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Asalto a la ética

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
miércoles, 22 de junio de 2005, 04:15 h (CET)
El atraco a la ética nos deja sin aliento. O lo que es lo mismo, sin poesía viva que nos aliente realidades, revele lo escondido, despierte la voz enterrada, suscite revelaciones y rebeliones, lenguaje y verdad, pasión y vida en un mundo de sombras que vive más en el desencuentro que en el encuentro. Hace falta dar luz y revestir de versos los vestidos falsos del alma. Donar conciencia, en definitiva. Antes con humor (ayuda a vivir) que con ironía (puede matar), por pura consideración; sobre todo, la opinión pública, que ejerce un poderosísimo influjo en la vida de los ciudadanos, debería esforzarse más en formar y difundir una recta opinión. Por desgracia, existen y coexiste una legión de manipuladores, sin corazón alguno, que son capaces de rajarte el alma a traición.

Cuidado con las agitaciones contrarias a normas escritas en los pétalos del aire, con tergiversar el abecedario del universo, apropiarnos de semánticas y pasar de escuchar la voz que nos nace del interior de cada cual. De hecho, los conflictos en esta sociedad consumista que vivimos, se avivan, en parte debido a una falta de ética total, en cuanto a justicia social, falta de solidaridad con los desfavorecidos de todo el planeta y abandono del medio ambiente. El progreso humano pasa por tomar conciencia de los derechos fundamentales en los que se refleja su dignidad original. Un baño de ética es lo que precisa el mundo para que los aires se calmen y colmen de humanidad, empezando por ejemplarizar humanamente instituciones de servicio ciudadano. Estadísticas recientes nos dicen que son muchos los españoles que se sienten ninguneados por diversos poderes fácticos.

La fuerte carga de relativismo que soportamos, bajo una falsa y farsante ética, deja al ser humano a la deriva, con un montón de trastornos psíquicos. Cuando pensábamos que los avances científicos nos llevarían a mejores condiciones de vida, resulta que la muerte por fallos médicos ha aumentado en los últimos tiempos. Pensábamos que lo económico podría ser un factor básico para el desarrollo social, pero el mundo empresarial, en la mayoría de las veces, le importa más la ganancia empresarial que el trabajador. Creíamos también que la sociedad de consumo nos iba a dar mayor bienestar a todos y lo que se acrecientan son las desigualdades. La política social es más política de captación votante que reparto de bienes a los más necesitados. En la misma línea de contrariedades, nos encontramos con legislaciones nada sensibles al orden moral. La honestidad de algunos gobernantes, a juzgar por sus actuaciones, parece que se la ha robado el ratón Pérez.

Oponerse, pues, a hechos corruptos como a disposiciones contrarias al sentido común, pienso que es lo más razonable cuando alguien pretende alienarnos a su capricho. Es un puro acto de ética. Eso de que solapadamente el poder nos arrebate el yo como monigotes de feria, conlleva una maldad y rudeza desmedida. Cuando el comportamiento se vuelve incivil, surgen dificultades que resultan difíciles de atajar. Hay que escuchar todas las voces. Y respetar todos los pensamientos. Precisamente, la crisis que ahora atraviesa Europa, sería más fácil de solventar si la unión se hubiese fundamentado en los valores éticos y en las raíces de su historia.

En cualquier caso, todas las personas de ética estamos empeñados en una tarea tan compleja como apasionante: llegar a ser miembros de una especie dotada de dignidad plena. Esto no es una realidad, es un proyecto creativo continuo y constante. Lo que debe hacernos sentir vivos, comprometidos e implicados en otro mundo más justo y solidario. Hoy por hoy, los pronósticos sobre el futuro de la humanidad son más bien negros. Dicen que por no tener, no vamos a tener ni agua en abundancia. El gobierno se ha dado cuenta de que el agua es un bien escaso y ha librado unos millones de euros para llevar a los ciudadanos, un mensaje de ética: “Pon tu gota de agua. Gota a gota se hace el río”. Habrá que también educar para ello, para que compartir trasvases deje de ser un trauma. Por lo pronto, la batalla del agua hierve ahora en el Tajo. En Castilla-La Mancha dicen que sólo compartirán “para beber”. En Murcia lo piden con datos en la mano: los embalses de la cuenca del Segura casi están secos. Lo de siempre, una España húmeda que debe ayudar a la España seca, cuestión de lógica.

Por esa sensatez, volviendo a la pérdida de éticas que los rompedores tiempos nos ofrecen, pienso que sería procedente propugnar y promover una pedagogía basada en los afectos para reintegrar conductas hacia una atmósfera que nos acreciente el optimismo, para no vivir en precario. Lo educativo tampoco funciona. En las aulas ya no se enseña ética ni buenos modales, sino defensa personal ante el diluvio de violencias. Habrá que pensar en organizar una manifestación festiva en Madrid un sábado próximo, que aglutine a todas las ciudades de España, reclamando planes educativos más eficientes para nuestros hijos y el derecho a que no se nos usurpe el sagrado derecho que tenemos los padres a decidir cómo queremos que eduquen a nuestra prole. De momento, la resignación a tantas felicidades perdidas, por falta de ética, es lo que nos salva.

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