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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Yo soy español, español, español

Una impetuosa corriente patriótica recorre los campos patrios, gracias a las inefables hazañas de La Roja
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 28 de junio de 2012, 07:12 h (CET)
“Yo soy español, español, español”, corea enardecida y feliz una ingente masa ciudadana adobada con toda suerte de los indumentos más característicos (o no) de este recio pueblo celtíbero y pintados con los colores de guerra patrios,  mientras por doquier flamean las enseñas nacionales (con toro) como en un inmenso y fenomenal coso taurino. “Yo soy español, español, español”, cantan hasta altas horas de la madrugada legiones de patriotas, dispuestos a dar lo mejor de sí mismos en gozosa algarada, incluso sus propias vidas si fueran precisas, por esta Roja que ha infamado el sentir nacional hasta convertirlo en un orgullo innato y ancestral que hace efervescer las sangres y brotar de pura emoción las lágrimas en los limos. Qué digo orgullo: soberbia, endiosamiento, ultrasatisfacción por el grado de pertenencia que corresponde a este inefable 11 que ha sabido enfrentar (y vencer) a las más prestigiosas y potentes selecciones de un mundo que se nos queda estrecho de sisa y dos tallas pequeño.

No sólo en los ámbitos patrios se escucha el sentido “Yo soy español, español, español”, sino que se hace eco y resuena clamoroso en todos los rincones de este menguado planeta que no tiene el honor de ser co-partícipes de La Roja, bien sea a través de esos forofos ilustres que van esparciendo nuestra más característica risión por esos países de Dios, o ya gracias a esa infinita cohorte de emigrantes expulsados del horizonte del trabajo español, quienes han tenido que marchar de su patria a buscarse la vida, porque dentro de esta mancillada de piel de toro (excepto para el fumbo) no tenían la menor oportunidad de encontrarlo ni ahora, ni en el resto de sus impositivas vidas. No importa. Igual corean como un eco de eternidad el “Yo soy español, español, español” emocionadamente, esparciendo con su voz los horizontes gloriosos de esta España de los mercaderes y de quienes dan patadas a las pelotas.

El mundo es nuestro, el orgullo es nuestro, el futuro no, ni siquiera el presente, sino de una colección de delincuentes que desde dentro y desde fuera se apropian de nuestros haberes presentes y futuros (por decenios y decenios) y están descuartizando al queridísimo país, gloria del fumbo uliversal, para entregar su soberanía a toda esa mafia internacional de gánsteres. No importa. No importa nada: ni el desempleo galopante, ni la enorme corrupción, ni el bandidaje político, ni siquiera la golfería institucional que sufragan con sus carestías e impuestos los nacionales de a pie, ésos mismos patriotas que están como una pascuas cantando: “Yo soy español, español, español”.  Debe saber el mundo lo contentos que estamos, lo bien que nos sentimos porque esa sentida Roja, esos muchachuelos multimillonarios que hacen como dioses sus fortunas a patadas en las pelotas, nos erijan por esos mundos de Dios en los campeones que somos, alcanzando los primeros puestos en los rankings del fumbo internacional como ya lo estamos en los de la ruina, el desempleo mundial, la ingente cantidad de ciudadanos que tienen que alimentarse de caridad, la corrupción, la esquilmación y la delincuencia bancaria. Somos los primeros ya en casi todo, siendo a diario portada en casi todos los medios mundiales –que se hable de nosotros, aunque sea mal-, bien sea porque tenemos la deuda más impagable de Occidente, bien porque tenemos más parados en España que en el conjunto de Europa, bien porque tenemos la mayor cantidad de golfos políticos que viven a costa del Erario (de los que cantan "Yo soy español, español, español") que cualquier otro país del planeta. “Yo soy español, español, español”, cantan y cantan, como cigarritas dichositas.

Estamos felices, somos gozosos miembros de una comunidad tan nacional y patriótica que donamos sentidamente nuestra sangre a los cabestros políticos que nos arruinan el futuro, porque ya estamos en la final, pudiendo ser que el domingo –Dios y la patria rojigualda mediante-, seamos campeones de Europa una vez más, otra vez más, por tercer año consecutivo campeones de Europa y del mundo y de la galaxia y hasta del cielo de los animales. “Yo soy español, español, español”, resuena en las noches urbanas, merced a una marabunta patriotera de ilusionados ciudadanos de poco trabajo, muchos impuestos y menos expectativas de futuro que un condenado a muerte, bajo la atenta y complaciente mirada de la feroz y patriótica policía antidisturbios, quienes se gozan de pastorear a esta masa feliz que bala, aunque si estos mismos clamaran por trabajo o por derechos o por Justicia, ya les balarían de otra manera, que quien paga, manda.

Narcotizada por el placer de la victoria patria, las masas enfervorizadas recorren las calles tumultuosamente flameando enseñas, entretanto en las cocinas del poder los cabestros negocian la desaparición de esa misma patria y se regula cuánto más van a saquear a esos patriotas que tan bien se lo están pasando. “Habrá que bajarles el pienso, pues que tan contentos están”, llega a reflexionar (es un decir, claro) alguno de los cabestros. Y se reafirmó: “¡Joder!, tan mal no hemos de estar haciendo, no hay más que verlos.” Y tiene razón, porque, pelillos a la mar, ¿qué importa el desempleo que nos corroe o la miseria que se enseñorea de los páramos sociales, los impuestos abusivos, el atraco impositivo o que esta democracia sea una férrea dictadura encubierta con sus siervos y perros de presa atentos a que sólo se calme “Yo soy español, español, español”?... Nada, por supuesto: no importa nada. Sólo importa que estamos ya en la final, y que el domingo, el día de Dios, lo mismo nos convertimos en dioses y hasta subimos en cuerpo y alma a los cielos.
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