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Etiquetas:   El crisol   -   Sección:   Opinión

¿Desprecio o miedo?

El problema de Rajoy es que ni él está capacitado para dirigir un Gobierno ni cuenta con los elementos humanos idóneos para realizar este cometido
Pascual Mogica
domingo, 24 de junio de 2012, 22:00 h (CET)
No es de extrañar la decisión tomada por Mariano Rajoy de no convocar este año el Debate del Estado de la Nación. Existen, a mi modo de ver, tres causas por las cuales el presidente del Gobierno ha tomado esta determinación. La primera de ellas el poco respeto, el desprecio, que le merece la Cámara Alta, la segunda el miedo escénico, el subirse a la tribuna de oradores sin saber qué es lo que va a decir sobre el estado de España, cuando él mismo no tiene ni repajolera idea de cómo está realmente la cosa y en la tercera influye también el miedo a convocar ese debate y que no pueda convencer a nadie y eso que cuenta en el Congreso de los Diputados con la mayoría absoluta. Él, Rajoy, a pesar de esa mayoría está más desarmado que sus oponentes. Es lo que les suele ocurrir a los parlanchines incompetentes.

Es natural que el miedo le tenga amordazado y maniatado. ¿Se imagina usted, querido lector, a un Rajoy subido en la tribuna de oradores del Congreso afirmando que sus recortes, ajustes y reformas han sido acertadas y que pronto recogeremos el fruto de tan “sabias” decisiones y que en ese mismo día, o al siguiente, salte a los medios de comunicación la noticia de que la Unión Europea ha decidido el rescate de España? Eso puede ocurrir.

El problema de Rajoy es que ni él está capacitado para dirigir un Gobierno ni cuenta con los elementos humanos idóneos para realizar este cometido. Eso salta a la vista. Ni él, ni sus ministros de Economía y de Hacienda, saben cómo atajar la multitud de vías de agua que se han abierto en el casco de ese maltrecho barco llamado España. Los tres, aún tratándose de un mismo tema, tienen discursos distintos y a cuál de ellos menos clarificador, más confuso, eso lo están demostrando a diario lo que da buena prueba de que, como todos sabemos, están dando palos de ciego. Basta con recordar que hace pocos, poquísimos días, se ufanaban de que ése préstamo de 100.000 millones de euros que el Banco Central Europeo concedía al FROB para equilibrar las cuentas de los bancos era “bueno para los españoles”, para ahora rectificar y pedir que el préstamo se le haga directamente a la banca ya que el mismo viene a aumentar la ya de por sí elevada deuda soberana. O sea que no era tan bueno ese préstamo, por el cual hasta el Rey felicitó a Rajoy. El Monarca tampoco se entera muy bien de qué va la película. Por otro lado, nada extraño.

En fin, lo dicho, ¿desprecio o miedo? Yo más bien me decanto por lo último, aunque si mencionamos al pánico tampoco vamos a ir muy desencaminados. Como ya he dicho en anteriores ocasiones: ¿Qué se puede esperar de un Gobierno que pasa del optimismo al pesimismo y viceversa, con tanta facilidad? Eso es fruto de una profunda depresión y de un estado anímico francamente calamitoso. Por fin, ya ha dimitido Carlos Dívar.
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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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