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La dura realidad de una España europeizada

Carlos Sánchez Ponz
Redacción
lunes, 27 de junio de 2005, 04:07 h (CET)
Mientras los políticos de nuestro país no dejan de mostrar su dialéctica más estudiada para convencernos de los beneficios de tener una Constitución Europea que nos integre a todos, lo cierto es que cada día se acentúan más las diferencias entre aquello que en los últimos años se ha denominado, y además correctamente, la Europa de primer nivel y la del segundo.

Si con el Tratado de Niza, España podía presumir de tratarse de igual a igual con las grandes potencias del continente, por lo menos en lo que a peso político se refiere, la comparación actual en cualquier parámetro socio-económico entre nuestro país y cualquiera de los de su entorno es para echarse a temblar.

Elijamos algunos para explicar con más claridad este desgraciada realidad. Fijémonos en primer lugar en uno que atañe a la realidad más cercana de los ciudadanos de clase media, en especial de los jóvenes y de los emigrantes: el salario mínimo. Cualquier persona mínimamente cultivada entenderá que potencias como Francia, Alemania o el Reino Unido disfruten de unos salarios mínimos cuantiosamente mayores que el registrado en España. No en vano, el nivel industrial y la riqueza de cada uno de ellos es ampliamente superior a los nuestros, por lo que no sería justo tratar de lograr que nuestro país se asemejara a sus convecinos al menos en este punto. Lo sorprendente, sin embargo, es que en relación a otros países de nivel económico semejante al nuestro disfrutan de un salario mínimo superior en más del doble al español; es el caso de holandeses y belgas. Pero la cosa no acaba ahí, griegos e irlandeses, normalmente por detrás nuestro en productividad y PIB también nos doblan en este dato. ¿Les parece raro?

Pensemos ahora en el salario medio anual que se gana en España respecto al sector industrial y al de servicios. Más de dos tercios de la población activa de nuestro país trabaja en alguno de estos dos ámbitos, por lo que este es un buen dato para tener en cuenta. Bien, pues un trabajador español gana de media poco más de 19.000 euros, unos 3 millones escasos de las antiguas pesetas. Hay que recordar que en este dato están recogidos los sueldos de los directivos y los cargos más notorios de una empresa, por lo que una masa no desdeñable de trabajadores cobra mucho menos de la media.

¿Pero que podemos esperar de nuestros ‘hermanos’ europeos? Bueno, baste con decir que el siguiente por encima nuestro es nada menos que Italia, cuyo salario medio, apunten bien, es de más de 24.000 euros anuales (casi un millón de pesetas más que en España), aunque pequeño en comparación con otros como el de los alemanes (34.600 ), irlandeses (más de 30.000) o británicos (36.100 euros). Los líderes de la lista son los noruegos, que cobran de media 42.500 euros, mucho más del doble que nuestros trabajadores.

Muchos expertos en Economía, especialmente aquellos que de una u otra manera dependen del Gobierno, argüirán que en España los sueldos son más bajos pero que en cambio el coste de los productos son también significativamente menores que en el resto de la zona Euro. Pero de nuevo, la razón vuelve a darles la espalda. Analicemos productos de primera necesidad y por tanto de uso diario y habitual. El brick de leche cuesta en los supermercados de nuestro país unos 70 céntimos de euro, un precio barato. ¿Cuánto les costará entonces a los franceses y a los alemanes que disfrutan de un poder adquisitivo mucho mayor? Y la respuesta es que les cuesta... exactamente lo mismo, 70 céntimos.

Y lo mismo sucede prácticamente con la gran mayoría de los productos: huevos, pan café, carne,... Mientras la inflación se dispara en España (aún recordamos con temblor aquel 2002 en que llegó el euro a nuestras casas... y se fue de nuestros bolsillos), el conjunto de ingresos de los españoles se estanca. Vivimos con el mismo dinero pero todo a nuestro alrededor es mucho más caro. No es hora de señalar culpables presentes o pasados, pero sí de denunciar una realidad nada halagüeña para nuestra vida diaria. Busquemos entre todos soluciones para que de verdad Europa sea un solo ente, y no sólo un conjunto de normas vacías escritas en una Constitución en la que la mayoría de europeos no creen.

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