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Opinión
Etiquetas:   A vuelapluma  

Érase una vez Andersen

Eva Mateo Asolas
Redacción
martes, 21 de junio de 2005, 03:44 h (CET)
En cada país aparecen de vez en cuando personas extraordinarias que nos hacen soñar. Inglaterra tuvo a Alexander Fleming, quien nos hizo confiar en un futuro mejor sin enfermedades; Italia produjo al genio Miguel Ángel, cuyas pinturas en la Capilla Sixtina siguen sublimando nuestros sentidos; desde Francia, los hermanos Lumière inventaron el Séptimo Arte, otra de las grandes industrias de los sueños; en 1961, el ruso Yuri Gagarin se convertía en el primer hombre que viajaba a la luna; España tuvo a su hidalgo loco de la mano de Cervantes. Dinamarca tuvo a Hans Christian Andersen.

Millones de niños en toda Europa han crecido con sus cuentos. ¿Quién no recuerda a ese patito feo rechazado por todos (alter ego del propio autor), que se convertía en un maravilloso cisne? ¿O quién no derramó una lágrima por la triste historia del soldadito de plomo enamorado de la bailarina? También fue Andersen quien patentó la fórmula para detectar princesas: un guisante oculto bajo toneladas de colchones. O quien le dijo al rey, por boca de un niño, que estaba desnudo y no vestido con magníficos ropajes.

Este año se cumple el bicentenario del nacimiento de este genial escritor y gran apasionado de Europa, que recorrió y describió en varios libros de viajes. Y Dinamarca se ha vestido de gala para honrar a su escritor más universal. Porque hoy, doscientos años más tarde, Hans Christian Andersen sigue siendo ese duende pegaojos que llega cada noche a las habitaciones de los niños para impregnar sus ojos con leche dulce para que estos tengan los sueños más bonitos.

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