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Etiquetas:   A vuelapluma   -   Sección:   Opinión

Refugiados

Eva Mateo Asolas
Redacción
miércoles, 22 de junio de 2005, 04:15 h (CET)
“Escapar, descalza, a través del desierto. Sobrevivir, comiendo raíces e insectos. Ahora, su hogar es una tienda de campaña. Se necesita valor para ser refugiado”. Éste es uno de los lemas que ACNUR ha escogido este año para hacer sonar la alarma en torno a un grave problema humanitario: se calcula que en todo el mundo hay unos 50 millones de refugiados. Cincuenta millones de desplazados, de gentes sin hogar, que viven en tierra de nadie, en ocasiones lejos de sus familias y con amenazas de muerte pendiendo sobre sus cabezas.

Tan sólo dos días antes de la quinta ampliación, la Unión Europea aprobaba la Directiva de Procedimientos de Asilo, el último instrumento legal que ampara a los refugiados. Sin embargo, legislaciones nacionales restrictivas, detenciones, interceptaciones en alta mar (todos recordamos las angustiosas imágenes de la travesía de pesadilla que vivieron varios inmigrantes africanos que intentaban llegar a suelo italiano, ante el absoluto rechazo de las autoridades) rompen con la antigua tradición europea de hospitalidad a los refugiados. Se calcula que en Europa, hasta un 60% de los demandantes de asilo lo obtuvieron sólo después de apelar, lo que demuestra las reticencias que existen para aceptar a estos desplazados.

En España se recibieron el año pasado más de 5.000 solicitudes de asilo. Sólo se concedieron 166. De hecho, somos el país de Europa que acoge menos refugiados. Nuestro país, nuestro gobierno, está dispuesto a acoger la inmigración “económica”, ésa que nos ayudará a mantener nuestras pensiones del futuro. Sin embargo, cierra las puertas a otro tipo de inmigración, la llamada “política” porque en muchos casos se trata de hijos de las guerras olvidadas o de personas obligadas contra su voluntad a escapar de su país de origen por haber denunciado violaciones de los derechos humanos. Son todos ellos conflictos que nos atañe a todos contener para evitar que siga existiendo la palabra “refugiado”.

Sí, se necesita valor para ser refugiado. Para salir de tu casa cuando la muerte te pisa los talones. Escondiéndote. Sobreviviendo. Y se necesita también mucho valor para avistar Europa desde un barco lleno de cadáveres que murieron de inanición o sed por el camino y ver cómo Europa te niega su mano.

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