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Etiquetas:   Bromas aparte   -   Sección:   Opinión

Tecnocracia y alienación

Ezequiel Estebo
Redacción
miércoles, 22 de junio de 2005, 04:15 h (CET)
No hacemos sino evolucionar. Hacia lo posible. Un minuto cobra valores millonarios en nuestra sociedad donde se pueden transmitir millones de bits por segundo y por ende la información, la tan preciada información que tanto se sobrevalora es paradójicamente menos valiosa que nunca, pues lo que hace un segundo era información de primer orden, un instante después ya no lo es. Por supuesto, siempre ha sido así, pero ahora además es real. Nada es real si no se manifiesta, aunque exista; y ahora, cuando las vías de comunicación permiten manifestar la verdadera naturaleza fugaz de la actualidad de nuestros conocimientos, es justamente cuando más valoramos la dichosa información.

Todo lo que se dice es. Da lo mismo cuanto de verdad haya en ello. Cualquier idea por absurda que resulte que alguna vez se diga queda cuanto menos grabada en el subconsciente, dispuesta para saltar en cualquier momento y convencernos de que lo que no es más que una idea es en realidad la verdad.

Y así, en este mundo de velocidades terminales el hombre va perdiendo cada vez la capacidad de pensar por sí mismo, pues la máquina lo sustituye en las funciones más complejas. Y pensar es sin duda una de las más complejas. Sin embargo, esto no es del todo cierto. Porque detrás de toda máquina hay un ser humano (incluso detrás de ese robot mamá que tuvo hijos también hubo un equipo humano que diseñó a la robot). Y así, aquel que controla los cauces de información controla en gran medida lo que piensa la mayoría de las personas.

El peligro de la manipulación de nuestro pensamiento no es menor. Ni siquiera somos conscientes hasta qué punto en nombre de la información masiva hacemos cosas que nos matan como personas.

Una persona llega a su casa después de un día de trabajo y pone la televisión. No hay nada que le guste, pero se acaba tragando uno de esos programas que se llaman "telebasura". El mismo le dice al día siguiente a su vecino:"chico, todo lo que echan en la tele es una mierda. La verdad, es que no hay nada que valga nada". Sin ser consciente de ello esa persona ya está matando lo que ha hecho del ser humano el más poderoso de su planeta: Su capacidad de rebelión. Ahora, ya lo decía al principio, evolucionamos; hacia lo posible. Y seguramente es aquí donde el que lea esto se dará cuenta de que no lo decía como un halago. Evolucionar es la forma lógica de subsistir. Lo que no evoluciona, muere. Pero la evolución para que sea hacia algún sitio mejor debe de ser controlada por el propio ser que evoluciona. La persona que se tragó la basura de programa no sólo no fue capaz de evitar que la basura le invadiera sino que voluntariamente se tragó esa basura. No se trataba de un trabajador que tiene que moverse entre el estiércol, se trataba de una persona que libre y conscientemente aceptó tragarse esa basura, porque entendía que ese algo que era basura lo entretenía. Da que pensar, ¿verdad?

La sociedad actual nos lleva al consumismo, pero el consumismo no es un consumismo capitalista motivado por los intereses enfrentados de las poderosas multinacionales sino por una tecnocracia extendida por todo el mundo y esparcida como un veneno en nuestras mentes.

Todo lo que se puede hacer se hará. Así reza el principal principio tecnocrático. Y estamos avocados al poder único de la imposición comunista sobre la tolerancia universal e unidireccional hacia todo lo que no sea agresivo físicamente, y por supuesto, entendiendo por agresivo físicamente sólo muy determinadas cosas porque existen muchas agresiones físicas que no se contemplan a los ojos de dicha filosofía como violentas. Partiendo de la base de que las mentes que defienden estas ideas han conseguido imponer en la sociedad una idea generalizada de que Dios no existe o bien en todo caso no es importante o a lo sumo, de existir y tener importancia, se reduce a una energía que viaja por el Universo repartiendo suerte, se puede entender sin mucho problema que a los ojos de estos embaucadores sociales el ser humano carece de cualquier cosa más profunda que la carne; pero aún dejando a Dios a un margen, olvidándose de El y estableciendo que no existiera, el ser humano sigue teniendo algo más profundo que un cuerpo hecho de materia. Digan que son reacciones químicas, pero son unas reacciones químicas muy especiales los sentimientos. Digan que son neuronas, pero tiene un alma.

La dignidad del Hombre navega así, de la mano de la tolerancia unidireccional hacia el vacío. Está ya impuesta la idea de que se ha de tolerar toda nueva idea, toda idea diferente y lo que es más, que no hay una idea mejor que otra. Me pregunto yo ahora:¿y no será que si con todos sus defectos el mundo se ha sustentado en unos determinados principios es porque estos son necesarios? Es curioso observar que cuando vivimos en el mundo de la tolerancia y el respeto, es cuando menos seguros vivimos. Los ricos son tan ricos como antes o más (han cambiado los nombres, pero siguen siendo los mismos) y siguen siendo los mismos de siempre: Los que sustentan el poder, sin necesidad de salir en la prensa y viven en mansiones donde ni la imaginación alcanza a saber qué leyes particulares rigen allí. Los pobres siguen siendo también los mismos y la pobreza la misma. Los dos tercios del mundo que vivían en la miseria, siguen viviendo en la miseria. Los pobres de a pie, en nuestras calles, siguen siendo los mismos: Los que callan por miedo, los que no tienen a quien acudir. El mundo en su laberinto, sigue exactamente igual.

La globalización completa no es posible porque la diversidad del ser humano hace que unos y otros seamos diferentes. Lo que no consiguió la izquierda con el comunismo por la vía de la imposición, lo intenta ahora por la vía de la globalización intentando vaciar las ideas de contenido en pro de un entendimiento universal, de una alienación total. Yo confío en que no lo consiga, pero está por ver y la lucha en pro de la identidad personal no ha hecho sino más que empezar.

Dijo Fukuyama que estábamos en el fin de la historia. Yo creo que estamos con mucho en el principio del fin; porque la gran batalla por las ideas no ha hecho sino comenzar.

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