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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

La fórmula del éxito económico

Nikolai Shmelev
Redacción
martes, 21 de junio de 2005, 03:44 h (CET)
Me ha tocado escribirlo en varias ocasiones e insisto siempre en la certeza incondicional de una tésis sencilla: baja moral, baja economía. Y constato con satisfacción que la esencia de mi fórmula del éxito económico pasa a ser un atributo de la política del Estado. Al menos así dijo el presidente Vladímir Putin en su alocución anual al Parlamento. Recordaré los principales planteamientos del presidente. Con todos los gajes que sabemos, el nivel de la ética en la Rusia zarista y en el período soviético fue un criterio y una escala bastante significativa en lo que concierne a la reputación de una persona tanto en el lugar del trabajo como en la sociedad, en la vida cotidiana. Difícilmente podríamos negar que la fuerte amistad, la ayuda recíproca, la confianza, la camaradería y la lealtad se han considerado valores incuestionables e imperecederos en Rusia a lo largo de muchos siglos.

El mundo de negocios en la Rusia contemporánea difícilmente podrá ser respetable a menos que se atenga a los estándares éticos universalmente aceptados en la sociedad civilizada. Es poco probable que pueda granjearse el respeto en el mundo y, lo que es mucho más importante, en su propio país porque numerosos problemas actuales de la economía y la política de Rusia radican precisamente en la desconfianza que la mayoría aplastante de la población siente hacia la clase acomodada.
La prosperidad de Rusia, en opinión del presidente, será posible únicamente cuando el éxito de cada individuo dependa no sólo de su bienestar sino también de su decencia y su cultura.

Volviendo a mi tesis de "baja moral, baja economía", quisiera destacar una cosa. El fracaso de las reformas ultraliberales en Rusia a principios de la década del 90, cuando la nación iniciaba una transición a la democracia y el mercado, y el impacto extremadamente sensible de esos cambios en la población se explican no tanto por algunas causas objetivas, por ejemplo, la lentitud y la obsoletización del entramado industrial, como por los factores estrictamente morales y humanos. En primer lugar, por un desprecio neobolchevique hacia la gente, "bestias de carga" que pueblan las ciudades o aldeas y tienen el deber, la obligación de sobrellevar cualquier calamidad que las autoridades estimen necesaria para ellas.

Algunos años antes, durante la perestroika, el error más importante cometido por los dirigentes consistió, a mi modo de ver, en un desdén casi medular, ni siquiera al nivel del cerebro, por un objetivo tan relevante, difícil de implementar y todavía más difícil de calcular, como la necesidad de reanimar la creatividad empresarial de las amplias masas populares, sus oportunidades e instintos empresariales, es decir, esa energía espontánea de la hierba que es capaz de romper cualquier asfalto. Dicha energía había sido pisoteada durante siete décadas del régimen soviético y el Estado había visto en cualquier empresario particular - ya fuera un campesino, un artesano, un comerciante o un médico - a un enemigo. Lo único a que prestaba la atención en aquella época era a la construcción de un coloso industrial de turno, sin importarle que las pequeñas y medianas empresas se hubiesen transformado en el principal motor de la economía y del progreso tecnológico, así como en el mayor patrono y actor del mercado en el mundo entero. "La belleza está en lo pequeño" -afirmaba el mundo. "No, sólo en lo grande"- perseveraban los bolcheviques.

No es casual que los chinos, un pueblo sabio, hayan empezado después de 1978 sus reformas precisamente en el sector de la pequeña y mediana empresa logrando revitalizar en poco tiempo una economía casi muerta y creando en el país un mercado pletórico. Han dedicado dos décadas para hacerlo y ahora pasarán otros quince o veinte años reformando la gran industria, para modernizarla, privatizarla y deshacerse de las empresas insanables. En el caso de Rusia, los intentos de despertar la energía del ciudadano se limitaron a una reanimación tímida de las cooperativas a finales de los años 80 pero acto seguido, temiendo a su vertiginosa expansión, el Estado dio marcha atrás asfixiándolas con impuestos imposibles y precios inflados de todos los suministros básicos. Semejante actitud de autocanibalismo en relación con la pequeña y mediana empresa sigue siendo, lamentablemente, muy típica hasta hoy.

Junto con otras cosas, la perestroika aportó sin embargo un resultado importante: tras varias décadas de arbitrariedades y amoralidad absoluta, la de que "el fin justifica los medios", la vida política del país empezó a recuperar, poco a poco, el respeto por el individuo y sus derechos, así como otros criterios morales y éticos que ya parecían completamente olvidados.

Después de la desintegración de la URSS y el inicio de las reformas ultraliberales, la precaria estabilidad moral que al parecer se había configurado en el país, empezó a tambalearse por desgracia nuevamente. La burda confiscación de los ahorros bancarios de la población en 1992 y 1998, una privatización a precio de ganga, la práctica generalizada de impagos salariales, la pauperización de una parte enorme de la población y un desnivel, insólito para el mundo civilizado, entre la pobreza masiva y una riqueza creada o, más bien, hurtada en cuestión del momento, la prepotencia de los criminales y de la corrupción, todas estas cosas y otras muchas provocaron un nuevo deterioro radical de la situación.
Creo que los máximos dirigentes de Rusia ya empiezan a entender, aunque no del todo, cuán importantes son los fundamentos morales y éticos. Los recientes intentos del Estado, aunque bastante torpes, de cambiar la actual fórmula de la distribución de las ganancias y las superganancias entre los magnates del petróleo y otras materias primas, por un lado, y la sociedad rusa, por otro - fórmula que no existe en ninguna otra parte del mundo - infunden cierta esperanza. Es probable que la época del negocio absolutamente amoral y socialmente irresponsable esté tocando fondo al cabo de más de diez años.

Con todo, hay muchos factores que aún ponen en cuestión tal perspectiva.
El desprecio de las autoridades rusas hacia el hombre de la calle se pone de manifiesto a cada paso. Será difícil disipar esas dudas, especialmente si las recientes reformas sociales, entre ellas, la ley que sustituye los antiguos beneficios en especie por el pago de las compensaciones monetarias, no revierten en beneficio del ciudadano, en contra de lo que afirman sus promotores, sino que al contrario, van a perjudicar sus intereses, que es lo que advierten ahora los críticos de ese viraje peligroso en la política social del Estado.

Deberíamos dejar de alimentarnos de quimeras y manifestar el respeto por el individuo y sus derechos. Hay que empezar a vivir de tareas reales, que resultan comprensibles para todos: construir una casa, plantar un jardín, pavimentar una calle, abrir un hospital, una residencia para minusválidos y ancianos, criar a los niños y educarlos, fomentar la ciencia, la cultura y la Iglesia, consolidar la defensa, habilitar las ciudades, reanimar las aldeas que están al borde de la extinción, explotar cuanto nos viene de Dios y cuanto jamás hemos asimilado del todo, Siberia y Extremo Oriente. Es decir, tenemos que habilitar por fin nuestro inmenso país. Éstas son las tareas que se plantean hoy ante Rusia y que bastarán con creces para muchas generaciones y siglos por venir. La más importante idea nacional a día de hoy consiste en la construcción, preservación del pueblo y desarrollo de su bienestar.

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Nikolai Shmelev es académico y director del Instituto de Europa adjunto a la Academia de Ciencias de Rusia (Agencia Rusa de Información 'Novosti', www.rian.ru)

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