadías..., pero ya es tarde. ¡Cuantos relojes he parado que quisieron seguir funcionando!

Toni sufre, piensa, considera sin duda que tiene un problema enorme, acaso ocultando el problema no menor de la muerte que le acecha. Le veo a través de las cámaras públicas que hay instaladas por todas partes, escucho sus llamadas telefónicas, y sé que aún confía en respirar un poco más, en latir un poco más, en sentir un poco más, siquiera sea para sus naufragios onanistas o para ese amor de hombres que se entregan una criatura medio femenina, medio masculina, en la que el semen de la vida misma es inútil. Sé que no quiere morir sin darle sentido a su vida, un sentido que nunca, ni cuando tuvo a su propia hija, ha tenido; pero ignora que ese sentido lo he estado ahorrando para él, que he acopiado el más dorado de sus sueños, el que nunca llegó a saber siquiera que tenía.

                Tengo una pluma que le pertenece, tal vez la pluma de la inocencia que perdimos un día en un orfelinato, o tal vez la que dé sentido verdadero a su vida y le permita volar el mismo día que el mundo sucumba y yo me hunda para siempre en la fosa terrible del olvido.
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